Hitler, de Shigeru Mizuki.

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No suelo comprar mucho manga. Primero porque el presupuesto llega hasta donde llega, aunque haya autores que me interesan mucho —Hino, Urasawa—, pero en parte también porque la inmesa mayoría de lo que se publica en España es shonen y shojo que no me dice absolutamente nada. Más allá de algunos clásicos de esos géneros —Touch, Ranma 1/2— y de autores a los que sigo como tales, como Jiro Taniguchi, mis incursiones recientes en el tebeo japonés son escasas y decepcionantes, por ejemplo el chasco que me llevé con Jacarandá. Sin embargo, esta vez me alegra decir que he acertado de pleno.

Hitler de Shigeru Mizuki es, como cabe esperar por su título, una biografía del dictador del bigotillo, y es, para mi sorpresa, muy buena. Digo para mi sorpresa porque quizás ya iba predispuesto a otro fracaso, pero no: Mizuki es un autor excelente y el tebeo engancha, no sólo por lo que cuenta, sino por cómo está contado. Acostumbrados como estamos al cansino ritmo narrativo del shonen de acción, moroso, que busca siempre alargar las tramas para con ellas alargar las series, se nos olvida —o se me olvida— que es un error considerar dicho ritmo como un elemento definidor del manga; todo lo más, lo es de un género o géneros concretos. Porque Hitler es un tebeo trepidante, que a pesar de la mucha información que ofrece no se hace nunca pesado, ni decae el interés en unos hechos por otra parte archiconocidos. La gracia está, claro, en la manera particular con la que Mizuki aborda esta historia que abarca desde la juventud de Hitler como pintor y vagabundo hasta su suicidio en el búnker de Berlín. Por un lado el autor es fiel a los hechos y realiza una aceptable labor de documentación sin caer nunca en la demonización del personaje, y esto, en 1971, tiene su mérito.

Por otro, hay un distanciamiento irónico tanto en lo argumental como en lo gráfico que le sienta genial a lo que se está contando, y que hace además que Hitler sea diferente a cualquier otra biografía del personaje. Esa diferencia dota de sentido a un tebeo que en algunos momentos es una sutil sátira, sin dejar nunca de lado el aspecto humano del dictador. Así, Hitler es presentado como un hombre inestable, de humor voluble, inseguro, pero también dotado de un extraño e inexplicable carisma. Mizuki juega con el paradójico hecho de que Hitler en las distancias cortas era visto con sorna, sobre todo por sus compañeros de partido antes del inicio del Reich, pero en sus discursos, ante grandes audiencias, era un imán. Y a través de sus vivencias y sus relaciones con los otros protagonistas de la historia, es como Mizuki soterra un humor que bordea lo negro: impagable el asesinato de Röhm, o la mención a la “voz de pajarito” de Franco.

Con su dibujo también define el tono: Mizuki me ha parecido sorprendentemente moderno en su grafismo, sobre todo las caricaturas a las que recurre para representar a todos los personajes históricos y que encuadra, con acierto, en escenarios realistas y muy detallados. El fuerte contraste que consigue cuando los personajes con nombres propios aparecen entre multitudes anónimas me parece simplemente genial, igual que cuando dibuja un Hitler heroico e hiperbólico, en consonancia con la publicidad política de la época, pero le coloca la cara de psicótico triste que tiene siempre su personaje. De trazo muy suelto, Mizuki sabe dotar a sus personajes de una expresividad increíble, otro de los puntos fuertes de Hitler.

Una agradable sorpresa, en definitiva. Me ha encantado este Hitler y su particular manera de afrontar el género histórico y biográfico, ameno pero riguroso, respetuoso pero iconoclasta y desenfadado. Quizás se le puede poner algún pero a la última parte, la que cuenta la segunda guerra mundial, no porque sea mala, sino porque creo que daba más de sí y merecía un poco más desarrollo, pero sigue siendo una obra redonda, excelente además para usarla en el aula, a pesar de que la historiografía ha desmontado algunas teorías que entonces se tenían como ciertas —por ejemplo, hoy sabemos que el encuentro de Hendaya entre el fürher y el caudillo fue muy diferente a como lo explica Mizuki—. La edición de Glénat es buena, y, esta vez sí, con un excelente precio. Doce euros por casi trescientas páginas con sustancia. Sólo una pega, y es relativa, porque habría que ver una edición original: algunas de las fotos que usa Mizuki están excesivamente quemadas y no se ven. No es grave, en todo caso, ni impide disfrutar de Hitler, un tebeo genial de un autor a seguir.

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