Conan el bárbaro.

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Alguna vez, o muchas, he hablado de mi falta de interés por el cine fantástico actual, ése que tiene más medios técnicos que nunca pero que ha perdido completamente la capacidad de sorprender y sugerir sin mostrar explícita y vulgarmente. Yo soy mucho más de las películas que se hacían antes de la revolución de los efectos especiales que tuvo lugar a finales de los noventa, y de su edad de oro, los años ochenta. Krull, Willow, las películas de Jim Henson, son ejemplos de cómo hacer cine fantástico creíble —que no realista: no tiene nada que ver, y en la confusión de ambos términos están los males de la fantasía moderna— con imaginación y con sutileza. Y dentro de ese cine fantástico de los ochenta, tiene un lugar privilegiado Conan el bárbaro.

Rodada en 1982 por el director John Millius, la película se basó en el antihéroe creado por Robert E. Howard a principios de siglo, un bárbaro amoral que se movía en un mundo-pastiche, una mezcolanza de culturas y épocas que permitía a Howard cambiar de ambientación como de camisa. El Conan de la película, en realidad, se parece más bien poco al literario —o, ya de paso, a la versión en cómic que tan bien hicieron Roy Thomas, John Buscema y Barry W. Smith—, si acaso en el nombre, y en la amoralidad. Cambian el origen, inventan secundarios y compañera guerrera, y olvidan que un bárbaro no es un gilipollas, es simplemente un hombre que vive al margen de la civilización sedentaria. Este Conan, que, como todos sabemos, es Arnold Schwarzenegger, ni siquiera se parece físicamente más allá del cuerpo prodigioso. Pero hecha esta salvedad, lo cierto es que importa bien poco. Aceptamos entonces que de Conan la película tiene poco. A pesar de eso, es una de las más logradas películas fantásticas de la década y una de las más épicas. Ojo, que no estoy diciendo que sea una obra maestra. Ni tan siquiera buena. No es un El padrino, ni un Taxi Driver, ni un Papá Piquillo. Los actores, salvando a Max Von Sydow y James Earl Jones, eran muy malos, empezando por el propio Schwarzenegger, que en algunos momentos alcanza cotas casi infrahumanas —la cara que pone cuando está practicando con una katana, por ejemplo—. El argumento es simplísimo y en realidad no importa una mierda.

¿Entonces? ¿Por qué me gusta? Pues primero, porque es el único caso que conozco en el que una banda sonora es la protagonista absoluta. Sin la música de Basil Poledouris, la película sería una mierda de serie B con algún momento interesante y poco más. Pero la tremenda, espectacular, y completamente adecuada banda sonora que tiene lleva la película en volandas, marca el ritmo, hace que escenas de lo más normales se llenen de poesía y épica. El director también tiene mérito, pero la aportación de la música es del 90%, o más. Su tono operístico es perfecto, el uso de los coros y del viento metal fueron referente inmediato desde entonces para cualquier película de fantasía o aventuras, pero creo que ninguna la superó. La clave está en que el director entendió perfectamente que en el cine, la épica es una cuestión de ritmo más que de argumento. La película está llena de escenas lentas, porque la épica debe ser lenta: Conan niño encadenado junto con otros a un gigantesco molino, con los años pasando hasta que ya adulto, lo mueve él solo; o Conan huyendo de unos perros salvajes como un esclavo para caer en un túmulo del que emerge, tras encontrar su espada, como hombre libre. Por otro lado, Millius tira de elipsis cuando debe, y ahorra al espectador escenas innecesarias, o nos regala con hermosas escenas de viajes, ya sea a caballo o a pie. Todo, ya digo con la música como máxima protagonista, manteniendo la tensión y llevando al espectador de la mano. Cubre también los enorme espacios sin diálogos —nótese cómo en las películas fantásticas de hoy ocurre todo lo contrario: en las películas de El Señor de los Anillos están hablando por los codos todo el rato—. Conan no habla hasta el minuto veinte, y en total no dirá más de doscientas palabras en todo el metraje, aunque sospecho que la escasa capacidad de Schwarzenegger tuvo algo que ver en esto. De la misma forma, hay muchísimas cosas que no se explican ni se desarrollan, entre ellas las relaciones personales de los personajes. Conan y Subotai se hacen amigos porque sí, y unos pocos planos de ambos de juerga por una ciudad es suficiente para definir su relación. Con Valeria, igual. Ni construcción de personajes ni leches: el protagonista es un tío mazas que mete hostias como panes, y punto. Tenemos al malvado sacerdote, al amigo fiel, a la amante guerrera, al mago. Arquetipos. Porque de eso trata la fantasía épica, y cuanto más se acerque a ellos más carga mítica tendrá una historia.

Por eso, porque se nota que Millius conoce bien los mecanismos mediante los que se mueven las historias míticas, este Conan el bárbaro tiene un aire de autenticidad, de mito en estado puro, que logra que supere con creces sus problemas. Sigue siendo, es evidente, una película mediocre, pero para determinado momento, en determinadas circunstancias, funciona perfectamente a otro nivel, al de las emociones. Ya digo, sobre todo por la música, pero también por varias escenas bien rodadas y un puñado de frases y conversaciones clavadas, aunque las diga Conan. La conversación en torno a sus dioses entre el bárbaro y Subotai, el secreto del acero, el rezo de Conan a Crom, que realmente es bueno —“Nadie, ni siquiera tú, recordará si fuimos hombres buenos o malos, por qué luchamos o por qué morimos. No. Lo único que importa es que dos se enfrentarán a muchos.”

Le sobra a la película precisamente todo lo que no contribuye a su tono, especialmente el humor, que no es que esté demasiado presente, tampoco. El mago, que además es la voz del narrador que aparece de vez en cuando —gran error ponerle cara y que encima sea alivio cómico—, y una escena en la que Conan se insinúa a un sacerdote del culto de Set para quitarle la ropa ceremonial. También le sobra la escena en la que el espíritu de Valeria vuelve con armadura brillante de valkiria wagneriana de entre los muertos para salvarle la vida a Conan y decir su frase fetiche —“¿Quieres vivir para siempre?”.

En todo caso, Conan el bárbaro es sin duda el epítome del género de espada y brujería en el cine —cómo me mola esa palabra: epítome, epítome—. Su secuela, que contó con los guiones de Roy Thomas y Gerry Conway, se aleja paradójicamente aún más del Conan original y tiene un tono light que lo pone a la altura de otros intentos baratos de emular el modelo de la película original como fueron Ator el poderoso o El señor de las bestias. De alguna forma, el género dio todo lo que podía dar de sí en esta película en la que, de algún modo, y si la secuela largamente anunciada no lo remedia, nació y murió la espada y brujería cinematográfica.

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