Endogamia.

Yo empecé a leer tebeos como casi todo el mundo: de pequeño, con todo lo que caía en mis manos. Mortadelos, Zipi y Zapes y similares, pero también recuerdo que leí algo de aquellas adaptaciones de novelas y biografías en casa de unos amigos de mis padres. Después, Superlópez, algún superhéroe, Los pitufos, tebeos de los Loony Tunes. Nunca leí, y quizás por eso de mayor no le he terminado nunca de pillar la gracia, Asterix. Y antes de que alguien me acuse de ponerme onfálico —ombliguista, en profano, pero es que la palabra es coña vieja—, me explico: a lo que voy es que por mi edad, que es menor de lo que a veces parece y de lo que yo mismo creo, no llegué a vivir en directo aquellas primeras guerras entre lectores de cómic. Aficionados a la línea clara contra seguidores de la línea chunga, cómic americano de superhéroes contra cómic culto —y tiene cojones que el cómic culto fueran las revistas de terror y ciencia ficción tipo Creepy o 1984, que son el colmo de lo pulp—. De aquello sólo me llegaron los restos del naufragio: cuando yo empecé a coleccionar en serio, a principios de los noventa, la práctica totalidad de aquellas revistas “cultas” había desaparecido. De la guerra sólo quedaban las alusiones a ella en las tiras de Cels Piñol y aquella frase que no sé muy bien quién dijo o si se dijo de “el cómic de superhéroes está hecho por y para subnormales”. La cruenta batalla entre Marvel y DC, alimentada desde sus editoras en España con sorna y visión de mercado, yo la viví también de lejos. Mis amigos y yo leíamos Marvel exclusivamente, y de nuestra no lectura de ningún tebeo de DC inferíamos que eran una mierda.

Pero la primera guerra en la que me llamaron a filas fue una que aún no ha acabado, aunque yo me licencié, no sé si con honores, hace ya mucho. Marvel versus manga. La explosión de este último con Dragon Ball y Akira creó toda una nueva estirpe de lectores fundamentalistas que consideraban que todo lo que se hacía en Japón era la polla y todo lo que se hacía en EE UU una puta mierda imperialista. Gente que leía El puño de la Estrella del Norte o Bastard acusaba a los lectores de X-Men de infantiles. Y lectores de superhéroes de toda la vida que se la pelaban con los dibujos de Jim Lee de Mariposa Mental en biquini acusaban al manga, en un sorprendente arranque conservador, de basura para pajilleros. Se mezclaban en aquellas interminables y sin duda inteligentísimas discusiones en las que todos hemos participado churras con merinas. Para empezar porque enfrentar manga con superhéroes no tiene ningún sentido: el primero designa un medio y su denominación de origen y el segundo es un género, o incluso subgénero —de la ciencia ficción—. Así era fácil asegurar que el manga tenía variedad y el cómic americano no, claro. O decir que el peor dibujante japonés era mejor que el mejor de los dibujantes de Marvel. O venga, una para el otro bando: que los tebeos de Marvel eran en color y por eso molaban más.

Para qué seguir: cojan ustedes a dos hinchas futboleros del Real Madrid y el Barcelona, póngalos a discutir, y cambien el nombre de sus dos equipos por “Marvel” y “manga” y tendrán una reproducción exacta de aquellas batallas que, ya digo, no libré yo sólo. En mi/nuestro descargo debo decir que éramos chavales de diecisiete o dieciocho años, y que todos, a nuestra manera, desde nuestra posición fundamentalista y radical, éramos unos cachos de incultos.

