¿Qué hacemos con el cómic español?

Si aceptamos que el mercado del cómic en España es, siendo generosos, limitado, tendremos entonces que asumir como cierta una verdad dolorosa pero terriblemente obvia: que el cómic español es aún más minoritario. Es un hecho comprobado que, por múltiples motivos, actualmente el tebeo hecho aquí ocupa una parcela del mercado anecdótica; vamos a intentar entender por qué y cómo podría cambiarse, si es que se puede.

Primero entendamos que esto no siempre fue así. Hace cincuenta años El Capitán Trueno, El Jabato, Hazañas Bélicas, El Guerrero del Antifaz o las revistas de Bruguera y el TBO copaban, obviamente, todo el mercado. Dicho de otro modo: cuando más tebeos se han vendido en este país, más tebeo español ha habido. Los cambios en la cultura y en la mentalidad españolas a medida que el franquismo va agonizando y la censura desaparece motivan, tanto en los cómics como en cualquier otro medio de expresión, que poco a poco el público español comience a preferir productos de fuera en lo que respecta a su tiempo de ocio. Por eso, y porque el cómic poco a poco va quedando relegado a divertimento —caro— de unos pocos, llegamos a una situación actual en la que el cómic español no vende. O vende muy poco comparado con el producto americano, japonés o del resto de Europa.

Pero ¿por qué no vende el cómic español? ¿Por qué incluso la brillante generación de los Font, Beà o Giménez se tuvieron que buscar las habichuelas fuera de España? Si exceptuamos el caso anómalo de Ibáñez, el único auténtico superventas español, el número de autores de aquí que pueden ganarse la vida exclusivamente de sus tebeos se puede contar con los dedos de una mano. Y sobran. El resto, es decir, prácticamente todos, tienen que compaginar el cómic con otras ocupaciones, como la ilustración o el diseño. La industria, simplemente, es demasiado pequeña como para poder mantener a los creadores. No hay ventas. ¿Por qué? Para muchos, ya que la idea parece estar generalizada, el problema es que el autor español no tiene visión comercial, que crea no mirando hacia el mercado sino hacia sí mismo. Que se centra, por utilizar el término despectivo que se acostumbra a usar, en gafapastadas que no interesan al público en general. Pajas mentales, que se dice en castizo. Aun admitiendo que muchos cuando dicen que hay que hacer tebeos “que gusten al público” lo que están diciendo es “que me gusten a mí”, en parte es cierto. Pero es totalmente comprensible. Veamos por qué.

Hoy en día un álbum puede variar mucho en extensión, pero pongamos que de media tenga ochenta páginas. Todo el proceso de su creación puede llevar a un autor completo hasta seis meses, contando el guion, storyboard, documentación, dibujo, entintado, y color si lo tiene. Son muchas horas de trabajo que el autor saca de su tiempo libre, porque, con las cifras de venta que se manejan, jamás podría vivir de ese álbum. Porque si se vende “bien” se llegará a los dos mil ejemplares, y con eso, incluso aunque el autor no sea el que menos porcentaje se lleva de la tarta, se le pueden pagar mil euretes. Por seis meses de trabajo. Para pagarle seis mil y que al menos el autor pudiera considerarse mileurista, tendrían que venderse unos doce mil. Imposible, sencillamente. Así que yo entiendo perfectamente, y además lo respeto, que un autor, tal y como está el mercado, no saque tiempo de debajo de las piedras para hacer un trabajo que no le gusta y en el que no cree para intentar conectar con el público. Porque haga eso o se dedique a contar su infancia, la posibilidad de vivir de sus tebeos es simple y llanamente inconcebible. Así que optan por hacer lo que les apetece, para al menos sentirse realizados como artistas. O eso, o se marchan fuera, donde se vende más y se puede cobrar más.

