Zot!, de Scott McCloud.

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La primera vez que leí Entender el cómic, el año pasado, quedé absolutamente arrebatado. La obra de Scott McCloud consiguió accionarme algo en la cabeza, me abrió la puerta a un nuevo nivel de análisis del medio y sus posibilidades. Durante meses, me era imposible leer un tebeo sin aplicarle las categorías de McCloud, sin diseccionarlo y verle las entrañas. Luego la cosa se mitiga, y uno puede volver a disfrutar de las historias que se cuentan, y no sólo de cómo se cuentan. Pero siempre queda un poso, un sustrato de análisis formal que siempre aplicaré. No creo, por ejemplo, que hubiera disfrutado tanto de la lectura de la obra de Chris Ware si previamente no hubiese caído en mis manos la de McCloud. Desde entonces Entender el cómic ha sido uno de mis tebeos de cabecera, y por tanto, es obvio que desde que se anunció la publicación de su Zot! por parte de Astiberri la he esperado con muchas ganas, aunque, también, con cierto miedo, porque no sabía en realidad qué iba a encontrarme. Ahora, con los dos volúmenes recién leídos, puedo decir que ha sido una lectura ante todo sorprendente.

McCloud empezó con Zot! a principios de los ochenta, luchando por abrirse hueco en un mercado americano que entonces, como hoy, estaba dominado por los superhéroes de las dos majors. Contando las historias de su particular héroe, McCloud pretendió ofrecer una alternativa a los superhéroes convencionales desde una óptica retro, con historias engañosamente ingenuas acerca de un héroe adolescente de ideales claros y puros, influidas, en una época en la que ningún cómic estadounidense lo estaba, por el manga y sus técnicas narrativas. Parece que por deseo expreso del propio McCloud Astiberri obvia la primera etapa de la serie, en color, y se centra en la posterior, en blanco y negro. Y la verdad es que, a pesar de sus defectos, es una serie que consigue lo que se propone plenamente: recuperar el sentido de la maravilla que antes inundaba los comic-books, hacer que volviéramos a leer un tebeo como si fuéramos niños. Al menos al principio. El hecho de que falte información contenida en la etapa previa y que la historia esté ya empezada no hace sino acentuar esa sensación, obligando al lector a recuperar el placer infantil que suponía rellenar huecos, imaginar qué había pasado allí donde no había esa información. De inmediato nos vamos familiarizando con el elenco de personajes, con el mundo de Zot, una utopía científica detenida en el tiempo, y con los suburbios de Nueva Inglaterra donde viven Jenny Weaver, novia de Zot, y sus amigos.

Contadas con la claridad y perfección formal que caben esperar de un hombre que iba a escribir Entender el cómic unos años más tarde, las historias de Zot de corte superheroico juegan con la mencionada ingenuidad falsa que se les presupone para abordar temas más controvertidos, para dar pasos, aunque sean tímidos, en la madurez del género. La ausencia de buenos y malos claros, más allá del propio Zot —que también se equivoca—, los motivos de los “villanos”, la naturaleza de las guerras… Son elementos que están presentes en unas aventuras que bajo la pátina de la intrascendencia ocultan la reflexión de un autor inteligente y con ideas propias. Quizás el punto débil sea el dibujo de McCloud —que no la narración gráfica—, con el que él mismo es bastante crítico y obsesivo en los comentarios de cada capítulo, algo digno de elogio en una profesión en la que predomina el divismo y la autocomplacencia. Él reconoce que no es un buen dibujante figurativo y que la figura y expresiones humanas se le dan mal, a pesar de que su mejora a lo largo de la serie es obvia.

El propio McCloud era consciente de las limitaciones del género y poco a poco hace que la balanza que había mantenido equilibrada entre los superhéroes y el slice of life se decante a favor de éste último. De la misma manera, Zot, siempre puro, siempre franco y alegre, debe enfrentarse al fracaso que supone la muerte de una protegida, así como al hecho de que, en “nuestro” mundo, él no puede marcar diferencia alguna.