¿A dónde quiero llegar? Pues a que con ciertas edades, es totalmente normal comportarse así, no ya con los tebeos, sino con todo. Lo extraño, lo patológico, es que hoy en día uno visita según qué sitios en internet y se encuentra exactamente con ese tipo de trifulcas… pero entre gente de mi edad. O más. Y eso es lo absurdo. Dicen que dijo Baroja que el nacionalismo se cura viajando —si lo dijo, enhorabuena: esa frase sola ya es mejor que todo El árbol de la ciencia—; la incultura, entonces, se cura leyendo. Cuando uno se encierra en su pequeño mundito y se aferra a la endogamia, no se tiene perspectiva. De la misma forma que yo, cuando era joven e inexperto, afirmaba sin el rubor que ahora mismo me da reconocerlo que la trilogía de El elfo oscuro era una obra maestra —un día prometo hablar de ello— sin haber leído ninguna verdadera obra maestra, hoy, y siempre, el aficionado hardcore de Marvel o DC encumbra puñeterísimas mierdas a los cielos del tebeo, sin haber leído las verdaderas obras que definen el medio, que lo han marcado y cambiado. Las guerras se superponen, además: ahora la que corta el bacalao es la de los gafapastas contra los pijameros. O lo que es lo mismo: el cómic como vehículo de cualquier historia con cualquier grado de trascendencia o el cómic como un simple entretenimiento. Cada vez que leo un comentario del tipo “venga, que sólo son tebeos” viniendo de alguien que los lee me da mucha pena. Nadie dice “son sólo libros”. Ni siquiera “son sólo películas”. O sí, vale, hay gente que lo dice. Hace mucho tiempo leí que un tebeo, o un libro, jamás te iban a cambiar la vida. Que los leías y ya está. Será usted, señor anónimo cuyo nombre se ha perdido para siempre. A mí sí me la cambian. Y muchas veces. Pensar lo contrario es mezquino: ¿para qué coño lees, entonces? Para evadirte, te dicen. Para ir a otros lugares y olvidarse de lo mierda que es la vida diaria. Y cuando hacen eso, no quieren comerse la cabeza. Quieren superhéroes de colorines, o shonen facilón. Para pensar ya hay otras cosas. Sólo que el que opina así, al final se olvida de cómo se piensa y acaba viviendo su vida con el automático puesto.

Pero divago. En lo que quiero centrarme es el porqué de esa agresividad hacia el otro bando, el porqué de la existencia misma de bandos. En internet se monta un pollo al mes por lo menos. Y en muchos comentarios se ve un desprecio incomprensible, no hacia las obras, sino hacia los lectores de esas obras. Solemos caer en el error de minusvalorar el mercado y la basura que lo sustenta, al igual que pasa en cine, televisión y literatura, pero la ignorancia tiende a ser más atrevida. Yo lo comprendo, también pasé por esa etapa. De no tener ni puta idea de nada, de decir que el cómic europeo era mierda, de despreciar incluso a Alan Moore o Neil Gaiman sin haber leído nada de ellos. Aferrándome a ese cómic de superhéroes a través del cual yo me sentía atacado cuando lo atacaban a él. Hoy además internet da alas a la osadía, y hay quienes afirman, angelitos, que Jim Lee, por ejemplo, es mucho mejor que Sfar o David B., porque dibuja realista… repitiendo un debate ya zanjado en el arte pictórico hace unos cuantos años y además enarbolando la bandera del realismo sin haber leído o visto a los maestros del mismo jamás. Pero, ¿con según cuántos años? No puedo entenderlo. Me maravilla que haya gente que haya leído superhéroes, sólo superhéroes, durante toda su larga vida, y le sigan flipando, y no se canse, y no tenga curiosidad por otros géneros, por otras posibilidades dentro de ese medio que dicen amar. No debería extrañarme tanto, en realidad, porque la respuesta es bien sencilla: a esta gente no le interesa el cómic: le interesan los superhéroes. O los mangas flipados de hostias, para el caso es lo mismo. Es sorprendente cuánto autoproclamado aficionado al manga no muestra ningún interés no ya en autores como Jiro Taniguchi —sería mucho pedir, que en sus tebeos no se pegan—, sino en otros fundamentales para entender la historia del medio en Japón como Koike y Kojima o el mismísimo Osamu Tezuka.

