Lapinot y las zanahorias de la Patagonia, de Lewis Trondheim.

Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

Lapinot y las zanahorias de la Patagonia es la primera obra del francés Lewis Trondheim, desde mi punto de vista uno de los mejores autores actuales de la BD, por lo que tenía muchas ganas de echarle el guante a este tebeo, hasta ahora inédito en España. Sus particulares circunstancias me llamaban mucho la atención pese a que, precisamente por ellas, ya sabía que con toda probablidad sería una obra fallida. No por ello, no obstante, carece de interés. Pero empecemos por el principio.

Trondheim, que nunca había hecho una obra larga, envidiando a algunos amigos suyos como Menu o Stanislas, se propuso aprender a hacerlas. Cogió quinientos folios y una pluma, trazó en todos ellos una plantilla rígida de tres por cuatro viñetas, y empezó. Sin ningún plan predefinido, sin argumento, sin tener ni idea de a dónde quería llegar. Simplemente por diversión y como aprendizaje. La trama se va construyendo sobre la marcha, en las minúsculas viñetas trazadas por el autor, desde la improvisación más absoluta. El tebeo se inicia en un momento al azar, como si la historia ya estuviera empezada, con un personaje zoomórfico, el conejo Lapinot —que tiempo después protagonizaría su propia serie— envuelto en una historia de aventura, persecuciones, objetos arcanos e intriga política que recuerda a Spirou o a las historias de Carl Banks o Floyd Gottfredson con el Pato Donald y Mickey Mouse respectivamente —de los que toma además el uso de animales antropomorfos—. Así, sin ninguna planificación, la historia se va embrollando cada vez más, en un contínuo “más difícil todavía”, un carrusel de situaciones y personajes inacabable con los que Trondheim va añadiendo naipes a un castillo tambaleante.

A partir del McGuffin que suponen las zanahorias de la Patagonia —unas hortalizas mágicas que dan el poder de volar— se desarrolla una trama demencial en la que a cada página se añade un nuevo vericueto inverosímil que nos lleva de un escenario a otro en una mezcla de géneros extraña y desconcertante, tanto como los personajes que se van amontonando a lo largo de las quinientas páginas del tomo —hasta prácticamente la última página se están presentando nuevos—. Como en la típica pesadilla recurrente o en una novela de Kafka, Lapinot intenta llegar a la embajada de la Patagonia en la Gran Ciudad, donde podrá conseguir las zanahorias, sin conseguirlo jamás. Siempre se interpone en su camino algún suceso, o una aventura en la que se ve obligado a participar por el bien mayor, o simplemente el azar.

Pese a que tal mezcolanza está destinada indefectible a no funcionar como historia desde el momento en el que surge de la improvisación, a partir del ecuador del volumen, cuando Trondheim ha encontrado una personalidad gráfica y a los personajes principales y parece que piensa con al menos unas pocas páginas de antelación y no de viñeta a viñeta, gana bastante. Con un ritmo frenético, los personajes van de un lugar a otro intentando evitar la destrucción del mundo por parte de oscuros personajes, y Lapinot se deja llevar hasta que se harta y en medio del follón final se marcha a la embajada, dispuesto a encontrarla de una vez sin que nada se lo impida. Quizás es lo mejor de todo el cómic: ese final en el que Lapinot se queda frente a la ansiada embajada, y tiene que decidir si ayuda a sus amigos a detener el fin del mundo o entra en la misma. Y entonces, fundido en negro. Perfecto. La historia no acaba, como no acababa El castillo de Kafka. No puede acabar es un laberinto interminable que cada vez se complica más. Cuando parece que la solución está cerca, aparece un nuevo problema que la aleja aún más. Por eso todo queda en suspenso cuando nos sorprende, a nosotros y a Trondheim, la página quinientos.

Pese a su interesante final, Lapinot y las zanahorias de la Patagonia es, me reafirmo en ello, un tebeo fallido. Es una historia sin estructura y sin coherencia. La trama no va a ningún lado, y para hacer una obra en la que eso suceda pero funcione, hay que ser muy bueno, y aquel Trondheim novato no lo era. Sin embargo, el interés de este tebeo es otro: supone una ocasión única de observar la evolución y el proceso de aprendizaje de un autor de cómic. Y no es poco. Dejemos a un lado la historia farragosa que, ciertamente, en algunos momentos empacha y aburre. Centrémonos en cómo evoluciona de viñeta en viñeta y a ojos vista el trazo de Trondheim, que empieza siendo grueso y tembloso y acaba ya muy parecido aunque al del Trondheim actual. En cómo va encontrando soluciones gráficas, cómo controla la iconicidad de sus personajes con caras animales, como practica tal o cual encuadre, cómo aprende qué debe contarse en las viñetas y qué sucede en las elipsis que las separan. Y también cómo va encontrando ese humor tan particular basado en las situaciones y en la lógica un tanto extraña de sus personajes. Por eso a pesar de que el resultado está muy lejos de sus mejores tebeos, es interesante hacer una lectura mínimamente analítica para ver cómo en sólo quinientas páginas un autor se hace a sí mismo y se prepara para acometer empresas mayores. Tal vez lo suyo habría sido escribir de nuevo Las zanahorias de la Patagonia y darle unidad y sentido una vez concluido este experimento, pero decidió no hacerlo y dejar la obra tal cual, para bien o para mal, y como experimento habría que valorarlo. Otra cuestión es si los experimentos se deben publicar, y si, cuando se hace, es justo no compararlos en igualdad de condiciones con obras maduras. Pero es, ya digo, otro debate.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s