Por tanto, rechazo totalmente que se pueda culpar al autor de la mala situación de la industria por no tener visión comercial. El autor tiene que hacer buenos tebeos, y punto. Saber qué le gusta al público y qué puede tener mercado es tarea del editor. Pero ¿qué sucede? Que las editoriales grandes pasan olímpicamente del autor español. Planeta, Norma y Panini, que por volumen son las editoriales que más riesgo podrían asumir, publican cuatro cositas de españoles. Planeta se ha animado ahora con una línea de autores españoles, pero Norma, salvando el pésimo infratebeo del asesino de la ballesta y las goticadas de Victoria Francés y Luis Royo —que no son cómics—, nada de nada. Panini tampoco. Hay una tendencia muy clara en el editor español, y viene de muy atrás, relacionada con la preferencia por el material extranjero por encima del español, pese a que después hagan gala de una hipocresía que en el mundo editorial no sorprende en absoluto y cuando un autor español triunfa en una serie de Marvel o DC se apresuren a hacer caras ediciones de lujo donde publicitan la nacionalidad del dibujante para vender más. ¿Por qué esta tendencia? Primero porque ha demostrado ser un valor más seguro. Tiene ya su nicho de mercado, por lo que no hay que hacer grandes esfuerzos para hacerle hueco, no necesita presentación, y, con toda seguridad, sale más barato. De esta forma el autor español queda en manos de editoras más pequeñas que, una vez asumido que el mercado es el que es, dirigen sus esfuerzos a materiales más minoritarios. Como dije en una ocasión, Astiberri o Sins Entido son los equivalentes en el cómic de editoriales como Lengua de Trapo en literatura: arriesgan con productos a priori poco comerciales, cuidan la presentación, ajustan tiradas, y rezan para que al final de año las cuentas cuadren. Pero para mí lo que es evidente es que si hay que hacer un tebeo comercial, es la editorial la que tiene que arriesgar, no el autor. El autor hará lo que le dé la real gana. Autores aquí ha habido y hay muchos a los que les gusta el cómic más comercial —los superhéroes, por ejemplo—. Alguno intentó aquí producir algo de ese estilo. Y como no se pudo, hoy están todos trabajando para alguna major en EE UU. Lo que debería hacerse es que la editorial X coja a un autor y le ENCARGUE un tebeo de determinadas características. “Quiero una historia de cien páginas acerca de un superhéroe adolescente al que le pica un grelo radiactivo y se dedica a combatir el mal”. Se dan unos plazos y se paga una cantidad de dinero, luego según ventas y ediciones se establecen unos royalties para el autor y ya está. Pero no. en España las editoriales tienden a la desidia y a la pasividad. Se quedan sentados esperando que lleguen los autores con sus propuestas. Y a las grandes les valen con sus franquicias extranjeras para ir tirando. El autor español, entonces, o se marcha fuera o se queda aquí y asume que tendrá que tener dos profesiones para vivir, en cuyo caso lógicamente elige hacer lo que le sale de las pelotas.

La siguiente pregunta es obvia, aunque su solución no lo es en absoluto: ¿se puede hacer un tebeo comercial en España? Veamos.