El relativismo ha hecho mucho daño en este sentido, también. Vivimos con la costumbre, como sociedad, de respetar las opiniones y los gustos de los demás hasta extremos insultantes para la inteligencia. Todo es válido, todo está a la misma altura: sobre gustos no hay nada escrito. Pues vale, no habrá nada escrito, pero sobre calidad sí. Y hay, lo crean o no, motivos objetivos de sobra para colocar a Alan Moore por encima de Jeph Loeb. No es una cuestión de opinión. Uno puede decir que Seth, Trondheim o Frederik Peeters no le gustan, o no le llegan, o no conecta con ellos. Pero, ¿que son malos? No, lo siento, pero no. Y menos cuando se hace desde la incultura más galopante, desde el frikismo cateto del que lee siempre lo mismo y para lo mismo: pasar el rato.

Así que, de acuerdo, que cada uno lea lo que quiera, pero asumamos ya que en todo arte hay niveles. Y hay momentos para cada cosa. Yo aún leo superhéroes. Cada vez menos, especialmente si son actuales. Y los estudio, y los analizo, y hablo de ellos por aquí muchísimas veces. Pero siempre con un criterio, siempre sabiendo qué estoy leyendo y dónde está. No puede ponerse un producto comercial de una franquicia diseñada para vender películas y videojuegos a la misma altura que una obra personal que ha llevado varios meses realizar. Cada uno luego en lo suyo puede ser mejor o peor, pero estamos comparando cosas distintas. Y hay que diferenciar siempre entre gusto y calidad, que es el gran problema que sufrimos hoy; a mí Will Eisner no me emociona, pero jamás en la vida se me ocurriría decir que es malo o le restaría un ápice de la importancia que ha tenido para el medio. Claro, llegar a este razonamiento requiere recorrer un camino que ninguno de estos buscabullas de internet ha recorrido. Requiere abrirse, aprender, tener curiosidad por conocer el pasado de ese medio que se supone que me gusta. Requiere leer mucho para aprender a distinguir grano de paja, y hamburguesas del Burger King de un cordero asado en un parador de tres tenedores. ¿A que si alguien nos dijera que el sólo se atiborra de hamburguesas y el cordero es una puta mierda como mínimo le daríamos un par de collejas? Pues esto es justamente igual.

Personalmente, cuanto más leo, más profundizo y más estudio, más me doy cuenta de las graves carencias que tengo en esto del cómic. Me queda muchísimo por descubrir y de momento al menos, me considero todavía inculto. Por eso cuando leo a tíos de mi edad discutiendo muy seriamente —y exaltándose— acerca de si es mejor el universo Marvel tradicional o el Ultimate, una de dos, o me río, o me echo a llorar.

Y ahí siguen, y lo que les queda. Sé que en realidad son una minoría ruidosa, adolescentes de todas las edades que por falta de perspectiva hacen de los asuntos más nimios el eje de su existencia. Pero lo que no entiendo es la ira, la necesidad de atacar lo que no entiendo para reivindicar lo que me gusta, lo que afirmo que es lo mejor del mundo sin haber leído nada más. Ellos se lo pierden, en todo caso. Yo puedo decir que estoy relativamente seguro de que de no haberme abierto a otros géneros, hoy ya no leería tebeos en absoluto. Les ha pasado a algunos de mis antiguos amigos lectores y les pasará a los pocos que aún siguen erre que erre en un momento u otro. Y es completamente normal. Lo anormal es pedir dignidad, respeto e igualdad con otras artes disfrazado de Lobezno, riéndose de La ascensión del Gran Mal porque está mal dibujado y encumbrando la última gilipollez de Bendis —o venga, que siempre le doy al mismo; de Busiek, que me gusta a mí— a los altares del noveno arte. Lo anormal es discutir cansinamente con otros porque son tan cerrados como tú, pero con otro género. Por eso cuando surgió la iniciativa para conseguir el premio Príncipe de Asturias para Carlos Giménez elogié desde el principio a sus impulsores por ignorar, imagino que deliberadamente, a eso que antes se llamaba fandom y que hoy es, quizás como siempre, y salvando excepciones, una masa mezquina e inculta.

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