Cambiar o morir.

Tenía el día yo un poco tonto, y ha venido este artículo que acabo de leer a alegrármelo, aunque sea por las risas que me he echado. Por partes.

El artículo sobre las encuestas que se han llevado a cabo en la feria de Frankfurt —la más importante de Europa, probablemente— deja claro que lo que llevo esperando y augurando desde hace tiempo está muy cerca de ser una realidad: se calcula que para 2018 el volumen de negocio del libro electrónico ya será superior al del libro físico. Para dentro de dos años, se habla de un 25% del pastel. Muy pronto las editoriales se encontrarán en la misma situación que afrontan hoy las discográficas, y eso es una indiscutible buena noticia. Porque con el libro electrónico, se les acabará el negocio, y con él, la sistemática explotación que hacen de los autores, los contratos draconianos, las condiciones feudales, el absoluto desprecio por la obra como tal.

Esto es imparable. Por mucho que haya gente que se aferre al romanticismo de la letra impresa, al tacto del papel, al olor del libro al abrirlo, desengañémonos: cuando uno pueda leer gratis, se acabó el romanticismo. Yo soy el primero al que le encanta el papel, pero hay que ser realistas. También se hablaba de la calidad del vinilo, del ritual de pincharlo, etc., y ahora es un objeto de coleccionismo, como lo será el libro en el año 2020 a más tardar. Y esto es bueno, se mire por donde se mire. Es bueno porque acaba con una situación injusta, y es bueno, sobre todo, porque se dejará de necesitar celulosa y se dejará de contaminar incinerando los ejemplares sobrantes de las tiradas desproporcionadas a sabiendas que hacen las editoriales, al menos aquí en España.

Los editores tienen aún la posibilidad de subirse al carro, de cambiar su modelo de negocio y aprovechar también el libro electrónico. Tienen ahí el ejemplo de lo rematadamente mal que lo están haciendo las discográficas, que han perdido la batalla hace ya tiempo y están abocadas a desaparecer tarde o temprano. Pero, comportándose como los dinosaurios torpes que son, parece que están siguiendo el caminito de sus colegas punto por punto. Ya deberían estar haciendo intentos, al menos, experimentos con el invento a ver por dónde pueden ir los tiros. Pero, de nuevo hablando de España, no se ve prácticamente nada. El editor español sigue pensando que esto es una cosa de ciencia ficción, que no es una amenaza seria y que no va a darle dinero. Pronto esto cambiará, y empezarán a verlo como el enemigo, igual que la industria de la música consideró las descargas como algo a erradicar. Uno no puede evitar pensar que los intentos de ésta por aprovechar internet en su beneficio eran poco sinceros, y parecían más bien maniobras para convencer a la gente de que deje de darles dinero. Sólo así se explica que pretendan vender por precios sólo ligeramente inferiores al CD discos en un formato con pérdida de calidad como es el mp3 y encima con mil y una trabas a la hora de copiarlo o reproducirlo en otros aparatos. Es decir, por casi el mismo precio, compre el mismo producto con peor sonido, sin libreto, sin caja, con más problemas para reproducirlo, y encima nosotros nos ahorramos transporte, producción y demás. Plas, plas, plas. Ah, y ni se te ocurra descargarlo “ilegalmente” porque entonces eres peor que Hitler. Éste es el uso a destiempo que una industria moribunda pretende hacer de internet. No funciona, evidentemente. No hace falta ser muy listo para darse cuenta.

