Hulka, de Dan Slott, Juan Bobillo y otros.

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No es que Hulka sea muy original como concepto, la verdad. Creada en la misma coyuntura que Ms. Marvel o Spiderwoman, no era más que una versión femenina de Hulk —además de su prima— que protagonizó una serie de tercera división y después habría caído en el olvido, de no ser porque le cayó en gracia a John Byrne, que la relanzó a finales de los ochenta en una de las colecciones más rompedoras de la historia de Marvel, y que, por no haberse reeditado nunca en nuestro país, no he podido leer jamás. En ella, Hulka vivía aventuras de tono marcadamente humorístico en las que rompía frecuentemente la cuarta pared y era por ello consciente de estar protagonizando un tebeo, al tiempo que Byrne la dotaba de una personalidad que le daba empaque como personaje y autonomía más allá de ser un Hulk con tetas. De alguna forma, la última andadura del personaje con serie regular es heredera de aquélla, pero también es por derecho propio mucho más.

Dan Slott no es, maravillémonos, ni guionista de cómics independientes, ni novelista, ni guionista de televisión. A pesar de ello, aunque parezca increíble, ha conseguido trabajar de forma regular en la Marvel de Quesada. No, Slott es un guionista de la vieja guardia, uno que como Kurt Busiek o Peter David, empezaron desde abajo, currando en las oficinas y haciendo de vez en cuando el guión de algún fill-in. Hacía tebeos de Ren and Stimpy e incluso se tuvo que buscar las habichuela en la acera de enfrente -DC Comics, claro-, antes de volver a Marvel y sorprender a todo el mundo con series como Hulka. El éxito le llega tarde, pero merecidamente.

Slott consiguió con sus dos volúmenes de Hulka —doce y veintiún números respectivamente— que los viejos lectores que por entonces aún luchábamos por no perder nuestro lugar en una Marvel en pleno proceso de entropía —que se inició con la llegada de Bendis a Los Vengadores y terminó con la Civil War, alrededor de un par de años después— consideráramos la serie poco menos que la reserva espiritual de occidente.

¿Era entonces una obra maestra la Hulka de Slott? En absoluto. Era algo que en estos tiempos es casi igual de excepcional: un tebeo de entretenimiento tremendamente divertido y bien hecho, guionizado por un señor que no va de estrella ni de reinventor del medio con cada cómic que pare, y sobre todo, que demostró que no es necesario cagarse en todo lo anterior para hacer historias de superhéroes modernas y de calidad. Claro, Slott, al contrario que otros guionistas que hacen superhéroes únicamente porque es ahí donde está el dinero, ama el género. No dejó de leerlo cuando le salió la primera espinilla, como Bendis o Straczynski —incapaz en su repaso a la historia de Spiderman de ir más allá de la muerte de Gwen Stacy—. Lee tebeos de superhéroes, conoce la historia de la editorial y la usa sin pudor para hacer disfrutar al lector veterano como es imposible disfrutar en cualquier otra colección del momento. No sé hasta qué punto su Hulka es disfrutable por lectores nuevos, pero desde luego para el veterano fue todo un placer leer historias hechas por un tío con el que no tienes la impresión de saber mucho más que él de los personajes que escribe.

Con un excelente sentido del humor del que también hace gala en su serie limitada de Los Vengadores de los Grandes Lagos, Slott construyó su Hulka sobre la premisa de que primaría su trabajo como abogada sobre su faceta de heroína, genial hallazgo que nos dio los mejores momentos de la serie, especialmente el número en el que Spiderman demanda por difamación a J.J. Jameson, una idea que de puro obvio no se le había ocurrido jamás a nadie. Todo en el trabajo de Slott se rige por la misma lógica interna, a caballo entre el clasicismo y la distancia irónica que le lleva a respetar la continuidad y acordarse de detalles olvidadísimos pero al mismo tiempo le hace soltar sus buenas pullitas a los fanáticos de la continuidad. Otra idea genial: en el universo Marvel se publican los mismos tebeos que en el nuestro, sólo que allí se basan en hechos reales y pueden ser utilizados como prueba en un juicio.

El reparto de personajes secundarios —Pug, el Asombroso Andy, el friki encargado del archivo de tebeos del bufete, Dos Pistolas Kid— añade variedad y permite introducir tramas secundarias que hacen que, maravilla entre maravillas, en un cómic de veinticuatro páginas de Hulka dé la sensación de que pasan cosas, que tenga densidad y no tengamos la impresión de estar siendo poco menos que timados.

Tuvo Slott suerte dispar con sus dibujantes: comenzó la serie un extraño pero interesante Juan Bobillo, que sin duda no era plato de gusto de todos -mío sí, conste- pero al que no se le podía negar muchísima personalidad. Le siguieron un correcto y claro pero soso Paul Pelletier y un todavía más anodino Rick Burchett que ya se mantuvo hasta el final. Paralelamente al deterioro gráfico, la serie fue perdiendo fuelle en los guiones. Le perjudicó mucho a Slott el torbellino de cross-overs en el que se estaba metiendo la editorial, y tuvo que sacar a Hulka de su trabajo como abogada —motor de la serie— y meterla a agente de SHIELD. Llevó la cosa a buen término como pudo el guionista, dando de paso en su final a Marvel una forma higiénica de solucionar problemas de continuidad recientes ocasionados por otros escritores menos cuidadosos. La colección fue dejada en las a priori adecuadas manos de Peter David: las malas críticas que recibió junto con el devenir del universo Marvel me hacen abstenerme de leer su final.

Atrás dejó un puñado de historias y momentos divertidísimos. Escritos con inteligencia y profesionalidad, los números de Dan Slott han sido el último cómic de superhéroes a la manera tradicional que he disfrutado de verdad, pasándomelo en grande con los guiños al pasado, riéndome con los chistes malos, y a veces, emocionándome con lo bien que conoce y mueve este hombre a los personajes de la editorial. Hulka era una especie en extinción, un recuerdo doloroso de lo que eran antes los cómics de Marvel. Tras su etapa en ella, Slott fue reclamado a empresas supuestamente más altas en las que, sin la libertad creativa que tenía en una serie secundaria como Hulka, dudo mucho que vaya a repetir lo que hizo. Qué le vamos a hacer.

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