Canto general, de Pablo Neruda.

En cierta forma éste es un post de desagravio, a la poesía como género y al propio Pablo Neruda. A la poesía, porque hasta ante de leer este Canto general, mi opinión sobre ella no era buena. No me interesaba, más bien. La consideraba la infancia de la literatura, o la adolescencia, más bien. Cosa de autores que o bien no tienen nada que contar o no tienen la hablidad necesaria, o la paciencia, para contarla en prosa. Algo aún más egocéntrico y narcisista que la literatura en general, un género que puede funcionar como juego si no se toma trascendentalmente en serio: no podía, al leer un poema, quitarme la cabeza la imagen del poeta contando sílabas con los dedos, buscando desesperadamente palabras para rimar peguen o no con lo que se está contando —en la mejor tradición de Mecano— y haciendo “trampas” con diéresis y sinéresis. Como juego, al menos me parece más interesante que los sudokus, pero poco más. Me resultaba infantil. Claro está que hay excepciones. No tengo ningún problema con la poesía épica clásica, al contrario, pero es que ahí hay cierta… naturalidad, a falta de una palabra mejor, en la forma de componer los versos. Es como un romance: sale “solo”. No se me ocurriría tampoco ponerle una sola pega a Quevedo o Góngora, pero es que nada del Siglo de Oro suele admitir mucha comparación con lo que se hace ahora. No, mi problema era con la poesía contemporánea, con la poesía lírica, sobre todo. Con la idea de que un tipo se embelese en sí mismo y empiece a parir cursiladas siguiendo reglas métricas que fuera de época no tienen sentido. Ni siquiera me cuadra demasiado el Borges poeta, y es uno de mis dos o tres escritores favoritos. Supongo, y es una reflexión hecha a raíz de mi lectura del Canto general, que mucha culpa de mis prejuicios la tienen la enorme cantidad de poetisos y poetisas que pululan hoy por las pequeñas editoriales españolas, con tiradas de cien ejemplares para que las compren papá y mamá y los cuatro amigos que aún no te han dado la espalda por rarito, que hacen presentaciones vergonzosas para alimentar sus egos de niños pera. Que escriben poemitas porque es más rápido que escribir un texto, porque creen que no hace falta contar nada, que basta con hablarnos de sus intensos sentimientos. Niñitos burgueses que no han pasado por nada en la vida pretenden hablarnos del intenso dolor y sufrimiento que han padecido porque la rubia que se sentaba delante en octavo de EGB no quiso salir con ellos, y lo hacen desde la incultura galopante, desde la falta de vocabulario y de conocimiento de los mecanismos de la poesía y los clásicos de la misma: como mucho se leen entre ellos. En realidad, si uno coge un poema de estos “posmodernos”, se da cuenta de que con la excusa de la deconstrucción, del verso blanco y el libre, es un texto normal y corriente que el “poeta” corta por donde le parece para darle apariencia de estrofa.

Y luego está Neruda. La imagen que la enseñanza obligatoria nos deja de él es injustísima. Es incomprensible que la lectura de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada sea obligatoria, que se venda la imagen de Neruda como poeta lírico, que canta su amor cansinamente una y otra vez, cuando existe otro Neruda infinitamente más interesante. Que sí, es cierto que el amigo se marcó cien sonetos dedicados a su amada —¡en pleno siglo XX! ¿Ven a lo que me refería?,—, que con el tiempo ésa es la imagen de él que ha quedado, la de un moñas cuyas poemas adornan las carpetas de las mismas adolescentes que hace suspirar, que los escriben con letras redonditas y corazoncitos en lugar de los puntos de las íes, y faltas de ortografía, un poeta reducido a chiste recurrente de aquella serie infame de Los Serrano, un poeta que inspira páginas tan poco aptas para diabéticos como esta pocholada.

