Astro City, de Kurt Busiek y Brent Anderson.

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En 1995 Kurt Busiek inició, junto con el dibujante Brent Anderson, la publicación de una serie que sorprendió a todo el mundo: Astro City. Busiek ya había firmado poco antes Marvels, que quizás fue el mejor cómic de Marvel en los noventa, y poco después sería el principal estandarte del giro clasicista que la editorial daría a gran parte de sus series tras el experimento de Heroes Reborn. Pero Astro City fue y es otra cosa.

En los noventa pesaba aún la losa de la mirada desmitificadora de Watchmen: lo que debió ser la muerte del género, paradójicamente lo alimentó para que diera sus peores frutos durante unos años realmente aciagos. A punto de colapsarse sobre sí mismos, los universos de ficción —sus propietarios, quiero decir— optaron, justo antes del cambio de siglo, por volver a los orígenes y confiar las naves no a dibujantes de nociones anatómicas, digamos, creativas, sino a guionistas que durante toda su vida habían leído tebeos de superhéroes, y que conocían y amaban el trabajo de Roy Thomas, Steve Englehart o Gerry Conway. Fueron gente como Mark Waid, Geoff Johns y sobre todo Kurt Busiek quienes se ocuparon de reinventar a los superhéroes recurriendo a su época dorada, a los setenta y primeros ochenta. Tenía esta opción, ahora lo vemos claro, una fecha de caducidad clara: duraría el invento lo que durara la capacidad enciclopédica de los guionistas implicados. Sin ellos, en menos de diez años hemos vuelto a la casilla de salida: quien no conoce la historia está condenado a repetirla; quien no leyó cómics en los noventa está condenado a repetir sus argumentos y encima creerse que inventa la sopa de ajo.

Pero vuelvo a Astro City, que me solivianto. Es un caso extraño. Es indudable que nace como respuesta al paradigma del género en los noventa, pero, sin embargo, no puede considerarse un producto puramente retro o clasicista. En realidad, Busiek abre con ella una tercera vía, una forma de deconstruir a los superhéroes sin destruirlos, sin sarcasmo, desde el amor profundo por el género que le profesa el guionista.

Articuladas en torno a la ciudad del mismo nombre, las historias narradas en la serie, tanto las episódicas como las que abarcan varios números, aparentan ser “clásicas”, sí, pero hay más. Para empezar, el gran mérito de Busiek es la creación de un trasfondo y una historia para su universo, basándose en lugares comunes y arquetipos del género que todo lector reconocerá, incluso a veces demasiado fácilmente. No es difícil, identificar al Samaritano como Superman, a Victoria Alada como Wonder Woman, al Confesor y el Monaguillo como Batman y Robin, o a Jack Caja de Sorpresas como Spiderman, al margen de que más allá de la inspiración cada personaje tenga después sus propios orígenes, motivaciones o personalidades. Pese a que esto puede lastrar en ocasiones las historias, nunca son tan oscuras como para que un lego en la materia se pierda, aunque evidentemente aquel que haya leído superhéroes disfrutará más con esto. Porque lo que hace Busiek es, en realidad, construir la historia de su ciudad y su universo de forma paralela a la historia del género. Los superhéroes de sus años cincuenta son patriotas e ingenuos, los de los ochenta, descreídos y cuestionados por el público. Lo hace además muy bien, porque dosifica la información con mucha inteligencia. Nunca cae en el error de contar demasiado y, consciente de que casi siempre las cosas tienen más valor si se insinúan en lugar de mostrarlas explícitamente, muchos de los acontecimientos fundamentales en la cronología de la ciudad se dan por supuestos pero nunca se cuentan. El hecho de crear una cronología “real”, en la que los personajes envejecen, le permite jugar con diferentes generaciones de héroes y saltar en el tiempo contando historias de todos. En este juego metalingüístico está, ya digo, el mayor hallazgo de Astro City, a pesar de que a veces por su causa Busiek es excesivamente frío en historias que agradecerían más emotividad —lo cual no significa que otras no pueda emocionar, y mucho.

Me gusta mucho también el acercamiento a lo que se cuenta, basado siempre en el protagonismo coral y en la visión personal de algún héroe o, más frecuentemente y con mucho acierto, en el de una persona normal. El tratamiento psicológico de los protagonistas es, por profundidad y por las herramientas que Busiek utiliza, más propio de un slice of life que de un tebeo de superhéroes. Casi siempre se apoya en una primera persona que favorece la identificación con los protagonistas y la comprensión de los mismos. Ésa y no otra es la originalidad de Astro City. Si nos quedáramos en la mera superficie, en la simple descripción de las tramas, tendríamos historias típicas sin más interés. Pero Busiek consigue con el cambio del punto de vista algo que parecía a estas alturas de la película totalmente imposible: que aquello que es más viejo que la tos parezca novedoso. Es verdad que al lector veterano todo le va a sonar, pero el toque realista —un realismo muy diferente al de The Authority o Rising Stars, uno que no cuestiona las bases del género pero sí incide en la repercusión que la existencia de seres superhumanos tendría para la gente corriente—, así como los giros que Busiek suele dar, hacen que aún sean posibles las sorpresas. Tiene cierta habilidad para usar la lógica en la resolución de las historias y tocar teclas que nunca se habían tocado, para dar la enésima vuelta de tuerca por la vía difícil: respetando las reglas del juego y no tirando el tablero por la ventana, jugando con los guiños y dando pequeños y medidos pasos hacia delante.

Pese a que la serie pasa por ciertos baches y que el resultado, en conjunto, es menos brillante que el de otras series más o menos similares, como el maravilloso Tom Strong de Alan Moore, a mí me parece una de las propuestas del género más interesantes de los años noventa, especialmente porque abrió, como Marvels, una salida para algo que estaba ya prácticamente muerto y que, me temo, no supo aprovechar lo que se le brindaba. Ahí quedan, en todo caso, historias tan buenas como la saga del Confesor, la cita de Victoria Alada y el Samaritano, el especial Cerca de ti o el impresionante primer número, En sueños, una de las mejores historias de Superman que se han hecho. La serie, no sin problemas de periodicidad, continúa abierta, siempre con los dibujos del correcto Brent Anderson y las portadas y diseños de Alex Ross. En España, tras varios años de sequía, Norma se lanza a su publicación, desde el principio, lo que supone que para leer historias nuevas habrá que esperar no menos de un año. O tirar de edición original, claro. Muy recomendable, en definitiva, para todos aquellos que están hartos de las macarradas actuales y creen que los superhéroes pueden ser otra cosa.

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