Tubular Bells II, de Mike Oldfield.

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Hay que reconocer que Mike Oldfield podía ser un poco cabronías. Sólo así se explica que su primer disco con Warner fuera precisamente aquel que Richard Branson se pasó años suplicándole: Tubular Bells II. El millonario, que por otro lado le instaba a componer temas pop, incluso llegó a sugerirle que llamara así a Amarok, pero Oldfield se negó sistemáticamente.

Así, tras su salida de Virgin y su acuerdo con Warner, le faltó tiempo para grabar un disco cuya música, lo ha dicho él mismo en alguna ocasión estaba en su cabeza desde hacía tiempo. Tubular Bells II se convirtió en su mayor éxito de ventas en años. Era el primer disco completamente instrumental desde Incantations, sin contar ese accidente genial que fue Amarok, y partió de la idea de reinterpretar la música de su primer álbum. No regrabarla, sino seguir el mismo discurso musical, la misma estructura, pero tocada con instrumentos distintos y con un espíritu distinto también. La mayor diferencia entre ambos Tubular Bells está en el propio Oldfield, claro: donde antes había un niño furioso que no entendía el mundo y se construía el suyo propio en el estudio, ahora tenemos un hombre maduro que ha pasado por múltiples etapas en su carrera y que, teóricamente, había de encontrarse en un estado de serenidad propio a su edad. Todos sabemos que con Oldfield no hay nada definitivo, pero al menos entonces, en aquel año de 1992, el Oldfield que se mostraba al mundo era uno calmado y sereno, hasta en su ropa. Ya no había rabia.

Y ése es el mayor problema de Tubular Bells II: la sorpresa, la inspiración, el cúmulo de casualidades y circunstancias que crearon el primer Tubular Bells eran irrepetibles. El intento de recrearlo era artificial y quizás innecesario. Pero la apuesta era, además de musical, comercial. Oldfield quiso darle una perita en dulce a su nueva discográfica y a la vez darle en los morros a un Branson al que entonces parecía odiar, aunque, cómo cambia la vida, pocos años después estaba sentado en primera fila en la presentación de Tubular Bells III. Se hizo también un gran esfuerzo promocional, especialmente importante en el mercado norteamericano, tradicionalmente frío con Oldfield.

Pero, ¿qué ofrece musicalmente Tubular Bells II? Pues básicamente, una música mucho más accesible que la de su hermano mayor de 1973. Desde mi punto de vista, aquí empezó la obsesión de Oldfield por encontrar el sonido perfecto… sin caer en la cuenta, y ahí sigue, que la perfección carece a menudo de interés y sobre todo de alma. Aquí daba sus primeros pasos en este camino, por lo que no puede decirse que Tubular Bells II no la tenga. Al contrario, tiene momentos emocionantes, buenos clímax, melodías ejecutadas con brillantez. Tiene todo lo bueno que puede encontrarse en un instrumental de Mike Oldfield de los viejos tiempos, pero limado y adaptado a los gustos de un público que en los noventa ya no estaba para según qué cosas, y pasado por el tamiz de una producción que pretende darle un toque sofisticado a una música que, precisamente, lo que más agradece es la crudeza y el desenfreno. Si uno escucha las demos del disco que grabaron el propio Oldfield y Tom Newman, productor de la primera parte al que se le requirió para la segunda, se da cuenta de que el sonido iba mucho más en la línea de trabajos antiguos o Amarok. Pero la incomprensible intervención de Trevor Horn en un binomio que había demostrado funcionar a la perfección marcó el disco y le quitó gran parte de la garra que tenía, aportando cierto tono “dulzón” y artificial, con excesivas atmósferas y efectos que empeoran el resultado final.

Superado ese escollo, lo cierto es que hay que decir que Tubular Bells II es un buen disco. Sí, es una música más comercial, pero no por eso Oldfield, y ésta es la diferencia con la mayor parte de su trabajo posterior, no se la trabajó. Al contrario, se intuye mucho cuidado y mucho trabajo en este disco con el que Oldfield recuperaba la ilusión y la libertad que con buen criterio le daba Warner: si contratas a Mike Oldfield, lo lógico es que sea para que haga lo que mejor sabe hacer, no para intentar emular a Brian Adams o Phil Collins.

