Laika, de Nick Abadzis.

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Laika ha sido editado en nuestro país este mes, con cierto retraso —se anunciaba para septiembre—, tras ganar el año pasado el premio Eisner a la mejor novela gráfica juvenil. Es un tebeo que despertó mi curiosidad desde el momento en que Glénat anunció su publicación, porque siempre he sentido debilidad por este tipo de historias. Tras leerlo, sin embargo, me ha dejado cierta sensación agridulce.

El autor, Nick Abadzis, totalmente desconocido para mí, consigue que el tebeo funcione en algunos niveles, pero fracasa en otros. Laika funciona como crónica de unos hechos y como retrato de la URSS de los años sesenta, en plena guerra fría, alejado de tópicos y estereotipos a los que el cómic americano nos acostumbró en sus tiempos. Los personajes reconstruidos, fruto de un buen trabajo de documentación, suenan y parecen tan reales como exige este tipo de historias. Más allá del debate acerca de si es ético o no usar animales en las investigaciones humanas, Abadzis nos acerca el caso concreto de Kudryavka —verdadero nombre de Laika— y recorre sus pasos, rellenando los huecos en su biografía con ficción plausible y posicionándose del lado de los personajes contrarios a la experimentación sin demonizar a los que no lo son ni caer en discursos, al mismo tiempo que destaca la vergüenza del proyecto que llevó a la perra al espacio, y que hasta hace siete años se mantuvo oculta por la propaganda soviética: al contrario de lo que se dijo, se sabía de antemano que Laika no volvería, y no murió, como se hizo creer entonces, por medio de una inyección letal, sino víctima del estrés y del calor y con mucho sufrimiento. La obra de Abadzis presenta aquel proyecto como un mero ejercicio de propaganda, en el que se trabajó sin garantías y con prisas para poderlo llevar a cabo el día del aniversario de la revolución, y en el que los beneficios científicos fueron escasos o directamente inexistentes. La muerte de Laika respondió por tanto a motivos políticos y sirvió de poco o nada, y esto lo dijo uno de los científicos que participó en aquello. Sí sirvió en su momento para despertar las primeras reacciones serias y organizadas por todo el mundo en contra del maltrato animal. Laika fue desde entonces y para siempre un símbolo, a pesar de que, aunque mucha gente lo ignore, fue la primera pero no la última perra en morir en misiones espaciales soviéticas, y EE UU había ya acabado con la vida de varios primates en pruebas similares.

El problema es que más allá de que la información documental y la historia interesen, Laika no es un cómic especialmente bueno. De ahí mi sensación agridulce. Abadzis tiene un dibujo decente —a pesar de que muchas veces cueste saber en qué estado de ánimo están los personajes por lo indescifrable de sus expresiones faciales—, pero fracasa, pese a sus esfuerzos, cuando intenta experimentar con el montaje de las viñetas o cuando incluye secuencias oníricas de la perra, que sueña que vuela. En eso y en su relación con su cuidadora observo que pretende provocar la complicidad del lector por el lado más fácil y más errado: humanizando al animal. No es necesario. Incluso aunque así se crea, no es preciso hacerla hablar junto al resto de los perros del proyecto a través de la imaginación de una cuidadora que lejos de presentarse al lector como sensible y amante de los perros, parece estar loca. No están bien encajadas esas secuencias, además, con el relato de los hechos más o menos objetivos, y su no inclusión no habría restado ni un ápice de intensidad a la historia, ni impediría empatizar con la perra y con la cuidadora.

No obstante, tampoco es que sea un mal tebeo. Tiene secuencias —la mayoría— narrativamente bien resueltas, y momento emotivos que se combinan con una narración de los hechos que no es fría ni lo pretende. Pero esperaba y se puede hacer más con esta historia, aunque Laika cumpla a la perfección con su objetivo de darla a conocer.

La edición de Glénat, por último, es buena, pero 19’90€ por ella es una clavada considerable. Sí, es en color y el papel es de alta calidad, pero volvemos a lo de siempre: ¿no habría sido mejor publicarla con un papel de menor calidad, que tampoco tiene por qué ser de tipo biblia, y abaratar el precio en unos pocos euros? Porque aunque estemos hablando de doscientas páginas, el formato es sólo un poco mayor que el de un tomo de manga de la misma editorial, y no trae tapa dura, además de que contiene alguna errata aislada, y aún así vale unos veinte euros que me temo que van a echar atrás a muchos compradores, como de hecho estuvieron a puntito de echarme a mí. De verdad, no sé qué esperamos que vendan ciertos cómics a estos precios.

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