Las dos vidas de Andrés Rabadán: el morbo llega a la historieta.

Llevo varios días dándole vueltas a este asunto antes de decidirme a hablar de él. Por si acaso, les pongo en situación: Norma va a publicar como parte de sus novedades de octubre Las dos vidas de Andrés Rabadán, cuyo autor es el propio Rabadán, que probablemente así no les suena de nada, pero que si les digo el pseudónimo que acuñó nuestra imaginativa prensa, a lo mejor ya les va sonando: el asesino de la ballesta. Mató a su padre. Con una ballesta. Así que lo llamaron el asesino de la ballesta. Y está en la cárcel, aún, y parece ser que escribe, pinta, esculpe. Y ahora, ha hecho un tebeo. La primera reacción fue de repugnancia, claro. Como les ha pasado a casi todos que su opinión han dejado en la red. Que un señor haga cuartos gracias a un crimen que cometió no sienta bien, en principio. Pero hay que ser justos. Y lógicos. No hay ningún motivo para negarle a nadie el derecho a expresarse artísticamente, da lo mismo lo que haya hecho. Gente con más cadáveres a sus espaldas ha escrito sus memorias y han sido publicadas. Así que creo, pese a que personalmente me repela el lanzamiento, que Rabadán está en su derecho de hacer cómics si así lo quiere, incluso para contar su historia. Dicen que está o estaba mentalmente enfermo, que su padre lo maltrataba, que su madre se suicidió. Me da lo mismo. Ya digo, en su derecho está. El problema aquí, lo verdaderamente repulsivo, es otra cosa.

Aquí lo deplorable es la manera en la que se vende el asunto. Lo voy a decir ya para que no haya dudas: Rabadán dibuja mal. Las páginas que aparecen en el avance de novedades de Norma —en las cuales podemos verle blandir la ballesta— son malísimas, propias de un chaval que ni al nivel de un fanzine llega, que lo llena todo de rayitas y de figuras pretendidamente abstractas. Y eso es lo asqueroso: que si Rabadán no hubiera matado a su padre y estado en la cárcel, no publica en su puta vida. Pero su crimen lo ha convertido en una celebridad. Leer el avance de la obra da náuseas: “Andrés Rabadán, el asesino de la ballesta, nos cuenta su vida en la cárcel con sus propios dibujos y palabras”. Y junto a esto, un rótulo grande donde advierte que está basado en hechos reales, como las películas de adolescentes violadas de después de comer. Y una enérgica defensa en forma de párrafo de su lucha para que le declaren sano y le den la oportunidad de volver a vivir en sociedad. Asqueroso, ya digo. No por el hecho de que se pida que se le dé a una persona una segunda oportunidad, sino por la instrumentalización que se hace del crimen, por la llamada a los más bajos instintos y al morbo del comprador.

Ésa es la palabra clave aquí: morbo. Da igual que el tebeo sea malísimo y que Rabadán dibuje mal. Aquí lo que importa es la llamada de atención, la curiosidad de asomarse a la mente de un asesino a través de sus dibujos. Las posibilidades de promoción. Es especialmente sangrante que sea Norma quien lo publique porque no publica jamás autores de cómic españoles —no, no aceptamos a Victoria Francés como autora de cómics—, pero en su derecho están de publicar a éste y no a otros con indudable mayor calidad. Es una empresa y como tal pueden hacer lo que quieran. No van a ganarse amigos con esto, precisamente, pero estoy seguro de que el tebeo en cuestión venderá bien. ¿Es moralmente aceptable? No, claro. Pero ¿qué lo es hoy en día?

Y es que aquí quería llegar. Si queremos que el cómic sea un medio de comunicación más, si queremos que venga eso de la normalización, inevitablemente tenemos que tragar con estas mierdas. Porque lo que tenemos aquí no es más que lo que lleva pasando mucho tiempo en literatura, cine o televisión. Somos una sociedad enferma, aceptémoslo. El ocio cada vez tiene menor calidad. Los medios de comunicación ya no tienen códigos deontológicos. Todo vale. El dolor de una madre que acaba de perder a su hijo, el nombre de un donante, un cuerpo despanzurrado en el asfalto: todo puede mostrarse en pro de la audiencia. Y funciona. No hay límites. Un alcalde mangante puede pasarse una temporadita en la cárcel, sin devolver ni un duro de lo que se ha llevado, salir libre y a la semana siguiente ser entrevistado previo pago de una cantidad obscena. Sí, muchos se llevan las manos a la cabeza. Pero no se impide. Cada vez la cosa va a más. De cada crimen sórdido se hacen especiales de televisión con reconstrucciones de los mismos, se hacen seguimientos, se dicen cosas que no son ciertas, se da carnaza y el público, sí, expresa su repulsión, pero pide más. No somos aún expertos en hacer esto: los americanos nos llevan años de ventaja. Ellos sí saben hacer del crimen y de la sangre todo un espectáculo. Los yanquis es que además son muy teatreros. Pero aquí vamos aprendiendo. Ya estamos haciendo películas de crímenes “basadas en hechos reales”: de hecho el tebeo de Rabadán intenta aprovecharse del estreno inminente de una película con el mismo título que llevará al cine su historia. Hace unos seis años, Rabadán publicó un libro, en Plaza y Janés, nada menos, con relatos de su vida en la cárcel. Y si se busca por internet se puede leer a su editora haciéndosele el culo pepsi-cola, diciendo que “nunca había leído nada igual”, haciendo especial hincapié en su enorme calidad.

Y es que, salvo contadísimas excepciones, el mundo editorial es una sentina hedionda. No se vende literatura; se venden productos. Y todo vale para promocionarlo. Y en televisión ya ni hablemos, claro. Todos sabemos que de este tebeo se va a hablar en ciertos programas “de actualidad”, que incluso es posible que salga en los informativos. Es lo que se está buscando. Es el signo de los tiempos. Puede que nos repela y lo critiquemos, pero si lo aceptamos en televisión, cine o literatura, ¿por qué nos llevamos las manos a la cabeza porque se haga en cómic? Sí, claro que me jode que estas cosas pasen en un medio al que quiero tanto, que haya tantísima gente con talento que no puede vivir de hacer tebeos y ahora venga este muchacho cuyo único mérito es dispararle una saeta a su padre en la nuca y sea publicado. Pero es que es EXACTAMENTE lo mismo que sucede en cualquier otro ámbito. Un concursante de Gran Hermano escribe —le escriben, más bien— un libro, o graba un disco, y se forra. Y mientras, gente que vale de verdad se come los mocos. La próxima vez que vayan a la feria del libro, comprueben quién tiene la cola más larga: si Ramoncín o los escritores de verdad —que en general son también muy malos, pero eso es otra cuestión—. Así funciona el invento, y así va a seguir funcionando. El morbo vende. Es así. ¿Queríamos normalización? Bien, aquí está. En todo su sangriento y nauseabundo esplendor. La parte pintoresca y ridícula es el tebeo de Escenas de matrimonio; la repugnante, Las dos vidas de Andrés Rabadán. Pero en realidad es lo mismo. Es la misma locura colectiva. Es la muerte de la cultura. No es nuevo: el cómic, como siempre, llega tarde. Pero está llegando. Y a mí, francamente, me es indiferente, mientras se sigan publicando buenos tebeos. Pero sí, asco, me da, para qué negarlo.

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