Pero hay otro Neruda: el del Canto general. Esta recopilación de textos muestra un autor apasionado, salvaje, visceral, comprometido, que se autodenomina poeta del pueblo y se iguala con obreros y campesinos. Neruda habla tanto de sí mismo como de América, a la que recorre en su geografía y en su historia, de lo universal a lo particular, de su misma creación, de las piedras que son sus cimientos, a la última bellaquería del último de sus dictadores. Con un dominio total de la lengua y un uso preciso de la misma —por mucho que Juan Ramón Jiménez dijera de él que no sabía ni escribir una carta—, con un vocabulario riquísimo que le entronca en la tradición literaria latinoamericana y en el realismo mágico, Neruda escribió una colección de obras crudas e iracundas de las que en muchas ocasiones es imposible desligar su ideología política. Era comunista militante en el partido, llegó a ser senador en su Chile natal, se las tuvo tiesas con González Videla y tuvo que exiliarse durante varios años, en los que escribió, precisamente, el grueso de textos que componen el Canto general. Dadas las circunstancias, no es sorprendente encontrarse con obras dentro del Canto que caen en el panfletismo comunista sin disimulo alguno. La dialéctica marxista y la épica obrera se adueñan entonces de los versos de Neruda y, la verdad, hay algunos momentos que vistos hoy son de rubor. La oda al partido comunista, la elegía a Stalin, los elogios desmedidos a dirigentes del partido o a los mártires que a lo largo de la historia ha ido encontrando, tienen un evidente valor historiográfico y responden a la visión que entonces se tenía de la Unión Soviética y a las pobres alternativas que se ofrecía en los países sudamericanos —dictaduras militares de corte derechista—, pero aunque no están peor escritas, para mí son menos interesantes desde el punto de vista meramente literario. Pese a ello, el activismo político y el posicionamiento de Neruda es indisociable de su condición de escritor, y si algo no puede reprochársele es ser tibio: el poeta se moja a base de bien y llama a las cosas por su nombre sin reserva alguna. En las páginas de Canto general de Chile, América, no invoco tu nombre en vano, Que despierte el leñador o Coral de Año Nuevo para la patria en tinieblas Neruda carga con dureza contra personas a las que llama por sus nombres y apellidos, entre ellas, y no sin cierta razón, contra Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre, por permanecer en España tras la guerra civil a pesar de la persecución sufrida por muchos de sus compañeros de la generación del 27. Esta actitud suya le deparó, como es normal, admiración por su integridad política —Alberti, García Márquez— y críticas por sus excesos —Borges, pero más por suspicacia hacia la obra literaria excesivamente politizada que por el signo de la de Neruda, aunque también—. Pese a todo, en Chile se le consideró y se le considera poco menos que un héroe nacional, y no lo sería, posiblemente, si su obra no estuviera teñida de su compromiso político.

Yo en cambio prefiero al Neruda telúrico que habla de la tierra y los bosques de América, con una pasión y una fuerzas increíbles, con emoción desatada, con una sensibilidad especial para ello y un dominio del ritmo y lenguaje adecuados que sólo había leído en Alejo Carpentier. En El gran océano, en La lámpara en la tierra —una suerte de Génesis— y sobre todo en el espectacular Alturas de Macchu Picchu Neruda se convierte en un poeta visceral, vinculado con el pasado mítico del continente, con su vegetación, con su mismo suelo, un escritor que se convierte, como muy pocos pueden hacerlo, en un mago del lenguaje capaz de abrumar al lector y tocar el cielo con algunas estrofas que, sencillamente, son abrumadoras. Tal intensidad sólo es posible en las obras de autores que hacen suyas dos herencias radicalmente distintas: la indígena, la de la tierra natal, y la de la antigua metrópoli, la cultura europea de raíz grecorromana. Sólo así es posible reflejar con palabras el poder de la tierra, de la lluvia, de las secuoyas, pulsarnos las cuerdas que seguimos llevando dentro por muchas toneladas de civilización que se nos eche encima y que son las mismas que tiene el hombre desde que lo es. Eso, que está al alcance de muy pocos, es lo que encuentro en las mejores páginas del Canto general, desprovistas de excesivos artificios más allá del uso de la palabra, sin preocuparse de la rima y de la métrica, más allá de su predilección por el arte mayor, especialmente el alejandrino.

