Heaven’s Open, de Mike Oldfield.

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Heaven’s Open (1991) fue el último disco que Mike Oldfield compuso bajo el sello Virgin, y de alguna forma fue el precio que tuvo que pagar por tener libertad total en Amarok, al igual que éste fue el precio que pagó Richard Branson por Earth Moving —terrible precio, además: se dice que aún hoy Amarok es el disco menos vendido de su discografía—. Es un disco marcado totalmente por las circunstancias que lo rodearon: la relación entre Oldfield y Virgin totalmente rota, con el músico deseando cumplir rápidamente el contrato de cualquier forma para salir lo antes posible de un sitio en el que ya no quería estar, y firmando el álbum con el nombre de Michael, como si de alguna manera quisiera desvincularlo del resto de su carrera o indicar que era menos suyo. Varias de las letras contienen mensajes velados a Virgin, y se cuenta también que las canciones están “estropeadas”, que cambió partes o quitó otras buenas para que las canciones fueran peores y el disco se estrellara en las listas de ventas. Sin embargo, más allá de que la mitología que rodea al disco sea cierta o no, la contradictoria personalidad de Oldfield hizo que pese a que aparentemente le importaba un carajo el disco, se empeñara en canta él las canciones vocales, por primera vez, y no de cualquier manera: tomó clases de canto durante varios meses con una prestigiosa maestra. Fue su reto personal en Heaven’s Open, su manera de encontrar una motivación, como la creación de vídeos por ordenador lo fue en Islands. El resultado además, incluso dando por hecho que haya podido limpiar y modular su voz en el estudio de grabación, no es nada malo: Oldfield canta correctamente, sin alardes, pero con garra.

Musicalmente, volvemos a tener un álbum en el que aparecen canciones en un cara y un instrumental de media duración en la otra. Es evidente que Heaven’s Open está muy lejos de los mejores trabajos de Oldfield. Sin embargo, yo lo prefiero a otros discos de la época de corte semejante como pueden ser Islands o Earth Moving. La mala leche a Oldfield siempre le ha sentado bien para trabajar, y el cabreo con Virgin da como resultado temas más trabajados, menos ajustados al estándar de la industria discográfica que los que aparecen en esos otros dos álbumes. Oldfield disfrutó usando profusamente los sintetizadores y cajas de ritmos de la época, que hacen que el disco escuchado hoy tenga un inequívoco sabor a principios de los noventa, pero están usados con cabeza y sin abusos, y el resultado es sorprendentemente fresco. El uso del viento metal, el piano y los coros femeninos le dan además un toque de distinción respecto a trabajos anteriores, y en la composición fue más imaginativo: las canciones tienen subidas y bajadas, no se ciñen con tanta monotonía al esquema del pop/rock, y la producción es impecable: el disco suena genial, espontáneo y ágil, lejos del engolado sonido de Islands.

Los cinco temas vocales de Heaven’s Open merecen la pena en mayor o menor medida. Todos son muy profesionales y tienen las que probablemente sean las letras más trabajadas de Oldfield desde Discovery o Crises, o incluso más que las de éstos. Make Make siempre ha sido una de mis favoritas del disco, al igual que Mr. Shame con sus excepcionales coros, o Gimme Back con un pequeño gran solo de guitarra y su toque reggae. No Dream tiene un tono más íntimo y para mí es la canción más floja de las cinco. El tema Heaven’s Open siempre ha sido uno de los favoritos de los seguidores del músico, y la verdad es que tiene un tono alegre y una potencia que lo hacen pegadizo y y muy agradable, pese a que en la versión single sea mejor que la incluida en el LP, gracias a unas excelentes guitarras que desaparecieron de la mezcla final —y quizás en esto esté el gérmen de la creencia en que Oldfield malogró sus propios temas—. El vídeo clip, por cierto, es uno de mis favoritos de todos los que hizo.

Queda para el final el desconcertante instrumental Music from the Balcony, una suerte de epílogo de Amarok que pese a estar a evidentes años luz de la obra maestra tiene puntos de interés. Se sobrepone a sus muchos defectos —incoherencia, falta de un hilo conductor, inclusión de ciertos elementos como los sonidos sintetizados de monos chillando como forma de tocar las narices a Virgin— con el aire amarokiano que respira durante sus diecinueve minutos. No hay la misma inspiración, faltan momentos verdaderamente buenos con la guitarra, hay exceso de sintetizador, no hay desarrollo ni complejidad, pero los mejores momentos de Music… no desentonarían en Amarok en absoluto. Era evidente que Oldfield no iba a gastar ya sus mejores balas en este disco una vez que sabía que iba a cambiar de discográfica, pero la sección de trompeta que aparece alrededor del minuto once, o el duelo entre guitarra y batería -de Simon Philips, nada menos- hacia el quince merecen la pena.

Heaven’s Open pasó sin pena ni gloria por el caótico mercado musical de principios de los noventa, aunque la canción homónima tuvo cierta repercusión. Me pongo en el lugar de aquellos que seguían a Mike Oldfield en 1991 y me hago una idea de la enorme decepción que debió de suponer tras Amarok pero, con la perspectiva que dan los años, hoy se puede decir que ni es de lo peores discos de su discografía ni está por debajo del ochenta por ciento de su producción posterior, ya bajo el amparo de la Warner y después de Mercury.

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