Los editores quieren ir, demostrando su gran olfato para los negocios, justo por ahí. Según el artículo, un 15% de los encuestados piensan que el libro electrónico debería valer lo mismo que en papel. Un 4% piensa que debería valer más. De lo cual se deduce que un 19% de los editores encuestados son bobos. O piensa que lo somos los demás. Claro que sí, yo te pago lo mismo o más por el mismo contenido, y tú te ahorras transporte, impresión y porcentaje del librero. Y luego te doy el número secreto de mi tarjeta de crédito para que ya de paso te sirvas tú mismo. Tal parece que en realidad lo que quieren es acabar con esto antes de que empiece. Que la gente vea esos precios y diga “bah, para eso me lo compro en papel” y así el chiringuito no se les cae, ni a ellos, ni a las imprentas, ni al resto de sectores implicados en la realización de un libro. No cuentan, claro, con lo que ya es una realidad en la red: que yo me puedo bajar en PDF el libro que me dé la gana. ¿Ilegal? Aquí no. Pero aunque lo fuera. Es, como pasa con la música, intentar ponerle puertas al campo. Es absurdo pretender luchar contra las descargas gratuitas desde una posición inmovilista que apela a la tradición y a los buenos sentimientos del comprador, a la vez que se le llama delincuente sin ningún miramiento. Porque a lo mejor el robo es vender un CD de música a dieciocho euros.

Volvamos a la industria del libro. Hay editores más realistas que hablan, según el artículo, de un 10, un 20 y hasta un 30% de descuento en el libro electrónico con respeto al físico. Me parece, aún, insuficiente. Calculemos cuánto se ahorra una editorial vendiendo en la red, y descontemos esa cantidad al precio del producto. Y al resultado, descontémosle algo más, si es que se quiere competir con el hecho de que se puede encontrar el mismo contenido totalmente gratis. Y es que realmente, si lo pensamos lógicamente, ¿cuánto cuesta publicar un libro en formato electrónico? Porque mientras que una discográfica aunque no fabrique el soporte físico aún tendrá que pagar la producción del álbum, el mundo editorial funciona de tal manera que la inversión en este nuevo modelo sería cercana a cero. En España, un señor escritor escribe una novela y la envía a editoriales. La mayoría la tira a la basura —y encima la exige en papel; ¿ven como son dinosaurios?—, pero si tiene suerte o padrino, o ambas cosas, puede llegar a publicar. ¿Qué le cuesta por tanto la producción del texto a la editorial? Cero. Y si no lo imprime y no lo distribuye, ¿qué gastos va a tener? La maquetación, que se paga una sola vez o la realiza una persona que tiene su sueldo mensual, la corrección, cada vez en menos casos, que suele hacerla un freelance y está mal pagada, y el porcentaje del autor, que como es sobre ejemplar vendido, nunca supone una inversión previa por parte del editor. Y, claro está, la publicidad. Que en España, en la inmensa mayoría de los casos, es inexistente.

Es evidente a qué responde el precio que quieren imponer. Es la idea preconcebida de que una descarga es un libro en papel menos que van a vender, y por tanto deben ingresar la misma cantidad que ingresarían por ese libro o una muy cercana. Pero eso no es lo que yo entiendo por adaptarse a un nuevo modelo de negocio. Es evidente que cuando comience a imponerse el electrónico, se deberán ir tirando paulatinamente menos ejemplares en papel. No se trata de compensar las pérdidas de las tiradas invendidas con los ingresos por las descargas: ésta es la clave. Esto es pensar aún en el modelo de negocio actual y no en el próximo. Las editoriales deberían centrarse YA en idear un sistema cabal, realista y justo con autor y lector de explotación del libro electrónico. El tren no pasa dos veces. Aún están a tiempo; lo mismo dentro de dos años no, y les vemos llorando por las esquinas, clamando que las descargas de libros son una aberración, y que suponen la muerte de la cultura. Y lo dirán, irónicamente, empresarios en cuyo vocabulario no caben las palabras cultura o literatura, a los que, a la hora de valorar si publican o no una obra, su calidad artística les da igual. Ellos hablan de productos y de mercado, y nada más. Por eso la literatura no se resentirá si el día de mañana desaparecen. Al contrario: el lector, el verdadero lector, no el comprador de bestsellers, se fijará en ciertas obras que ahora no ven a luz o lo hacen desde la autoedición porque los cerrados de mente que están al frente de las editoriales consideran que no son comerciales. Como le pasó, y admito que es demagogia baratísima, a Gabriel García Márquez con Cien años de soledad. ¿Que al no haber filtro saldrá a la luz mucha más mierda? Más de la que sale ahora, difícil.

