Desproporción.

Ayer el mundillo de los tebeos en la red se convulsionó por la salida a la luz del hoy ya archifamoso artículo de Vicente Molina Foix. Sobre el mismo ya he dicho todo lo que tenía que decir en el anterior post, y no le veo sentido a decir nada más. Hoy, cuando Carlos Giménez ha sido candidato al premio Príncipe de Asturias, cuando la historieta se estudia en las universidades y es objeto de tesis y monografías —y espero que cada vez más—, Molina Foix me inspira la misma lástima que un adolescente que afirma con descaro que El Quijote o La Regenta son “un coñazo”, y aún más indiferencia. Al cómic no puede perjudicarle lo que diga, ni la literatura, a la que intenta defender, precisa de semejante paladín. Pero, de la misma manera, tampoco lo precisa el tebeo.

Y de eso es de lo que quiero hablar: de la exagerada y virulenta reacción de muchos de los aficionados al cómic que se mueven por internet y que se han movilizado ante el artículo de Molina Foix, y de la pregunta que me sugiere: ¿era necesaria? En serio, ¿qué se ha conseguido? Primero, dar más notoriedad al artículo de la que habría tenido si todos lo hubiéramos ignorado. Y segundo, ofrecer una imagen como colectivo sectaria, intransigente, y faltona. Los aficionados han asaltado en masa el blog de Molina Foix con afán revanchista, ejerciendo de troll, sacando el tema en posts que no tenían nada que ver, soltándole unas diatribas interminables que el aludido obviamente no va a leer, insultándolo, llamándolo “Señor Vicente Molina Foix” con retintín, y dándole lecciones de cultura escribiendo con faltas de ortografía. Incluso se ha creado un grupo de facebook con el tema. Y todo esto, ¿por qué?

Porque este señor opina de un medio que desconoce que es para niños y que no merece la consideración de arte ni ningún dinero público. Y ya está. ¿De verdad es para tanto? ¡Allá él! No dice nada que no nos hayan dicho mil veces a cualquier lector de tebeos padres, profesores y amigos. Y a ninguno, supongo, le han soltado estos hoolingans a la cara lo que se atreven a decirle a él por internet. Sí, Molina Foix dice lo que dice en términos ofensivos y provocadores, pero ni la mitad que lo es el tono que utilizan muchos nicks bien conocidos que se han rasgado las vestiduras con su artículo para referirse a cómics que no les gustan. Porque si algo sobra en el mundo virtual de los tebeos es incultos, maleducados y provocadores. Y todos lo sabemos perfectamente.

Y sin embargo, cuando ha saltado la liebre del ya no tan novísimo poeta, se ha tocado zafarrancho de combate y allí que se ha plantado todo aficionado al cómic, al grito de todos a una, a leerle la cartilla a este señor al que tratan de tú a tú. Se cae en la argumentación ad hominem y de repente todo el mundo ha leído a Molina Foix y lo considera un pésimo escritor, y le ataca porque sus películas están subvencionadas, como si alguno de los dos argumentos fueran de por sí válidos para desmontar el suyo. Y le recomiendan, para sacarle de su error, obras del tebeo, y de la animación, a la que también ataca, y le dicen, agárrense, que vea 300 y Sin City, que lea, entre otras, La Casta de los Metabarones y Gunm. ¡Gunm! Sólo falta que lleguen los fans de Bendis y le insten a Molina Foix a leerse Los Poderosos Vengadores.

Todo esto, al final, es simplemente ruido. Ruido que da una pobre impresión del aficionado a la historieta. Y viene motivado por algo que me temo aún sigue aquí, a estas alturas: se arrastra, queramos o no, el consabido complejo de inferioridad, que hace que ante el más mínimo ataque, se monte la de dios es cristo. A ver, es sencillo: supongamos que yo voy leyendo en el metro, pongamos por caso, Fortunata y Jacinta —que además es cierto—, y a mi lado va una tierna muchacha leyendo uno de los volúmenes de Crepúsculo. Y va la tierna muchacha y se burla de mí, me dice que la literatura que yo leo es malísima y aburrida y que mola mucho más lo que ella lee. ¿Qué hago yo? ¿Me levanto en medio del vagón, la insulto, le exijo que se retracte y a continuación le hago entrega de las que yo considero Obras Maestras Universales Inapelables para que se las lea? Pues evidentemente no. Todo lo más, le doy dos palmaditas en la cabeza y le digo que no pasa nada, que ya se le pasará la tontería. O no, qué más me da. Porque en el fondo es eso: nos debe dar igual. ¿Eres inculta? Pues peor para ti. Y ya está. Yo no puedo sentirme insultado o menospreciado por una opinión así. Jamás. Como si me viene alguien que flipa con, no sé, Dos colgaos mu fumaos, y me dice que El Padrino es un coñazo. No me interesa su opinión. No puede ofenderme. De la misma forma, lo que piense de los tebeos un inculto en los tebeos me da exactamente igual. Todo lo más enarco una ceja y pienso que qué pena, que un hombre supuestamente de la cultura sea tan reaccionario. Y a otra cosa. Pero el hecho de que entre el mundillo estén los ánimos tan soliviantados me demuestra que todavía escuece. Que hay necesidad de defenderse desproporcionadamente ante cualquier mínimo ataque. Y eso, que uno podría esperar de un otaku de quince años, ha sido lo habitual en este caso entre aficionados de todas las edades. Como decía Makinavaja: “huy lo que ma disho”. Y ya está el lío montado. A los tebeos ni tocarlos, faltaría.

