El Vecino 3, de Santiago García y Pepo Pérez.

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A los dos primeros volúmenes de esta serie me acerqué con cierta cautela. Los leí a la vez —bueno, a la vez no; primero uno y después el otro—, pensando que iba a encontrarme con la típica parodia del género de superhéroes que tanto se estila por estas tierras y que a mí me deja más que frío —¿frigérrimo?—. Pero no. Me equivoqué totamente. El Vecino era otra cosa, una que me sorprendió mucho. Santiago García y Pepo Pérez, jugando a mezclar géneros, conjugando los tópicos superheroicos con el slice of life, construyeron un tebeo fresco y divertido que se leía con la sorpresa que provocaba su originalidad. El primero me gusta más que el segundo, quizás porque como comedia está más lograda que el segundo como drama, pero ambos son interesantes.

Sin embargo, creo que palidecen ante la tercera entrega. Quizás es cosa del cambio de formato: se ha pasado del álbum “europeo”, para entendernos, a un tomo más pequeño pero con más páginas, que permite un desarrollo distinto de las tramas. Pero al margen de eso, hay un cambio en el tono que creo tremendamente adecuado. En El Vecino 3 la aventura superheroica y el alter ego de Javier, Titán, pasan a un segundo plano, a un mero trasfondo que el lector ya conoce previamente pero que ahora no es más que un escenario para que se desarrollen las pequeñas historias de estos treintañeros con sus virtudes y, sobre todo, con sus miserias. Entre el humor y el drama, asistimos a las vivencias de Javier, que antes que superhéroe es escritor sin talento, su novia Lola, su vecino José Ramón, y Rosa, la novia de éste. Y sus miedos, sus neuras, sus traiciones, sus mentiras y sus verdades, son las mismas que las de cualquier grupo de amigos de su edad y clase social. Ante esto, el elemento fantástico es simplemente un trasfondo que lo tiñe todo, evitando así la monotonía y la similitud con otros slices, pero pocas veces emerge al primer plano, aunque, cuando lo hace, los resultados suelen ser tan buenos como en la escena en la que Javier/Titán descubre, o cree descubrir, que un miembro de la Legión Invisible ha entrado en su piso.

Puede que sea cosa mía, pero encuentro en este El Vecino cierta influencia del mejor Señor Jean de Dupuy y Berberian, en la forma de afrontar la cotidianidad y las relaciones entre los personajes, pero también, seguramente, porque éstos están en la misma franja de edad y se enfrentan a la misma crisis. Sin embargo, aunque los personajes de El Señor Jean también son deliciosamente humanos, en El Vecino los autores son mucho menos amables a la hora de plasmarlos, y quizás por ello un pelo más realistas. Porque Javier, José Ramón, Rosa, Lola, no son malas personas, pero tampoco buenas. Son, simplemente, personas. Como todos. Y pueden ser envidiosos, egoístas, mentirosos o traidores, pero también pueden pedirle perdón a un amigo, aunque sea de una manera tan sui generis y a la vez tan tremendamente natural como la que tiene Javier con José Ramón. Todos sufren, de una manera u otra, el gran mal de la sociedad occidental contemporánea: la incomunicación. Pero ninguno de ellos, y ahí está la gracia, cae mal o deja de ser entrañable de alguna forma. Y en su química, y en la que crean los autores entre sus creaciones y el lector, está el secreto del buen funcionamiento de este cómic.

En cuanto al dibujo, de nuevo me he llevado una sorpresa. Creo que Pérez, dibujante correcto en los anteriores álbumes, ha mejorado mucho en éste. Le ha sentado fenomenal el cambio al blanco y negro —y el rojo del uniforme de Titán, que queda genial—, y le ha ayudado tal vez a soltar su trazo y ganar en expresividad, con algunas soluciones gráficas que me recuerdan, y de nuevo puede ser cosa mía, a Blain: los “tembleques” de José Ramón, los brazos ondulantes de alguna viñeta… La ruptura con el estilo realista aporta frescura y dinamismo al conjunto, marcado por una narrativa férrea, de plantilla de tres por tres viñetas en todo el tebeo —a lo Watchmen, para entendernos—, con la que Pérez y García consiguen claridad y algún que otro momento brillante: ahora mismo me viene a la cabeza el polvo de Javier y Lola.

Ni revoluciona nada ni probablemente lo pretende, pero El Vecino se ha convertido por derecho propio en una de las propuestas más innovadoras e interesantes del cómic español. Un tebeo divertido, bien hecho, con un sólido guión y un muy buen dibujo, editado además muy bien por Astiberri, a un precio adecuado para lo que ofrece… Lo único que se puede pedir es que la siguiente entrega no se retrase mucho y tengamos otro El Vecino para el año que viene.

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