Lobezno y los X-Men.

He empezado a ver la serie de animación de Lobezno y los X-Men. Y estoy encantado: los X-Men que salen en ella son más X-Men de lo que lo han sido los de los cómics en los últimos, pongamos, cinco años. He tenido la misma sensación que tuve con los primeros Ultimate X-Men de Mark Millar —qué tiempos, cuando Millar hacía buenos tebeos—. Inventan su propia continuidad pero mantienen todos los elementos definitorios de la franquicia, todo aquello que la hacía tan atractiva. Mientras que en aquellos cómics que dejé de coleccionar por puro aburrimiento guionistas que, buenos o malos, no tenían ni puta idea de qué debe ser la Patrulla-X se dedicaban a ir de un lado a otro embrollando cada vez más las tramas sin llegar jamás a ninguna parte, en los tres primeros episodios de esta serie encontramos a los X-Men en estado puro: una guerra abierta entre humanos y mutantes, campos de concentración, centinelas, tropas de asalto, la Hermandad de Mutantes Diabólicos, el profesor Xavier desaparecido, la mansión destruida, los X-Men desbandados, y sólo la Bestia y Lobezno, que son más Bestia y más Lobezno de lo que lo han sido los de los cómics en los últimos cinco años, manteniendo el fuerte e intentando reunir de nuevo un equipo al tiempo que evitan que la guerra llegue a un punto de no retorno.

En el ajo anda metido Craig Kyle, un guionista que en su día hizo uno de los pocos títulos mutantes entretenidos de su momento, New X-Men —algunos de cuyos personajes aparecen de pasada en la serie de animación—. No me sorprende por tanto que Lobezno y los X-Men ofrezca lo que deberían ofrecer los tebeos: acción, diversión, personajes bien definidos. Aventuras. Emoción, intriga y dolor de barriga. E importante: para TODOS los públicos. Porque si los X-Men no los puede leer cualquier chaval de doce años, apaga y vámonos. Igual para Lobezno, convertida en los últimos años en un catálogo gore en el que Logan, que antaño luchaba por no ser una bestia salvaje aferrándose a su humanidad, mata, mata, y mata, y vuelve a matar, mientras los guionistas —muchos— que ha tenido en los últimos años le han quitado toda la gracia que tenía como personaje a base de llevar su factor de curación a tales extremos que lo convierte en inmortal.

Así que estoy tan contento. Luego la cagarán, o se irán por los cerros de Úbeda, o se repetirán como el ajo. Uno está ya demasiado desencantado, quizás, como para esperar que esto dure. Pero de momento, que nos quiten lo bailao. Los X-Men de verdad están en la tele. Tiene huevos la cosa.

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