Supongo que ésa es la clave: la forma importa, pero mucho más importante es el contenido, lo que Neruda tiene por contar, que es mucho. Muchos poetas contemporáneos suyos, y actuales, prescinden de los esquemas estróficos tradicionales y se acogen al verso blanco y libre, pero al hacerlo dejan expuesta más aún su falta de contenido. Ya decía que entre los jovencitos poetas españoles esto ya es mal endémico. Pero Pablo Neruda elige expresarse en verso, y aunque sea un verso libre de convencionalismos, no sería lo mismo, y no puedo explicar por qué, si prescindiera del último de ellos y escribiera los mismos textos en prosa. Es, en realidad, una cuestión de puro ritmo, de intensidad in crescendo, que sólo puede conseguirse con el corte abrupto y la repetición del verso. Sea como sea, momentos como el capítulo IX de Alturas de Macchu PicchuÁguila sideral, viña de bruma./Bastión perdido, cimitarra ciega.—, esa enumeración sin verbos que pone los pelos de punta y deja sin aliento, tras cuya lectura sólo cabe rendirse ante el genio de Neruda, únicamente es concebible en verso. Por lo que sea, qué más da.

Obra fundamental de la poética hispanoamericana —para mí la más brillante del siglo XX, pero me queda tanto por leer de ésta y de todas—, al Canto general le debo primero perder el prejuicio absurdo que tenía hacia la poesía, y darme cuenta de que en ella como en todo hay una inmensa cantidad de mierda y contadas obras maestras, y segundo, restituirle a Neruda la dignidad y el peso literario que tiene y que involuntariamente le han quitado quienes hacen en los libros de texto de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada la piedra angular de su obra poética, cuando ese puesto por justicia y pura lógica le corresponde al Canto general, pese a que aquellos, a la luz de éste, ganan muchísimo, porque en su lírica y romanticismo ahora se adivina la pasión y la fuerza de un autor en el que no se concibe la impostura y que vivió todo en términos absolutos. Y eso no abunda, precisamente.

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3 thoughts on “Canto general, de Pablo Neruda.

  1. Neruda es Neruda … completo como una tempestad … no se puede separarlo en estilos como si fuera una longaniza de Chillán … Neruda es un caldillo de congrio que se come o no se come, pero que no se puede separar en pescado y verduras … por eso decir “Yo en cambio prefiero al Neruda telúrico que habla de la tierra y los bosques de América, con una pasión y una fuerzas increíbles, con emoción desatada, con una sensibilidad especial para ello y un dominio del ritmo y lenguaje adecuados que sólo había leído en Alejo Carpentier.” es una pedanteria sin nombre

  2. En primer lugar, Neruda me parece de los poetas con más talento en lengua castellana del siglo XX, y uno de los grandes de toda la literatura. Tiene una imaginería propia y el lirismo le sale casi sin buscarlo como pocas veces sucede.

    Ahora bien, Canto General es una obra muy irregular en mi opinión. Lámpara de la tierra, Alturas de Machu Pichu y también el inicio de los conquistadores me parecen de lo mejor que se ha escrito en poesía. Sin embargo conforme avanza el libro siempre he tenido la sensación de que la exigencia del propia Neruda baja muchísimo. Todo el tramo de los libertadores es francamente aburrido y poeticamente me parece una sombra del principio del libro. El verso es tan tan tan libre que por momentos parece prosa.

    Recupera la emoción inicial en algunos momentos cuando ejerce de poeta del pueblo, y concretamente al inicio del Canto General de Chile. Luego vuelve con enumeraciones y más enumeraciones de demoníacas empresas yankees y traidores a su causa. En esos momentos Neruda ya no ejerce del extraordinario poeta que es, el libro se convierte en un panfleto y a mi, no por la ideología del discurso, que no me parece mal, no me gusta demasiado.

    Una cosa es usar la emoción socialista para la lírica, cosa que hace con resultados grandiosos y otra distinta propaganda. La diferencia en calidad y contenido es apreciable.

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