Por eso los nueve últimos de la serie son indudablemente los mejores de la misma. En una jugada maestra, McCloud hace que Zot quede atrapado en el mundo de Jenny, y eso le permite que de golpe la serie se convierta en algo completamente diferente. Nada de peleas, nada de aventuras. Zot es relegado a un papel secundario, y las historias se centran en el grupo de amigos de Jenny y sus problemas. Lejos de limitarse a la simple y llana cotidianidad, el autor se mueve como pez en el agua entre unos personajes perfectamente definidos y reales, que hablan con una naturalidad y una desenvoltura realmente difíciles de leer en los tebeos americanos, y aborda temas igualmente excepcionales. A través del uso del narrador en primera persona, asistimos a las vivencias de todos los personajes: un día en la vida de Jenny, atrapada en su propio mundo, al que ha llegado a odiar; los intentos de Zot por “luchar contra el mal”, abordados de una manera inteligentísima; los amoríos, las tentativas sexuales y los juegueteos naturales en un grupo de adolescentes. Destacan por méritos propios Normal, un acercamiento maduro, valiente y realista a la homosexualidad femenina, con un final simplemente espectacular, y La conversación, una ídem de Zot y Jenny en torno al sexo que uno no puede dejar de releer una y otra vez, por natural, por estar desprovista de cualquier morbo, por lo bien que plasma los reparos propios de una chica educada en los valores en los que ha sido educada Jenny y por la timidez con la que Zot, el cándido héroe fuera de sitio, le señala a su chica que le ponen sus tetas, con total naturalidad y sin un atisbo de la sordidez que la recatada sociedad norteamericana suele asociar siempre al sexo.

Quizás sin pretenderlo, a través de los años y de su proceso de aprendizaje —que es en gran medida uno de los mayores atractivos de este tebeo— McCloud torna una vuelta a los orígenes del género en una deconstrucción del mismo, anulando el papel del ser superpoderoso en el devenir de la historia y reduciendo la acción a su mínima expresión en favor del desarrollo de personajes. Y sin embargo, nunca cae en el cinismo o en la agresividad en la que cayeron otros. El final de la serie es todo lo contrario: Jenny, después de que Zot fuera herido por la policía del mundo “real”, está decidida a abandonarlo y a marcharse con su novio a su mundo ideal para siempre. Zot le asegura que si ella hace eso, él no se moverá del suyo. Jenny se enfada, grita, llora, le dice que cómo puede no abandonar ese mundo desalmado y gris a su suerte. Que ya está condenado, que no puede hacer nada. Zot, en uno de los montajes de viñeta más brillantes de la serie, permanece callado, y por única respuesta tenemos su cara, llena de franqueza, de sinceridad y de esperanza, con una mirada cargada de significado: él nunca abandonará. Y por eso es un héroe.

A pesar de que me quedo con el McCloud teórico, ha sido un auténtico placer leer Zot! Abanderada del movimiento independiente de los ochenta, admirada por muchos autores posteriores, la serie abrió caminos hasta entonces insospechados, como pudo hacerlo de otra forma el Cerebus de Dave Sim, o, unos años después, series como Bone y Strangers in Paradise. Un tebeo entretenido con picos de calidad interesantes y momentos brillantes, que ahonda en la vieja idea, con la que comulgo plenamente, de que la ficción —simbolizada por el mundo natal de Zot— no debe jamás ser mero escapismo y negación. Una pena que McCloud parara en el mejor momento, y que no ofreciera, probablemente constreñido en parte por el formato comic-book, mayor complejidad y profundidad en el tratamiento de unos temas que daban, quizás, para más. Aún así, son un puñado de tebeos fantásticos. Una de las mejores noticias del año 2009, sin duda alguna, y que debemos, una vez más, a una editorial de las “pequeñas”.

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