Ese carácter más accesible, además, funcionó a la perfección. Cuando yo descubrí a Mike Oldfield, Tubular Bells II fue durante mucho tiempo mi disco favorito. Lo encontraba más comprensible, más “bonito” que Hergest Ridge o Incantations, que me parecían raros, complicados y por momentos aburridos. A todo se aprende en esta vida, y todo tiene su proceso: el tiempo acabó poniendo, como siempre, las cosas en su sitio, y cada disco en su lugar. Tubular Bells II en su simplicidad se agota más rápidamente, deja de funcionar antes, soporta menos audiciones porque no se puede profundizar en él. Sin embargo, en su relectura de Tubular Bells va dejando muy buenos momentos. En ella, encontramos el mismo eclecticismo, la misma mezcla de estilos e influencias, pero ahora parece, y es, algo más calculado y lejos de la espontaneidad del álbum del 73. No es una relectura literal, tampoco. Donde hay una sección de piano, aquí también la hay, donde hay una sección de blues, o folk, o una pieza acústica, aquí también. Pero son distintas composiciones, y en eso radica el interés de Tubular Bells II. Quien asegure que ambos discos “son iguales” demuestra que no sabe escuchar música, porque las diferencias son evidentes para cualquiera con un mínimo de sensibilidad, al margen de que guste o no la idea misma de la reinterpretación y la segunda parte. Y tiene, ya digo, excelentes partes. Sentinel es una pieza perfecta, fría, sí, sin la desbordante energía de las composiciones de los setenta, pero aún así merecedora de estar entre lo mejor de Oldfield. Dark Star, Clear Light o Weightless son muy buenos cortes, pese a que sean en los que más se lamente la dirección de la producción, por lo que podrían haber sido sin ella. The Bell, la reinterpretación del célebre repaso a los instrumentos que se hacía en Tubular Bells, es evidentemente inferior al original pero también es interesante. Tattoo y sus gaitas son toda una agradable sorpresa, The Great Plain, pese a ser un guiño nada espontáneo al público americano, es de los más complejos e interesantes de todo el álbum, con un banjo sensacional.

Entre los incovenientes de Tubular Bells II, además del mayor, el mencionado error en la producción, estarían los toquecillos de world music —música andina, música oriental—, que se convertirían con el tiempo en uno de los peores tics de Oldfield. Asimismo, las voces corales que aparecen suenan, incomprensiblemente, enlatadas y bajas de volumen, y son completamente prescindibles, salvo quizás en la divertida revisitación del fragmento del hombre de Piltdown. Las guitarras de Oldfield, y esto va a ser una lamentable costumbre en el futuro, suenan infinitamente más pobres y menos elaboradas que en sus mejores discos, y ya adolecen del abuso de efectos y de una nueva forma de tocar que a mí personalmente no me gusta -también, dicen, cambió de modelos y de marcas.

Claramente por debajo de sus obras maestras, Tubular Bells II es sin embargo un buen trabajo, el mejor del músico desde Crises, si exceptuamos, de nuevo, Amarok, y de largo el mejor de los discos con Warner. Su falta de frescura y de un mayor desarrollo musical repercute en su atemporalidad, pero, y aunque siempre está presente la sensación de que podría haber sido mejor, ofrece suficiente como para ser tenido en cuenta. A eso, súmesele el mejor directo del Oldfield contemporáneo —con la gira de este disco, por cierto, volvía a los escenarios tras ocho años—, y tendremos un álbum que si bien pudo defraudar a los seguidores de toda la vida en el momento de su salida al mercado, creo que con el paso del tiempo se ha convertido en el nivel de calidad mínimo que debe exigírsele a Oldfield y que, al menos yo y a falta de innovación, mataría por encontrar en sus trabajos más recientes.

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