No caigas en Nueva York, de Garth Ennis y Steve Dillon.

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Acabo de releer este tebeo. En su momento me pasó algo desapercibido, supongo, como demuestra el hecho de que no me acordara de él. Pero ahora me ha sorprendido. Me parece de largo lo mejor que he leído de Garth Ennis desde los primeros números de Predicador. Y probablemente sea incluso mejor que aquéllos. Me explico. A mí Ennis me parece uno de los guionistas más sobrevalorados del mercado americano. Tremendamente limitado en argumentos, situaciones, temas y sobre todo personajes, lo único que le concedo es que es un gran dialoguista. Si se dejara de gamberradas escatológicas, ese caca culo pedo pis que puede que allí escandalice pero que aquí creo que está más que superado, podría hacer mejores historias. Predicador empieza bien. Compré hasta el tercer tomo. Ahí, me di cuenta de que no sabía a dónde iba ni cómo, y pasé de seguir, aunque, eso sí, el especial de Cassidy me parece genial. Su Punisher, que coleccioné hasta que Panini —o Planeta, no recuerdo si fue antes o después del acontecimiento cósmico— lo pasó a tomos. Entretenía. Era divertido. Me gustaba menos cuando empezaba con las neuras de Vietnam, más vistas que el tebeo, nunca mejor dicho. Pero cuando se controlaba con eso, Punisher era una cosa muy entretenida, un cómic alocado, para los estándares de Marvel, que no podía tomarse en serio pero que precisamente por eso se leía con gusto. Para ser un divertimento, probablemente la etapa Ennis duró demasiado. No puedo opinar. Sí compré el último tomo, en el que recuperaba a algunos personajes de su primera historia y a Steve Dillon en el dibujo, y bueno. O yo me he hecho mayor o Ennis ya estaba agotado. Creo que lo segundo, porque aún puedo coger de vez en cuando sus primeros Punisher y pasar un buen rato.

Es lo que he hecho hoy. Y ya digo que me ha sorprendido. Primero porque No caigas en Nueva York es una historia dura. Sin necesidad de pasarse de rosca, sin casquería, sin exageraciones. Por eso resulta infinitamente más efectiva y estremecedora, porque parece real. Porque podría serlo. Y segundo por la reflexión, concisa y sin politiqueos, que del 11-S se hace —en la portada, por cierto, se observa la silueta de las Torres Gemelas—. En dos frases es mucho más certero que Straczynski en su célebre número de Amazing Spider-man en el que se ve la destrucción de las torres, aquél en el que prácticamente se mimetizaba el mensaje oficial de Bush, aquello de la justicia infinita, y podíamos ver al Doctor Muerte llorando frente a los escombros, supongo que de rabia porque Bin Laden le había ganado por la mano. Es cierto que la papeleta que le tocó a Straczynski no fue fácil, y que tuvo que escribir en caliente. Con un par de meses más de reflexión —el tebeo lleva fecha de portada de enero de 2002, pero los cómics en EE UU salen dos meses antes de lo que marca la cubierta—, y sin la intención de abordar los motivos o repercusiones del atentado, Ennis, por boca de Frank Castle, ataca de una manera demoledora la actitud de los americanos que, necesitados de curación, se aferraron, comprensiblemente, a valores tradicionales: solidaridad, altruísmo. Cada americano es un héroe anónimo, y juntos podrían superar todas las dificultades. Esa forma de pensar se plasmó especialmente en Nueva York y en todos los actos posteriores al atentado, que buscaban comprender pero también sanar a través de la comunidad y el consuelo colectivo. Todo mentira. Punisher es brutal: “La vieja New York sigue esperando bajo la superficie. En los ojos de la dependienta que rechaza tu tarjeta. El director de banco que te embarga la casa. El cirujano que te dice que tu mujer no sobrevivirá”. Punisher, que se sabe un monstruo, se da cuenta siempre de que el resto de nosotros también lo somos. El hombre sigue siendo un lobo para el hombre, y la insolidaridad, el odio, el rencor y el egoísmo están justamente donde estaban antes del 11-S: en las calles. De todas las grandes ciudades, sí, de todo lugar donde haya hombres, pero más que en ningún otro sitio en la urbe más poblada de occidente. No caigas en Nueva York: nadie va a recogerte. A partir de ahí, Ennis construye una historia redonda, un ejemplo perfecto de cómo hacer un relato corto en cómic. Su viejo teniente de los tiempos de Vietnam se ha vuelto loco. Ha matado a su mujer y a sus hijos, y deambula por la ciudad, matando más aún. Punisher le debe acabar con él, y arrebatárselo a la sociedad enferma que lo convertirá en un espectáculo. Le debe un disparo limpio, y recogerlo cuando caiga. Así acaba No caigas en Nueva York. “Te he cogido”.

¿Reaccionario? Sí, es posible. Pero es ficción, y para eso está: para cuestionar la realidad y meter el dedo en la herida. Porque lo que se valora aquí es qué es más deleznable o atroz: un disparo en el pecho o convertir un asesinato en un espectáculo de masas, como tan acostumbrados estamos a estas alturas de la película.

Me sorprende, para bien, que Marvel publicara con el atentado tan reciente una historia con un mensaje tan incómodo y negativo. Cuando lo que se estaba dando era esperanza y consuelo, cuando el mensaje era ensalzar el valor y la entereza de los neoyorkinos, cuando en los cómics se decía una y otra vez que el hombre de a pie, especialmente bomberos y policías, eran los verdaderos héroes, Ennis se desmarca con un mensaje escéptico, duro, y, me temo, bastante más realista. La pregunta es por qué un tipo capaz de hacer un tebeo tan lúcido se empeña en escribir paridas provocadoras una y otra vez. Cosas de la vida.

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