Thor, de Walter Simonson y Sal Buscema.

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La Marvel de los años ochenta estuvo dominada por la omnipresente figura de Jim Shooter, quizás el editor jefe más polémico que ha ocupado el cargo pero también cuya labor ha dado los mejores frutos creativos, a pesar de que al final su lucha de egos con los autores punteros de la editorial dio al traste con lo que había construido. Con Shooter como editor jefe Frank Miller llegó a Daredevil y John Byrne a los Cuatro Fantásticos, y, de la misma forma, llegó Walter Simonson a Thor.

Gracias a la reedición de Panini —correcta pese a lo mal que queda el color de la época sobre el papel satinado, aunque es cara de cojones— he podido leer del tirón la etapa de Simonson, más de una década después de que leyera algún tomo suelto de los que publicó Forum en tiempos, porque, igual que le pasó al Daredevil de Miller, complemento de algunos de los tebeos de Spiderman más vulgares de la época, no fue publicado como es debido en España cuando tocaba. Y leída así, lo primero que sorprende es la sensación de unidad que da, de saga con un principio y un final, pese a que venía precedida de veinte años de tebeos y se sabía, evidentemente, que seguiría otros veinte y más una vez Simonson abandonara el título.

Lo que tenemos entre manos es posiblemente el mejor trabajo de un autor que siempre imprime las series en las que trabaja de su fuerte personalidad y que, como Miller, Moore o Byrne, siente la necesidad de cambiar las cosas y dejar huella. Y aunque no se prodigó mucho en Marvel —aparte de Thor, así a bote pronto recuerdo únicamente sus etapas en Factor-X y Cuatro Fantásticos—, le bastó para crear la mejor versión de Thor, con permiso de la original de Stan Lee y Jack Kirby, que aún no he tenido el gusto. Simonson tuvo claro desde el principio que Thor era más un guerrero y un dios que un superhéroe, y partiendo de esa idea, recrea a su antojo mitos y elementos de la mitología nórdica, que se amoldan al pasado del personaje en la editorial conformando una amalgama rarísima que, sorprendentemente, no chirría prácticamente jamás. La acción siempre estará a caballo entre Asgard y Nueva York, y en el fuerte contraste de ambos escenarios está buena parte del interés de una serie en la que, en ocasiones, Thor cede el protagonismo a los dioses asgardianos.

Con ese enfoque Simonson lo que consigue es no caer en la rutina jamás. Thor fue un continuo torbellino de aventuras en estado puro, de una gesta épica tras otra, siempre superando a la anterior en un pulso narrativo constante. Simonson deja de lado a prácticamente todos los enemigos mortales de Thor —el Hombre Absorbente, la Brigada de Demolición— y se centra en los asuntos asgardianos. Se adelantó en un par de décadas a lo que hoy llamaríamos “arcos argumentales” o, en un alarde de falta de originalidad y cierto complejillo, “temporadas”, dividiendo sus tebeos en grandes historias. La lucha contra Malekith, el elfo oscuro, la historia del inolvidable Bill Rayos Beta, el alienígena que se ganó el derecho a portar el martillo de Thor, la batalla contra Surtur con muerte de Odín incluida, y el remate a su etapa, su propia versión del Ragnarok, se suceden sin pausa, con cada vez más intensidad. Y todo esto sin renunciar a una buena dosis de humor cuando es necesario y queda bien, por ejemplo, el intento de Thor de recuperar una identidad humana civil poniéndose una gafitas para que nadie lo reconozca, en evidente alusión a Superman, o el propio Thor convertido en rana por su hermanastro Loki —uno de los personajes mejor tratados por Simonson, por cierto— y viéndose involucrado en una guerra ancestral entre ranas y cocodrilos.

No puedo imaginarme, porque aquí la etapa entera ha salido en un par de años, lo que sería en la época seguir durante años esta colección, con los espectaculares continuarás que se marcaba Simonson. Eran tiempos diferentes, en los que los tebeos se hacían para ser leídos, en los que un cómic te podía durar quince minutillos, en los que, cuando comprábamos uno, lo releíamos mil veces hasta saberlo de memoria. Hoy algo así sería inconcebible. Cuando se le da una colección a un autro estrella, suele defraudar indefectiblemente, como pasó recientemente con el propio Thor versión Strackzinsky, un bluf colosal en el que tebeo a tebeo, no pasaba absolutamente nada. Lo que contaba éste en un cómic, lo despachaba el señor Simonson en dos páginas. Como mucho.

De todas formas, tampoco confundamos las cosas: no es que entonces se gozara de libertad total. No es eso. Simonson, como Miller en Daredevil o un poco más tarde Peter David en Hulk, tomó las riendas de una colección desahuciada. Nadie le prestaba atención. Si la salvaba, de puta madre, si no, pues tampoco se acababa el mundo. Por eso pudo hacer lo que hizo. Y aún así tuvo imposiciones que sorteó con elegancia, como las inevitables apariciones de los Vengadores o la participación en un crossover de mutantes en el que Thor no pintaba nada y que Simonson despacha en cosa de tres viñetas más o menos.

A nivel gráfico, Simonson es un buen dibujante, hiperbólico, exagerado en las proporciones y experimentador constante de la composición de página y los encuadres. Sus personajes se doblan y gesticulan en perspectivas que recuerdan poderosamente al modo de hacer lo mismo de Jack Kirby. Cuando Sal Buscema tome los lápices un poco antes del ecuador de la etapa Simonson, no se puede decir que la colección pierda enteros porque, si bien Simonson sorprende más a menudo, el nivel medio de Buscema para mí es más alto. Al pequeño de los Buscema, al que siempre se refieren con etiquetas como “es un buen profesional” —traducción: no es bueno pero al menos no se retrasa ni da problemas—, siempre se le ha minusvalorado. Está claro que su hermano John cuando estaba en su mejor época era superior, pero Sal se supo adaptar mucho mejor a los tiempos modernos. En Thor no diré que haga su mejor trabajo —para mí siempre será su Spectacular Spider-man de los noventa—, pero sí me parece excelente, a la altura de Simonson y además con una intención manifiesta de ser continuista con su labor gráfica. Se quedó hasta el final Buscema, salvo por un número, cojonudo, en el que Simonson volvía a dibujar para plasmar en impresionantes viñetas página la lucha final entre Thor y la serpiente Jormungard.

No sé por qué lo dejó Simonson. Es posible que saliera tarifando con Shooter, como alguno más de la época. Da lo mismo: todo lo que tenía que decir del personaje el autor está contado en estos casi cincuenta números de la serie regular más la serie limitada de Balder. Y como pasó con Daredevil tras Born Again, cuando su etapa acabó ya estaba todo hecho, y la colección bien pudo acabar ahí. Obviamente no se hizo. Las etapas siguientes siempre se han desarrollado a rebufo del trabajo de Simonson, sin conseguir nunca llegar a su nivel. La etapa de Tom De Falco fue insípida, la de Dan Jurgens, una copia descarada de la de Simonson que de no contar con los dibujos de John Romita Jr. y Andy Kubert, habría durado dos telediarios. También es verdad que Thor es un personaje muy difícil del que no pueden contarse historias eternamente. Una vez se ha contado el Ragnarok, ¿qué puede hacerse para superarlo? Nada. Simplemente seguir en esa huida hacia delante en la que Marvel lleva desde los años noventa, cada vez vendiendo menos tebeos y bastante peores.

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