300, Frank Miller y Lynn Varley.

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Yo soy de los que piensan que Frank Miller hace mucho tiempo que perdió el norte, que se convirtió, por medio de una reductio ad absurdum, en una parodia de sí mismo, incapaz de hacer algo más que gamberradas epatantes. Por otra parte, sin negarle la evidente importancia e influencia que ha tenido en el cómic americano, tampoco considero que haya hecho demasiadas obras incuestionables. Con diferencia, lo que más me gusta de él es su etapa en Daredevil, donde hacía avanzar género y medio por igual en cada uno de sus tebeos, coronados por esa obra maestra que es el Born Again. Dark Knight Returns me parece un tebeo excelente, sí, pero también muy sobrevalorado. Año Cero me gusta más aún. Pero en cambio, Ronin me parece un batiburrillo de los mangas favoritos de Miller incomprensible y fallido en todo salvo en lo gráfico. Sin City, una colección de historias repetitivas y simplísimas que bajo la apariencia de un sofisticado género negro esconde lo que no son sino historias de superhéroes. DK2 es, directamente, una broma de mal gusto.

El último tebeo de Miller que me pareció bueno fue, por si no se ha adivinado todavía, 300. En él, a partir de un hecho histórico, la batalla de las Termópilas, el autor construye una fantasía de poder y de rebelión ante el mismo: ni más ni menos que lo ha hecho ya cien veces. En la figura de Leónidas, que podría ser cualquiera de sus antihéroes de la ciudad del pecado, o el Batman crepuscular de Dark Knight Returns, recrea una vez a su arquetipo más recurrente: el último hombre bueno, el último íntegro en un mundo corrupto y despreciable, que impondrá por la fuerza una moralidad que las leyes de su sociedad ya no contemplan. En este caso, además, no está solo: todo el pueblo de Esparta comparte como protagonista colectivo ese papel.

Creo también que se han hecho en ocasiones lecturas equivocadas de este cómic. Se ha criticado su falta de rigor histórico —cosa que es cierta: se puede escribir un libro tochísimo con las inexactitudes de 300—, pero es que no pretende ser un tebeo histórico ni ofrecer veracidad. También se ha acusado a Miller de fascismo, por glorificar la violencia y la fuerza como único argumento para esgrimir el poder. Pero francamente, si eso es apología del fascismo, entonces debemos desestimar prácticamente toda la fantasía heroica y buena parte del tebeo de superhéroes.

No, seamos lógicos. 300 no tiene tanta profundidad. Y si la tiene, es preferible no explorarla. Es un divertimento, una historia épica de la que hacer una lectura política o moral no tiene demasiado sentido. Me recuerda en esto a The Ultimates de Mark Millar y Bryan Hitch; si a este tipo de cómics pretendemos aplicarles las mismas herramientas analíticas que a Watchmen, apaga y vámonos. Si lo hacemos, claro que puede hacerse una lectura en clave política de 300. En ella, por medio de la voz del narrador en primera persona, Leónidas, se desprecia a políticos y sacerdotes, se les considera decadentes y corruptos, a favor de la moral castrense y la glorificación del soldado. Ellos encarnan todas las virtudes. La virtud moral, por cierto, se identifica totalmente con la física. Los espartanos son perfectos; sus enemigos, deformes. El traidor a Esparta Efialtes es un monstruo.

Pero ya digo, prefiero evitar semejantes análisis. Creo que están lejos de la intención de Miller, que simplemente presenta una ficción, puro entretenimiento que a ratos es emocionantes y a otros visualmente muy sugerente, aderezado con unas cuantas sentencias epatantes. Su Leónidas es un héroe arquetípico, no un hombre. Es un icono, como el resto, condición esta remarcada por el trabajo gráfico del autor, quizás de los mejores de su carrera. Su trazo sigue siendo feísta y aparentemente descuidado, pero consigue con sus cuerpos estilizados y angulosos reforzar esa condición de icono. Cuando uno ve esas viñetas de los espartanos cargando, a pesar de lo poco ortodoxo del dibujo para el género, percibe perfectamente la fuerza que el trazo enérgico de Miller —que está muy lejos de ser un buen dibujante— les proporciona. Perro viejo, sabe perfectamente cómo ocultar sus defectos y potenciar sus virtudes. Pero al margen de eso, 300 destaca por su impecable y tremenda narrativa. Miller arriesga con la composición en cada página y siempre sale airoso, y consigue además algunas ciertamente brillantes —hacia el final, aquéllas con la “cámara” subjetiva desde el punto de vista de los ojos de Leónidas, a través de su casco—. Esas enormes viñetas y el formato apaisado y gigante del tebeo se alían con uno de los mejores colores que he visto en un cómic americano. Aplicado por Lynn Varley a mano, se basa en una paleta de colores tierra sólo rota por las rotundas y planas capas rojas de los espartanos, y recrea un ambiente oscuro y claustrofóbico perfecto para el episodio de las Termópilas. Los cielos plomizos son espectaculares, los contrastes de sombras y luces, perfectos. Sin ese color el resultado final habría sido totalmente distinto, y por extensión, el propio cómic.

Un tebeo por tanto muy entretenido, pero nada más —y nada menos—. Es épica en estado puro, simplemente, con un tono totalmente milleriano marcado por el acertado narrador en primera persona. Si se intenta ver como algo más que una diversión y un deleite visual, es cuando empezaremos a liarnos. Mejor no meternos en camisa de once varas. La película, por cierto, si bien en algunos aspectos traslada fielmente el espíritu del cómic, falla en lo esencial, al intentar humanizar a unos personajes que en tanto en cuanto son arquetipos no necesitan ni aceptan dicha humanización. De la misma forma, el tono sobrio y estoico de los espartanos, que hablan sin alterarse y sin levantar la voz, se convierte en ella en una sobreactuada y teatral declamación contínua, buscando un efectivismo barato algo vergonzante —compárese en la famosa escena del pozo y el mensajero el escueto “Esparta” que le suelta Leónidas al incauto con la flipada lamentable de “¡¡¡Esto!!! ¡¡¡Es!!! ¡¡¡Espartaaaaa!!!”—. Eso sí, al “visionario” de Zack Snyder le quedó un vídeo clip muy bonito, aunque pelo largo. Y se lo tuvo que pasar genial con tanto jugar con el botoncito de la cámara rápida y la cámara lenta.

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