George Sprott 1894-1975, de Seth.

Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

Antes de nada, y para que quede claro: George Sprott 1894-1975 es un tebeo BRILLANTE. A partir de ahí, hablemos.

Seth es uno de mis autores de cabecera. En su momento, la lectura de La vida está bien si no te rindes —para mí siempre será ésa la traducción canónica, la de la edición, pésima, de La Factoría de Ideas, a pesar de que la posterior de Sins Entido sea más acertada— supuso junto a la de otro puñado de obras darme cuenta de que el cómic podía ser y era mucho más que los superhéroes disfrazados. Es comprensible que a aquel tebeo y a su autor me ate una relación que va más allá de lo puramente intelectual. Por ello, esperaba con muchísimas ganas y la confianza total en que no me defraudaría la nueva obra de un autor poco prolífico pero siempre acertado.

Y el veredicto es impecable. George Sprott es un cómic de los que, nada más terminar de leerlos, sabes que son automáticamente historia del medio. Muy influido, sobre todo formamente, por la obra de Chris Ware, es probablemente la primera muestra de los nuevos caminos que el autor del Catálogo de novedades ACME abrió para toda una serie de autores independientes a los que ha marcado profundamente. Es inevitable pensar en ello al ver las pequeñas viñetas de George Sprott, el cuidado en la composición de las páginas, la manera de jugar con el ritmo y con la transición entre viñetas. Pero cuidado, porque no estamos ante un mero imitador cualquiera. Seth es un autor que hace muchos años que goza de una voz propia inconfundible y personalísima, y que tiene ideas y emociones que transmitir, y su propia forma de hacerlo. Aquellos que como yo estén enamorados de La vida… o de la no menos espectacular Ventiladores Clyde —teóricamente, inacabada aún— reconocerán a su autor perfectamente en las páginas de su nuevo tebeo. Lo que hay de Ware en él va más allá de la imitación: es la asunción de las nuevas herramientas narrativas que éste ha creado y su utilización desde las intenciones y los puntos de vista propios. Así, encontramos soluciones narrativas muy originales y efectivas que explotan, y es éste y no otro el camino abierto por Ware, las posibilidades que tiene este medio y no tiene ninguno más. Sobre todo en la transición entre viñetas y el uso de las calles es donde Seth juega a inventar, con resultados sobresalientes: el bocadillo que ocupa dos viñetas consecutivas y cuyo texto está cortado por la calle para representar el hecho de que el personaje no oye bien lo que se está diciendo es el primero que me viene a la mente, pero hay muchos otros que, en sucesivas lecturas, se van descubriendo.

No me atrevo a calificar George Sprott con la expresión “obra madura” porque eso sería, por omisión, considerar las dos anteriores como “no maduras”, y tal cosa me parece un disparate. Es una obra perfecta, sí, pero igualmente lo era Ventiladores Clyde, que contiene uno de los usos más impresionantes que se han hecho del tiempo narrativo en el cómic. No es eso, no. Es más bien la sensación de que en George Sprott Seth maneja por completo todas las herramientas a su disposición y cuenta exactamente lo que quiere contar, usando esas herramientas con meticulosidad y sin artificios, sin renunciar por ello a su sinceridad y su habilidad para tocar al lector, como tampoco renunció Ware.

Recurriendo de nuevo a la falsa biografía, que ocupa aquí un lugar más central que la del ficticio dibujante del New Yorker Kalo en La vida…, Seth reconstruye la vida del presentador de televisión George Sprott, que es la excusa y a la vez el hilo conductor a través del cual el canadiense aborda sus motivos de siempre: la nostalgia por el pasado, la melancolía, el irreparable paso del tiempo. Tiene Seth una sensibilidad especial que hace que un tema en el que otros caerían en un simplista y reaccionario “cualquier tiempo pasado fue mejor” sea sincero y profundo, y que el lector, incluso el joven, aprecie la poesía que hay en él. Esa melancolía resignada de sus personajes, que recuerdan, casi siempre con más amargura que verdadero dolor, su pasado, sin idealizaciones, es el rasgo definitorio de toda su obra, y el hecho de que siempre sea capaz de abordarla desde puntos de vista novedosos no hace sino engrandecer su talla como artista. La secuencia de viñetas que muestra la decadencia de una sala de conferencias hasta ser demolido y sustituido por una franquicia de venta de ordenadores ilustra a la perfección este elemento central de la obra de Seth.

