Capitán América, de Mark Waid, Ron Garney y otros.

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Cuando se hace balance de las mejores etapas de Capitán América siempre se mencionan junto a la actual de Ed Brubaker las de gente como Kirby, Englehart, Byrne o Gruenwald. Rara vez se menciona las guionizadas por Mark Waid, cosa que me sorprende, porque en su momento fue ensalzada por la “crítica” como unos excelentes tebeos. Intrigado por esta paradoja y sin nada mejor que hacer, me he releído aquellos tebeos para saber si merecen o no un puesto en la historia.

En su momento me gustaron bastante las historias de Waid. No había leído apenas nada del personaje previamente, eso sí, pero me parecían excelentes tebeos de acción. Aquella etapa empezó en el número 444 de la serie, en el año 1995, tras la larguísima estancia de Mark Gruenwald en la misma, que había acabado con el héroe en un callejón sin salida, tras languidecer en tebeos repetitivos y mal dibujados. Ya inmersos en aquella locura colectiva que fueron los noventa en la editorial, los responsables previos de la serie habían intentado de todo para conseguir atraer atención y ventas sobre el Capitán América: la última jugada fue ponerle una armadura y hacer que su suero del supersoldado caducara y lo dejara a punto de morir.

Y es en ese momento en el que Marvel, como ha hecho tantísimas veces —con resultados dispares—, decide entregar el destino de la serie a un guionista sin experiencia en la editorial: Mark Waid, venido de DC Comics. A su lado, un dibujante que hasta entonces había sido de segunda fila: Ron Garney. Su trabajo llamó la atención casi de inmediato por su tratamiento del Capitán y por el tono de acción que supieron darle a sus aventuras. Tras un primer número en el que analizaba cómo veían los demás al Capitán y qué significaba como símbolo, Waid desarrolló dos sagas: Renacimiento y Hombre sin patria. En la primera jugaba al paralelismo entre el protagonista de la cabecera y su mayor enemigo, el Cráneo Rojo, aliados a la fuerza para evitar que un Hitler prisionero del Cubo Cósmico cambiara la realidad para instaurar de nuevo el Reich. En la segunda, el Capitán es falsamente acusado de alta traición y es obligado a abandonar su identidad y su país, y es desposeído hasta de su ciudadanía estadounidense. El trabajo del dibujante es notable, siempre arriesgando en las composiciones de página y, sobre todo hacia el ecuador de la etapa, soltándose el pelo y afilando su trazo, haciéndolo más anguloso, especialmente en su excelente interpretación gráfica del Capitán América.

Esta primera etapa, que supuso un oasis en el panorama editorial —sólo hay que ver cómo estaban Iron Man o Thor, o la misma serie de Los Vengadores— acaba precipitadamente por el acuerdo que Marvel cerró con Jim Lee y Rob Liefeld según el cual ambos se harían cargo de varias colecciones con plenos poderes y en un universo aparte: fue el proyecto Heroes Reborn. Tras doce números de mierda pura, Marvel sorprendió a todo el mundo ofreciéndole de nuevo la serie a Waid, que sorprendiendo más aún, dijo que sí. Primero con Garney y enseguida con Andy Kubert, Waid desarrolla una etapa más larga y en general inferior, marcada por un carácter más superheroico de las historias, con el Capitán enfrentado a enemigos poco habituales en él —Pesadilla, el Rino, Klaw— y por la pérdida de su escudo de toda la vida.

Leída hoy, aquella primera etapa aún se mantiene como una lectura entretenida y muy bien narrada, pero queda claro que no es la obra maestra del género que muchos vieron entonces, sin duda por el tremendo contraste con las series contemporáneas. Pero sí es un cómic hecho con mucho oficio, basado en el ritmo frenético y en la acertada visión que del Capitán da Waid, insistiendo en su carácter de símbolo y en su inquebrantable fuerza de voluntad. Este Capitán alejado del boyscoutismo ingenuo —que en realidad ha sido más cosa de la imagen que los que no leen tebeos tienen de él que de las historias impresas— creo que influye mucho en la etapa de Ed Brubaker, aunque éste desarrolle mucho más al personaje y todo lo que conlleva a muchos niveles. De la misma forma, es mérito de Waid recuperar a Sharon Carter, antigua novia del Capitán que éste había dado por muerta, que regresa a su vida con una nueva actitud agresiva y cínica respecto a lo que el Capitán América representa —Waid jugará también a la tensión sexual no resuelta, dentro de los límites que permitía el Comics Code Authority—, y que también aparecerá en la actual etapa como uno de los personajes secundarios claves. En realidad, lo que diferencia a ambas versiones del personaje es principalmente una cosa: el atentado del 11S. Los cambios que produjo semejante impacto en la cultura americana se notaron especialmente, con toda lógica, en el devenir de la serie del Capitán, primero con una reaccionaria etapa en la que se le enfrentaba a terroristas islámicos y algo después ya con la de Brubaker.

Queda por tanto esta etapa de Waid a cierta distancia de las historias fundamentales del personaje, aunque tiene en su haber, sobre todo, recuperar al personaje, que entonces estaba a la deriva y al borde de la cancelación, y con él un tono puro de aventura, con tramas simples pero adictivas y personajes icónicos bien construidos y fieles a su pasado, sin caer en el excesivo referencialismo de otros guionistas. Los primeros números, la primera etapa con Ron Garney, acaba de ser reeditada por Panini: excelente ocasión por tanto para recuperarla.

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