Barrio, de Carlos Giménez.

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Si con Paracuellos Carlos Giménez se atrevió a denunciar el recientísimo e incómodo pasado de aquellos hogares del auxilio social al tiempo que hacía crónica y se adelantaba en varias décadas a la hoy, afortunadamente, tan en boga Memoria Histórica, no es menos cierto que Barrio comparte las mismas inquietudes y los mismos objetivos, pese a que se tienda, en general, a dejarla en un segundo plano frente a la brillantez de la primera.

Esto es, sin duda alguna, un terrible error. Por temática y por protagonistas, Paracuellos puede estar más dotada para remover la conciencia del lector y, sobre todo, para llegar a ese lector no habitual que el cómic debería buscar; pero Barrio no es en ningún caso inferior a Paracuellos. Comparten además tanto que casi podría considerarse una sola serie, en realidad, o Barrio una suerte de segunda parte que continúa la historia de Carlos/Pablito —alter ego del autor— allí donde la dejó Paracuellos: el niño sale al fin al mundo real, abandona ese terrible microcosmos que era el colegio interno y entra en la España de los años cincuenta, en el barrio de Lavapiés.

Escrita, como Paracuellos, a caballo entre los setenta y los años más recientes, Barrio pasa por distintas etapas. En el primer álbum Giménez combina la autobiografía, los sentimientos que tuvo al volver a la vida real, el reencuentro con la madre —que nunca, acertadísimamente, muestra su rostro—, con la denuncia social: el hambre, las represalias a los perdedores, en suma, la fractura social, la herida que había dejado la guerra y que dividía, me temo que hasta hoy, a España en dos bandos. En ese primer tomo, además, Giménez utiliza el mismo dibujo detallado y la misma composición de página basada en viñetas minúsculas de Paracuellos, pero a partir del segundo tomo y especialmente en éste, se descubre como un autor muy distinto. Mucho más maduro y seguro de sus habilidades, se lanza al experimento narrativo sin que eso significa parir una obra vacía de contenido —tal cosa es sencillamente inconcebible en la obra de Giménez—. Sorprenden sus páginas sin calles, casi tanto como el vigor de un trazo que, pese a ser menos detallado que en los setenta, más suelto y caricaturesco, imprime mucha más fuerza a las escenas. Se trata de un autor en estado de gracia que elige ir abandonando paulatinamente la autobiografía para convertirse en cronista de historias de otros, todas encuadradas en el barrio, que deja de ser Lavapiés para convertirse en un símbolo; en el barrio de todos. Porque Giménez recorre el camino que sólo los grandes autores son capaces de hacer: ir de lo particular a lo universal, construir no su historia sino la de una generación, y ni siquiera: la de todo un país. Porque hay algo en el ambiente, en los personajes —magníficamente caracterizados gráfica y psicológicamente— y sus relaciones, que llega a cualquier lector, aunque no se tenga ni la edad ni el bagaje vital de Giménez. Porque sus historias —que son suyas, pero también de sus amigos— son muy parecidas a las que todos tenemos en nuestra memoria. Porque el barrio es un universo que todos compartimos y que Giménez inmortaliza con la trascendencia del que es nuestro mejor autor.

Aparentemente el autor ha dado por cerrada la serie tras su cuarto tomo. Yo no descartaría, personalmente, que hubiera algún día más historias de Barrio. Pero aunque no las hubiera, estos cuatro volúmenes de vocación documental, que indagan en el pasado colectivo, que evocan las atmósferas, las figuras —el pipero, el tendero, los gitanos, el chatarrero—, el modo de hablar, los juegos de los niños y los sueños, esperanzas y miedos de todos, son uno de los mejores ejemplos de que el tebeo hace mucho tiempo que alcanzó la mayoría de edad. El problema es, únicamente, de quien cree que no.

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