Voyager, de Mike Oldfield.

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Tras The Songs of Distant Earth, Mike Oldfield mantuvo silencio durante dos años en los que, entre otros cambios en su vida privada, se va a mudar a Ibiza, atraído primero por su tranquilidad y entorno natural, pese a que con el tiempo caería en los excesos de la noche ibicenca. Será en 1996 cuando rompa ese silencio y salga al mercado Voyager. Es quizás uno de los álbumes más tibios de Oldfield, uno de los que más pasan desapercibidos para bien y para mal: ni tiene grandes defensores ni detractores a ultranza. Esa indiferencia que provoca en el oyente es quizás la misma con la que se intuye que el músico acometió su composición. A instancias, tal vez, de Warner, Oldfield arrima el ascua a la sardina de la música “celta” más light y comercial, la más cercana a la new age que entonces estaba en su punto más alto de popularidad y auguraba por tanto un negocio seguro. Así, de la misma manera en que a finales de los ochenta se le intentó convertir en un músico pop, ahora se le pretende vender como un hacedor de música “espiritual”, de ésa que sana el alma y que se vende en estanterías junto a los sonidos de la selva amazónica y los cantos de las ballenas, ésa que sirve para practicar Tai-chi —disciplina que entonces, y no es casualidad, el mismo Oldfield practicaba—. Una música que, ironía, no deja de ser él último y más pobre fruto del rock instrumental que Oldfield y otros llevaron a lo más alto en los setenta.

Todo esto es, en realidad, un poco exagerado. Es evidente que incluso entonces, cuando a Oldfield se le apreciaban ya los signos del cansancio y la falta de ideas que hoy lo mantiene retirado, al músico le bastaba y le sobraba para sobrepasar en calidad a la gran mayoría de esa new age comercial —otra cuestión es que a ciertos compositores muy solventes se les haya incluido en esa marca comercial sin ningún argumento musical—. Y sin embargo, Voyager, no termina de funcionar. Principalmente, porque parte de un error de base: el folk debe escucharse en directo, o, en su defecto debe grabarse como si lo fuera. Al folk auténtico no le sienta nada bien el sonido perfecto y sintético que Oldfield consigue en su estudio; lo que necesita es frescura, espontaneidad, el crujir de las cuerdas, la respiración de los flautistas, la percusión viva y enérgica. Cuanto más proceses ese sonido, más desalmado sonará. Y si el folk no conmueve, si no te llega, si no suena como si una banda estuviera tocando junto a ti, no tiene ningún sentido.

El resultado de esa idea a mi parecer errada es un disco que la mayor parte del tiempo aburre. es monótono e insulso, no tiene apenas altibajos, no provoca las emociones que provoca la buena música tradicional. Es lento durante demasiado tiempo, moroso, impersonal. A pesar de contar con la colaboración de buenos músicos —por ejemplo Matt Molloy, de The Chieftains— no parece aprovechar esa circunstancia y darles suficiente espacio para lucirse. Sus guitarras siguen asentándose en el nuevo sonido Oldfield, más plano y lento, y la percusión sintética, si ya era incómoda en TSODE, en Voyager está completamente fuera de lugar. Y eso que el propio Oldfield se apañaba perfectamente con instrumentos tradicionales como el bazuki, y en caso de que no quisiera, podría haber contratado a cualquiera de los excelentes percusionistas que tenía entonces la escena folk. Pero por algún motivo, probablemente la comodidad e inmediatez que proporciona el software, Oldfield arrinconó la percusión real, e igualmente usó otros instrumentos más puntuales en su versión sintetizada, además de no darse cuenta de cuánto habrían ganado ciertos temas si los hubiera hecho plenamente acústicos.

Los temas que versionan canciones tradicionales son los que más flojean precisamente porque son en los que más se notan estos defectos. Son versiones además que no aportan nada, que no mejoran en nada a las cientos de versiones que se han hecho antes. Ni siquiera tienen el aliciente de escuchar cómo suenan pasadas por la batidora Oldfield, porque son tan impersonales, parecen hechas tan por compromiso, que el toque propio de su música es practicamente inexistente. She Moves Through the Fair es floja, cargada con una atmósfera de sintetizador que le sienta como a un santo dos pistolas y que hace que te entren unas ganas terribles de escuchar cualquier otra versión de las muchas y buenas que por ahí pululan. Flowers of the Forest está menos manida y por ello entra mejor, pero la percusión machacona y mecánica arruina el tema, al igual que esas gaitas que suenan flojas, sin garra, y el piano completamente fuera de lugar. Women of Ireland y The Hero son mejores, pero en el fondo igualmente prescindibles, y eleva un poco la media Dark Island¸cuya sección final me transmite más sensaciones y más dinamismo típicamente folk, más vida, que todos los demás temas de Voyager salvo uno: Mont St. Michel. El último corte del álbum supone su mejor pieza con diferencia, y posiblemente ni siquiera ha sido superada desde entonces en su discografía. Se trata de un tema medianamente largo —doce minutos—, en los que Oldfield se aleja de la falseada influencia folk y se acerca a la música sinfónica. Desde la primera audición es evidente que es el único tema en el que el músico de verdad ha invertido esfuerzo y tiempo, y los resultados son abrumadoramente superiores al resto. Destaca el estallido orquestal dirigido por Robert Smith, realmente épico, un clímax bien construido para un tema que sabe estar a la altura del pasado de su creador.

De entre el resto de los temas destacaré The Song of the Sun, versión de O Son do Ar de Luar Na Lubre, que pese a ser inferior a la original —probablemente el mejor tema de la formación gallega— y estar lastrado por la premisa de todo el disco y su sonido artificioso, encierra mucho trabajo y se sustenta por la acertada combinación de instrumentos. Los demás son muy irregulares y pasan desapercibidos; pueden servir de música ambiental, son agradables si uno no se obsesiona con la percusión, pero a Oldfield se le debe exigir más. Por destacar alguno, siempre me gustó el tono melancólico de la guitarra de Wild Goose Flaps is Wings, pero por criterios meramente subjetivos.

En conjunto, por tanto, estamos ante un disco gris e insípido, del que sólo se salva verdaderamente y con nota Mont St. Michel. La base de la que parte su sonido está terriblemente equivocada, y contrasta poderosamente con los guiños y las incursiones folk de su música en los setenta, harto mejores y más auténticas, con las que se demostró que es posible capturar el espíritu de la música tradicional y aplicarle los elementos típicos de la música de Mike Oldfield con resultados óptimos.

Y más allá de eso, Voyager fue la constatación de que ya no había marcha atrás. El viaje hasta la autocomplacencia se había completado. Aislado, con colaboraciones de otros músicos que son simples anécdotas, sin escuchar otra música y sin estar en contacto con músicos, Oldfield pierde el norte y las referencias, deja de exigirse a sí mismo, y ya no sabe qué está a la altura y qué no. Sin nadie a su alrededor para picarle, para estimularle y hacerle trabajar para mejorar, se amodorra, y pare una música perezosa y simple que, como no la confronta con nada, le parece excelente. Es mi teoría: prefiero pensar eso, me es menos doloroso, que afrontar la otra opción: que sea totalmente consciente de que lo que hace desde entonces es flojísimo… y le dé exactamente igual.

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