En España el cómic ha seguido históricamente dos grandes vías mainstream, como por otra parte ha seguido en Francia, EE UU y Japón, porque no somos tan diferentes, aunque en nuestro caso la censura y el modelo de trabajo abusivo y explotador para con los autores marcan el devenir de ambas tendencias, que son, por un lado, el tebeo de aventuras —los ya mencionados El Capitán Trueno y El Jabato, o Roberto Alcázar y Pedrín—, y por otro el humorístico de la escuela Bruguera o los autores valencianos de los cincuenta y sesenta. La progresiva introducción de cómic extranjero, que muchas veces estaba mejor hecho, y la mengua de mercado acaban con ambas tendencias poco a poco. En los ochenta, salvo los autores que publicaban en revistas tipo CIMOC, los autores de corte realista estaban ya todos moviéndose por el mercado americano o francés, y el cómic humorístico muere con la quiebra de Bruguera, más allá de Ibáñez o Jan. Lo que queda es un tebeo “de autor” —nunca me ha gustado esa diferencia, por cierto: ¿acaso no tiene todo tebeo un autor?—, influido por el underground y las corrientes más experimentales, que por temática o forma no ha podido ni querido ser un producto masivo. Ese tebeo español mainstream nunca se ha intentado recuperar con verdadera convicción y recursos suficientes. En los noventa Planeta hizo un intento con su línea Laberinto de introducir series limitadas —con la posibilidad, un par de veces fructificada, de producir continuaciones— de temáticas y estéticas variadas, pero todas ellas imitadoras de cómics de fuera en mayor o menor medida. El proyecto acabó cerrando tras un par de remesas de series, supongo que porque las ventas no compensaban los gastos que suponían -y eso que según se cuenta a los autores se les pagaba poco poco-. Los cómics basados en Fanhunter, el universo creado por Cels Piñol, tuvieron su buen lustro de cierto éxito y buenas ventas, pero también se acabó deshinchando. En los últimos años hemos visto intentos en direcciones sorprendentes. Siguiendo el signo de los tiempos, lo comercial ha dejado de ser un producto bien hecho pero con unas características que lo hagan accesible a todos los niveles por un público general, sino que es directamente basura. El producto popular se ha devaluado terriblemente tanto en música como en cine, y por supuesto el cómic va a reflejar esta tendencia. Pero independientemente de su calidad, aquí de lo que estamos hablando es de viabilidad comercial, que es la que permitiría fortalecer el mercado. Pero lo cierto es que productos como el cómic de la selección española de baloncesto, el tebeo de Escenas de matrimonio o el de Jorge Lorenzo, si bien se nos ha dicho que tuvieron ventas excelentes —entendiendo por “excelentes” lo que se entiende en el mercado del cómic por excelentes, claro—, no tienen continuidad con productos similares. Si no, ¿dónde están los tebeos de El internado, Física o química, la selección de fútbol o Rafa Nadal? No cabe duda de que estos cómics tienen la capacidad de llegar a un tipo de público muy distinto del habitual, al que precisamente le van a repeler éstos. Y cada vez que aparece alguno se habla de normalización; pero no termina de sistematizarse y pasar a ser medianamente masiva. Tal vez sea, de nuevo, un problema de ventas, o de falta de profesionales, ya que no hay, como había antes, estudios donde jóvenes autores anónimos puedan aprender el oficio fogueándose con estos trabajos basura. Posiblemente conseguir licencias y demás pueda ser muy complicado, toda vez que se le expliquen a las productoras las cifras de venta aproximadas que se manejan y descubran que aunque sus series las vean, pongamos, dos millones de personas, con el tebeo ya tendrán que dar saltos de alegría con diez mil o incluso menos.

Sea por el motivo que sea, el hecho es que esta vía tampoco se asienta. Ha habido, no obstante, intentos de hacer un tebeo español mainstream de calidad. Por ejemplo Planeta ha lanzado varias colecciones bajo el sello de nostálgico nombre Forum, historias de aventuras como El viaje de Darwin accesibles para todo tipo de público; SM —importante: editorial no especializada en tebeos. ¿Estará aquí la clave?— ha lanzado una colección de clásicos literarios adaptados al cómic que tiene muy buena pinta. Está por ver la viabilidad comercial de estas propuestas y sobre todo, lo que aquí más interesa, la continuidad que tienen.

