We3, de Grant Morrison y Frank Quitely.

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En su momento fue considerada, probablemente con razón, una obra menor de Grant Morrison, creada en realidad para mayor lucimiento del dibujante, pero en la primera lectura, We3 me pareció un buen tebeo. Hoy lo he vuelto a releer, y mantengo sin reservas aquella opinión.

Es evidente que es una obra menor dentro de la bibliografía de Morrison, pero cuidado, porque en muchas ocasiones es en estas obras breves donde el guionista es más contundente y redondo, ya que en series abiertas o largas tiende a divagar por regla general. En cambio, en obras como All-Star Superman o We3, la estructura cerrada de serie limitada le sienta fenomenal, aunque pierda parte de su discurso pasado de rosca que, es cierto, supone buena parte del atractivo del autor.

Tampoco quiero comparar We3 con la serie de Superman, que es canela fina. No, We3 no pasa de ser una serie breve —tres números—, un entretenimiento con cierta lectura moral, una fábula, por aquello de que la protagonizan tres animales, pero una despiadada y cruel. El argumento es simple: un perro, un gato y un conejo modificados cibernéticamente para ser usados como armas vivientes en “las guerras del mañana” se escapan de la instalación militar donde viven antes de que los sacrifiquen y son perseguidos. Y todo acaba en una orgía de sangre y destrucción, tras la cual el mensaje que queda cuestiona los experimentos con animales, algo que en su día recuerdo que fue criticado por algunos por excesivamente ingenuo, alegando que los experimentos son imprescindibles para salvar vidas humanas, y olvidando que en We3 únicamente se habla de los experimentos con fines militares. ¿Exceso de celo, sentimiento de culpa, o un poco de ambas?

Al margen de eso, tampoco veo por qué estar en contra de la experimentación, o de cierta forma de entender la experimentación con animales, sea necesariamente ingenuo, pero, en realidad, eso no afecta a la calidad del tebeo. Adolece, es verdad, de cierto alargamiento de la trama, que se estira demasiado y probablemente no da para tres números, pero se compensa con el deleite que supone un Frank Quitely desatado. Ya he comentado alguna vez que me parece uno de los grandes dibujantes americanos de la actualidad, y aquí no defrauda. Su estilo realista pero exagerado, el dinamismo que imprime a la acción —compárese con el estatismo irreal de la gran mayoría de dibujantes de la última hornada, los David Finch y compañía—, el trazo cuidado hasta el detalle más enfermizo, hacen de Quitely un dibujante sobresaliente que en We3 tiene todo el espacio necesario para desencadenar una violencia brutal y despiadada en la que además cabe también una experimentación narrativa inusual para los estándares mainstream —incluso aunque estemos hablando del sello Vertigo—, con notable influencia del manga tanto en la secuenciación como en la puesta en escena de ciertas viñetas de acción, y algún otro experimento más extraño, como el uso de miniviñetas que muestran detalles de la destrucción causada por los tres animales en los incautos soldados que los persiguen. Todo ello, además, con unos tremendos colores de Jamie Grant.

Más allá del despliegue gráfico, We3 ofrece un par de puntos de interés en la caracterización de los tres personajes principales, auxiliada por la expresividad de la que los dota Quitely. El primero de ellos es el brutal contraste entre su naturaleza animal, carente por definión de piedad pero también de crueldad, y la programación que les han introducido en sus cerebros para que sean máquinas de matar. Además, y lo que a mí más me interesa de esta obra, a través de unos diálogos limitados por la inteligencia de cada animal, Morrison clava no sólo cómo hablarían éstos en la vida real si tuvieran la capacidad de hacerlo, sino la etología de los tres, especialmente la del perro: fiel, servicial, buscando la aprobación del amo, con un fuerte sentimiento de manada… un perro, vamos, perfecto. Rodeados de humanos intencionadamente estereotipados, los animales y la relación entre ellos son los protagonistas absolutos de la historia, a pesar de que de su pasado sólo sepamos la información que contienen las preciosas ilustraciones que al principio de cada número de la serie hacen las veces de carteles de “se busca” que sus dueños han realizado.

Aún admitiendo su carácter de obra intrascendente, me resulta muy fácil empatizar con esta historia de Morrison, que tiene, paradójicamente —por ser el guionista una estrella— su mejor baza en el trabajo del dibujante. Un buen tebeo, ya digo.

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