Y a esto se le suma, inevitablemente, el problema sintomático de internet. Eso que es tan maravilloso, la capacidad de comunicarte con gente de todo el mundo y expresar tus ideas libremente, se convierte por obra y gracia de la corrección política en una tremenda falacia: todas las opiniones son igual de válidas. Pero no lo son. Porque Molina Foix será un indocumentado en esto de la historieta, pero que venga a leerle la cartilla todo el que ha leído por encima un tebeo, que todo el mundo se crea con derecho a darle su opinión, y a él en la obligación de escucharla, es absurdo. Voces autorizadas para rebatir la boutade del escritor hay muchísimas. Yo entiendo que los expertos del cómic o los autores que tengan tribuna pública la usen para contestar este artículo. Entiendo que Álvaro Pons, al que se alude veladamente en el mismo, replique. Entendería que algún otro escritor que fuera aficionado a los tebeos escribiera un artículo sobre el tema. Entiendo o entendería hasta cierto punto, porque en realidad no merece tanto esfuerzo. No es un escrito argumentado que trate de desechar al cómic como un arte desde un método riguroso; es simplemente una diatriba, una pataleta furibunda sin más objetivo que desahogarse. Y ante eso no cabe mucha argumentación. Lo que no tiene sentido es que todo el mundo se crea “voz autorizada”, y vaya a soltarle ladrillos de texto a Molina Foix, el chaval que sólo lee Naruto, o el fan de los superhéroes que lo más elevado a lo que llega es Sandman —y que conste que me encanta, me fascina, me apasiona Sandman— Además, ¿qué queremos demostrar? ¿Que la historieta sí es un arte? Pero si eso es obvio… ¿no?

Para mí lo es. Por eso no me enfado ni considero necesario argumentar o contestar. Es como intentar demostrar que el cielo es azul. Los que se enfadan tantísimo son los que deberían reflexionar acerca de si ellos sí lo consideran necesario. Y si la respuesta es que sí, tenemos un problema. Porque no deberían. Un medio se justifica y se defiende por sí mismo. No necesita, lo decía al principio, de paladines ni protectores, y mucho menos de según qué paladines y protectores, que caen precisamente en lo que critican de Molina Foix: incultura. Porque ésa es otra. No voy a entrar ya en los gustos o conocimientos literarios del lector medio, que hay de todo, pero simplemente viendo qué cómics son los que más se venden, asistiendo a las luchas intestinas que se libran a diario en foros y blogs, uno se da cuenta de que incultura, lamentablemente, no falta. Ya hablaba hace un tiempo de ese mal que es la endogamia y que es tan frecuente en el lector de tebeos, que hace de una afición una cuestión de militancia y orgullo equiparable al de los seguidores de un equipo de fútbol, y que no es otra cosa que friquismo. Por eso me parece tan risible que venga, es un suponer, un muchacho que abomina de cualquier cosa europea o independiente donde no aparezcan señores disfrazados, a llamar inculto a Molina Foix, cuya cultura, por cierto, en otras materias yo no despreciaría tan alegremente. Ni que, y también pasa, venga un lector de cómic que no coge un libro que no sea de alguna franquicia fantástica desde que acabó la enseñanza obligatoria y se vanaglorie de lo mucho que lee y de lo culto que le han vuelto los tebeos. Son, ya lo sé, casos extremos. No es bueno generalizar: de todo hay, y lo sabemos. Hay gente cultísima que lee tebeos. Pero también gente cultísima que no los lee. Y a todos aquellos que se han liado a masacrar a Molina Foix y a recomendarle de todo, me permito yo hacerles otra recomendación: si tanto amáis el cómic, pasad de este señor y preocupaos de leer más tebeos, de conocer el medio y aprender sobre él. Porque el movimiento se demuestra andando.

Todo lo demás, es, como reza el título, una desproporción. Un señor escribe un pequeño artículo de opinión tremendamente desafortunado, y el mundillo entero se moviliza contra él. Empiezan a surgir como setas las cartas abiertas, la gente se vuelve loca y durante días, durante mucho más tiempo del que Molina Foix empleó para meditar sobre el tema de su artículo, hablamos y hablamos sobre algo que, simplemente, carece de cualquier importancia. Y por tanto habría que dejarlo pasar sin más. A mí no me ofende, ni me preocupa. No considero que pueda hacer daño al cómic un señor que compara Mortadelo y Filemón con Buñuel —¿no hablábamos de literatura, por cierto?—. Lo que me preocupa, lo que creo que puede hacer mucho más daño que la pataleta de Molina Foix, es la actitud mayoritaria que he visto en la red desde ayer. Y por eso he escrito este artículo. Nunca me ha gustado el gregarismo. Nunca me he considerado parte de nada por leer tebeos. Eso que se llama fandom me produce algo de dentera. Soy un tipo que lee, entre otras cosas, cómics. Buenos y malos. Y punto. Allá cada cual si necesita además la sensación de pertenecia a un grupo cuando lee; no tiene nada de malo. Pero cuando el grupo se convierte en turba y el derecho a réplica se convierte en linchamiento, algo está fallando. Y la imagen que se da, de verdad, es terrible. Irreflexiva, intransigente y ridícula.

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