Porque el problema es que muchas veces se consigue un producto que vende moderadamente bien -aunque rara vez más que los extranjeros- pero no pasa de ser una excepción, una anécdota en un mercado saturado de novedades. Los que quieren que el cómic español imite fórmulas comerciales y adopte géneros de probado éxito en España, están equivocados. ¿Qué pretendemos, hacer superhéroes y desbancar a Spiderman o a los X-Men? Es absurdo. Además ya se ha hecho algún intento por ahí que, independientemente de su calidad, no logró llegar al lector del género. Igual que el “manga español” —término contradictorio donde los haya— no puede combatir con el shonen o el shojo japoneses. Los únicos intentos con cierto éxito fueron, curiosamente, acercamientos en clave paródica —Dragon Fall, Superlópez—. El lector de estos géneros ya está fidelizado, y en muchos casos fanatizado. Lee sólo cómics provenientes de EE UU o de Japón, y lo español es percibido como cutre y falto de interés. Al igual que pasa, por cierto, en el cine, que comparte muchas de las críticas que se le hacen al cómic: volver la espalda a los gustos del público, ofrecer historias ombliguistas, pretender ser trascendente y artístico olvidándose de entretener. Al margen de que yo crea que los problemas del cine español son otros -subvenciones, pésimos actores salidos de la televisión, directores aún peores-, la verdad es que cuando se ha intentando hacer un producto imitando los estándares americanos, muy pocas veces ha salido bien: justamente igual que en la historieta. La copia no interesa. Lo que debe hacerse es buscar un camino propio, arriesgar desde las editoriales para intentar encontrar algo que el lector no encuentre ya en el tebeo extranjero, confiar en los autores y tener paciencia hasta que se vaya dando con las teclas correctas. No es cuestión de chovinismo barato: a mí me da exactamente igual de dónde sea un cómic; yo leo de todo. No se trata de desbancar ni expulsar el tebeo extranjero ni de proteger al español: que compita en el mercado en igualdad de condiciones y se busque su sitio. Si no hay infraestructura para producir un tebeo para las masas como pueden ser los de Marvel o DC —por no hablar de que las cifras de venta para pagar un sueldo mínimamente decente a guionista, dibujante, entintador y colorista en una hipotética publicación mensual, es inalcanzable de todo punto—, así que hay que buscar otros sistemas. El año pasado Arrugas, un poco por sorpresa, mostró el camino. Un cómic excelentemente narrado, que trata un tema que interesa a todo el mundo, con un dibujo “bonito” que entra por los ojos y que es apto no sólo para aquellos acostumbrados a desentrañar el lenguaje del cómic sino también al que tal vez nunca haya hojeado uno. Por ahí debería ir la cosa. Tebeos con presentaciones cuidadas, para intentar llegar al comprador de literatura, con buenos autores pero poca experimentalidad.

Es complicado, en todo caso, intentar dar una respuesta. Recuperar el tebeo español tal vez ya sea imposible, simplemente. Pero si aún se puede hacer, ha de ser una cuestión de paciencia. No se va a recuperar mañana; harán falta muchos años y asumir riesgos. Y de intentarlo, claro. Pero no por el mero hecho de tener un cómic español fuerte, que a mí el orgullo patrio y esas cosas como que me la repanpinflan bastante, sino, sencillamente, para que la persona que quiera dedicarse a hacer tebeos y tenga talento para ello, no necesite tener dos trabajos o trabajar para mercados donde estará creativamente limitado por trabajar por encargo, salvo excepciones. Es lamentable que incluso gente tan prolífica como Mauro Entrialgo o Luis Durán no puedan vivir exclusivamente de sus tebeos, aunque, lo decía antes, sea éste un problema compartido con la literatura.

Pero desde luego, si hay una solución a este problema, si el cómic español puede volver a ser relevante, no será responsabilidad del autor. El autor es el eslabón más débil de un negocio que hoy por hoy da unos beneficios de risa. El autor arriesga su tiempo y su trabajo haciendo un cómic, y luego lo presenta a unas editoriales que deciden si lo publican o no. Las editoriales no quieren publicar autores españoles porque no son comerciales. Los autores no hacen cómics comerciales porque les van a pagar una puta mierda igual. Es una pescadilla que lleva dos décadas mordiéndose la cola. Y mientras, el público a su bola, leyendo siempre lo mismo, pidiendo más de ese mismo. No saben que hay un tebeo español. No les importa.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s