Las oportunidades de negocio de las editoriales pasan, desde mi punto de vista, bien por vender los libros individualmente a precios realistas, bien por establecer tarifas planas para acceder a un fondo editorial. En el primer caso, el precio cobrado por un archivo PDF jamás debería ser superior a tres euros. Son casi tres euros de ganancias brutas para la editorial, así que no es poco. Y por supuesto, bajarse un libro de forma legal no debería ser nunca un quebradero de cabeza, como sucede con la música. Nada de claves, nada de bloqueos para impedir que el archivo se duplique o se abra en aparatos diferentes, nada de problemas de incompatibilidades. Se trata de hacerle al consumidor las cosas más fáciles, no más difíciles. Si le complicas la vida, obviamente se harta y se lo descarga gratis, y fin de la historia. Si se opta por la tarifa plana, opción que yo considero más lógica, los precios deberían rondar los diez euros mensuales, sin límites de descarga. Para ello, es evidente que las editoriales deberían agruparse, porque de nuevo, el lector busca un título, no una editorial, y tampoco va a pagar las tarifas planas de treinta editoriales distintas. Pero si uno puede acceder a un enorme portal con los fondos de multitud de editoriales, la cosa puede cambiar. Podría incluso establecerse un sistema mixto: pagas por un libro o dos o, si eres un lector rápido, te compensa la tarifa plana y la pagas. ¿Cómo evitar que el lector se descargue todos los libros el primer mes y se dé de baja? Es difícil. En primer lugar, ofreciendo novedades atractivas. Y quizás podría hacerse que el archivo descargado tuviera una vida útil de seis meses, por ejemplo, y después se borrara. Esto ya sería complicarle la vida al lector, pero podría compensar a muchos, si se hace bien.

Los editores, como antes los magnates discográficos, deben asumir que se han acabado las vacas gordas. Van a dejar de tener la sartén por el mango: ahora somos los consumidores los que tenemos una posición de poder. Porque, legalmente o no, podemos obtener lo que ellos ofrecen completamente gratis. Así que si quieren que paguemos, tienen que ofrecer algo que lo merezca. Yo estoy dispuesto a pagar, pero de una manera racional. Tienen una oportunidad única: su negocio va a reducir brutalmente los gastos, por lo que, si no son codiciosos, pueden mantener unos ingresos suficientes. Si pretenden seguir cobrando lo mismo o sólo un poco menos por el mismo contenido, se hundirán. Pero lo hagan o no, creo que son los autores los que más ganan con esto. En poco tiempo el editor desaparecerá como intermediario imprescindible para sacar una novela a la luz, y por tanto el autor ya no tendrá que plegarse a sus caprichos y hacer publicidad aunque no quiera, modificar su texto o quitarle páginas. Nada impedirá al autor consagrado vender él mismo su texto en formato electrónico directamente. Imaginemos que Stephen King decide pasar de editoriales y su próxima novela la vende él en su página web a dos euros. Se forra —más aún—. El autor desconocido lo tendrá más difícil, ¡pero es que ahora también lo tiene! Además, si desaparecen las editoriales en papel, el lector prestará más atención a portales de descarga que alojen obras nuevas y será posible que la gente se haga un nombre.

Ellos verán. De momento lo que veo es mucha pereza e iniciativas tan ingenuas e irreales como las que se explican en el artículo de El País. Allá ellos. El libro electrónico está aquí, y no es una moda. Es el futuro, y antes de que parpadeemos, el presente. En cuanto los lectores dejen de valer trescientos euros y cuesten sesenta, se acabó. Para entonces, más les vale tener una alternativa seria y realista más allá del pataleo que ahora se prevee.

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