Con ese fondo, el autor va ofreciendo pequeñas piezas de una, dos o tres páginas, que van conformando el puzzle que nos permite conocer a Sprott, a través de tres tipos principales de ellas: pasajes de su vida sin narrador y con la estructura más sencilla y tradicional, entrevistas a amigos, colaboradores y familiares del presentador, y las que relatan los hechos de su último día de vida. En estos últimos destaca, al margen de la excelente puesta en escena, el inteligente uso del narrador, al que siempre da Seth una importancia que quizás sólo se aprecia totalmente al leer varios de sus cómics. Si en La vida… usaba un narrador en primera persona al uso en el relato autobiográfico, y en Ventiladores Clyde era, en la primera parte, el propio personaje quien dialogaba con el lector, en George Sprott Seth experimenta con una voz en tercera persona que en apariencia parece que va a ser corriente, pero que acaba estableciendo una relación con el lector que nunca antes había visto en un cómic, o en una novela, una voz cuyo narrador nos hace partícipes de sus dudas acerca de cómo está contando los hechos, que se excusa cuando cree que algo no ha sido convenientemente explicado, que aparenta improvisación y transmite desasosiego.

Y mediante este puzzle, vamos conociendo la figura de George Sprott, explorador del ártico, conferenciante, y sobre todo presentador de un espacio en una televisión local de Canadá durante décadas con el que alcanzó una gran fama, a pesar de que cuando Sprott muere hace mucho tiempo que pasaron los buenos tiempos. Hay en su retrato y en su historia multitud de elementos desagradables. El abandono y engaño a una mujer inuit con la que tuvo una hija, la infidelidad a su posterior esposa. Descubrimos que Sprott no caía del todo bien, que era excesivamente autocomplaciente, que no tenía verdaderos amigos, porque no supo ganárselos. Y sin embargo, hizo cosas buenas, tenía pasión por su trabajo y no es, y ésta es la grandeza de Seth como narrador, un personaje arquetípico. Tiene, como todos nosotros, luces y sombras, y en ellas se refleja el lector, porque es ése el mensaje de la obra: todos somos más miserables que sublimes, el ser humano es mezquino y contradictorio y está lleno de miserias. En el desalentador retrato que hace Seth de la sociedad hay un naturalismo despiadado pero, curiosamente, alejado del pesimismo implacable y desolador de un Alan Moore en From Hell o del cruel sarcasmo de Ware en el Catálogo de Novedades ACME. Lejos de esas posturas, en Seth se encuentra una aceptación serena de la naturaleza humana, que a su modo resulta igualmente dura.

Donde quizás sí gana este libro claramente a sus predecesores es en el aspecto gráfico: el dibujo de Seth está ya plenamente pulido. Su estilo único, inspirado por esos dibujantes de tiras que tanto admira, alcanza aquí la perfección, y destaca especialmente la increíble habilidad para plasmar las emociones a través de las expresiones faciales, así como el brillante uso del bitono, al que siempre recurre como elemento que trasciende lo estético y llega a lo ambiental.

Todo esto y mucho más es esta maravilla. Me dejo en el tintero metafórico las hermosas dobles páginas de paisajes helados, las fotografías de recortables de los principales edificios que aparecen en la historia, la bella dedicatoria a su amigo y compañero en Drawn & Quaterly Chester Brown —otro genio—, el exquisito diseño del libro, la elegancia y perfección de sus distintas tipografías. Un libro especial, correctamente editado por Random House/Mondadori aunque, incomprensiblemente, hayan reducido las dimensiones del mismo.

No puedo, no obstante, considerarla la mejor obra de Seth. Probablemente lo sea, pero mentiría si dijera que no siento que en La vida… hay algo que no encuentro aquí, algo que conecta conmigo a un nivel distinto, totalmente subjetivo y sujeto a lo emocional. Pero eso no puede restarle mérito y valor a este George Sprott, que si no es el tebeo más importante del año —en cuanto a relevancia, pienso que el Catálogo de novedades ACME está por encima—, poco le falta. Un punto y aparte en el cómic independiente americano, un tebeo que se recordará durante décadas y que debería leer cualquier aspirante a autor, de cómic o de lo que sea.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s