The Songs of Distant Earth, de Mike Oldfield.

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El segundo disco que Mike Oldfield compuso bajo el sello de Warner Music salió a la venta en 1994, y fue The Songs of Distant Earth. Álbum que a menudo divide a sus seguidores, ofrecía, como sus discos clásicos, música puramente instrumental, exceptuando algún coro, dividida en dos temas largos sin cortes reales, aunque las diferentes secciones aparecían diferenciadas por títulos, por adaptarse al formato CD. Fue un trabajo hecho sin la desidia y dejadez que puede detectarse en muchos discos posteriores, que giraba en torno a la idea de ser la banda sonora del libro homónimo del autor de ciencia ficción —género muy leído por Oldfield— Arthur C. Clark. No he leído el libro y por tanto no puedo valorar si es adecuado o no la música para él, pero no estamos en todo caso ante algo original. Recuérdese que la inspiración literaria fue una constante en la época dorada del rock progresivo, y que no era la primera vez que todo un álbum se articula alrededor de una obra literaria: ahí están, por ejemplo Tales of Mistery and Imagination de The Alan Parsons Project o 1984 de Anthony Phillips.

The Songs of Distant EarthTSODE en adelante— fue, como decía, un disco en el que se intuye mucho trabajo por parte de Oldfield. Hay contenido y cierta complejidad dentro de las limitaciones que salen a relucir si lo comparamos con sus mejores obras, y se nota que la tecnología no está usada para acabar antes y simplificar el trabajo. Hay un deseo expreso de querer utilizar la última teconología disponible para crear una música visionaria y anticipativa, pero, aunque es loable el esfuerzo por su parte, el resultado es muy irregular. TSODE es catalogado por muchos como música electrónica, aunque a mí me cuesta mucho encuadrarla ahí. Sí, es cierto que hay un uso abundante de sintetizadores y cajas de ritmos, pero sintetizadores hay en la música de Oldfield desde Hergest Ridge. No, para mí música electrónica es lo que hacen J.M. Jarre o Isao Tomita; TSODE, pese a las obvias influencias de la electrónica, no deja de ser música puramente Oldfield, interpretada con distintas herramientas, pero más de lo mismo. Y aunque no puede decirse que sea un mal álbum, lo cierto es que de alguna forma simboliza el principio del fin para su autor. Visto ahora, con la ventaja de la perspectiva que dan los años, puede considerarse que fue en TSODE donde Mike Oldfield comenzó a perderse tras los cantos de sirena de la tecnología, donde empezó a perder de vista lo esencial: la propia música. El sonido flojo y sin garra, la sobreproducción, los efectos electrónicos, la sustitución de instrumentos reales por samples: aquí empieza todo. Y sin embargo, no podemos caer en el error de condenar por ello a un disco que no tiene la culpa de todo lo que hará después su creador, y que pese a sus indudables defectos ofrece buenos momentos. Quizás el fallo más evidente que surge al escuchar hoy TSODE es que a pesar de que nació con la intención de adelantarse a su tiempo, de ser la música del futuro, paradójicamente tiene un sonido demasiado desfasado ya. Un sonido demasiado de su época, que es lo que sucede siempre que se usa la tecnología de rabiosa actualidad: a los dos días está anticuada, y si no hay detrás algo lo suficientemente sólido, el edificio se derrumba. Es lo que les sucede a muchos cortes de este disco, aquellos que se apoyan en exceso en el sonido sintetizado. los efectos etéreos y los samples de agua, delfines y cosas por el estilo crean un ambiente envolvente, sí, pero musicalmente, al menos a mí, me dejan totalmente frío, son un mero ejercicio de estilo. Algo parecido sucede con la percusión artificial, que ha envejecido terriblemente mal y escuchada hoy suena plana y machacona, llegando a molestar directamente en varios cortes.

En la parte positiva, está la sensación de unidad que exuda el disco y esos detalles que siempre deja Oldfield y que enlazan TSODE con su pasado. No es casualidad que quizás las secciones más brillantes del mismo estén articuladas alrededor de una melodía de guitarra que desarrolla otra más breve aparecida en Amarok, y que aparece intermitentemente en TSODE, cumpliendo el papel de una especie de tema principal a través de los mejores cortes: Let There Be Light, Oceania, Ascension. Destacable es también Crystal Clear, con un clímax de guitarra muy bien construido sobre una cuenta atrás que hace que la tensión se incremente hasta estallar en un solo. A años luz de los clímax de Amarok u Ommadawn, evidentemente, pero notable a pesar de ello. Otros temas se quedan en buenas intenciones, ideas que sobre el papel o en la mente de Oldfield eran buenas pero puestas en práctica son un quiero y no puedo. Es el caso de Magellan, en el que un interesante piano se confunde en un guirigai de percusión de lata, capas y capas de sintetizador y voces fuera de lugar. Otro tema fallido, Hibernaculum, mezcla voces de monje gregoriano con cánticos africanos sin demasiado acierto, y lo satura todo con una percusión monótona y sin alma. Muchos otros a mí me aburren terriblemente; habrá quien vea en cortes como Supernova o The Sunken Forest una cuidada ambientación, pero yo sólo veo una afectada y desalmada recreación más propia de la peor Enya que de Oldfield.

Da cierta pena oír TSODE, porque queda patente que con otra dirección el disco se habría convertido, no en una obra maestra, pero sí en un trabajo notable dentro de su discografía, probablemente a la altura de un Crises o un Five Miles Out. Pero el sonido del álbum es demasiado flojo y falto de garra, es ese sonido moroso y algo dulzón, como de después de la siesta, que caracteriza al Oldfield contemporáneo, y que se ejemplifica a la perfección con ese nuevo sonido de guitarra lento y grave, del que ya hablé y que termina de configurarse en este TSODE. No hay el desenfreno, la pasión y la ira que se encontraba antes en su música. El Oldfield del mañana es un músico desapasionado y que se deja llevar por las modas del momento, en el caso de TSODE, la electrónica y la world music. De la misma manera, si se hubiera limitado severamente el uso de la tecnología, dedicándola únicamente a producir aquellos sonidos fuera del alcance de los instrumentos tradicionales y no para emularlos fallidamente, el resultado final habría ganado muchos enteros, sobre todo en materia de percusión, que realmente a mí me saca de la audición a empujones en muchos momentos.

Para muchos seguidores, especialmente los más jóvenes, TSODE es un gran trabajo, inmediatamente por debajo de sus obras maestras, o incluso, para alguno, a su misma altura. Pero donde ellos ven la construcción de una atmósfera perfecta, yo veo una sucesión de trucos que enmascaran una música falta de la complejidad y el desarrollo típicos de Oldfield, una espacialidad construida artificialmente, que pierde la frescura y la espontaneidad del pasado en una producción aparatosa y saturada de efectos y recursos que hacen que TSODE parezca más de lo que es, y que, como decía al principio, supone el principio del fin: la mayor parte de sus obras posteriores multiplicarán los defectos de ésta y prescindirán incluso de las pocas buenas ideas musicales que aquí pueden encontrarse, y que se plasman, al menos, en un puñado de temas rescatables que junto a la naturaleza conceptual del álbum —por última vez en su discografía— salvan TSODE con un aprobado raspado. Viendo mucho de lo que vino después, no es poco, ni mucho menos.

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