Krazy Kat, de George Herriman (edición de Manuel Caldas).

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Hoy he recibido la selección de planchas de Krazy Kat editada por ese señor que ya parece un rey mago: Manuel Caldas. Y qué maravilla. Se trata de un recopilación de páginas publicadas entre 1937 y 1944, es decir, la última etapa de una tira que se venía publicando desde 1913. La obra de George Herriman es una obra fundamental del cómic, sin más. Junto con Little Nemo in Slumberland, el tebeo del que salieron todos los tebeos. Pero es mucho más. Es, como dijo Rafael Marín, un cómic underground antes del underground. Unos cincuenta añitos antes, nada más. Es una mezcla surrealista que muchas veces es tan hermética que no entendemos bien qué pasa. No siempre son historias o gags lo que se está contando. Krazy Kat es un juego contínuo, un experimento constante que inventa infinitos recursos, que retuerce la composición de página sin cortapisas de ningún tipo. Herriman tuvo la suerte de que su obra apasionaba a su editor, que le dejó libertad total en su trabajo. Y se nota. Krazy Kat es imaginación en estado puro, improvisación, delirio. Hay quien lo ha comparado con el jazz, y no le falta razón. Entrar en el mundo de Coconino County y sus habitantes no es nada fácil. Ya decía que muchas veces no hay historia. No hay continuidad ni rácord. Es una experiencia que no tiene mucho de racional: consiste en dejarse llevar, en introducirse en el mundo alucinado de Herriman, magnífico dibujante que con cuatro trazos es capaz de dar vida a sus personajes, a esa gata-gato idiota, Krazy, enamorada de Ignatz, un ratón que la muele a ladrillazos y suele acabar las tiras en la cárcel, y al Oficial Cachorro, enamorado a su vez de Krazy y eterno perseguidor de Ignatz.

El goce estético es en esta recopilación mayor que nunca, gracias a los colores restaurados por Caldas, que permiten apreciar en todo su esplendor el trabajo de Herriman, sus preciosos cielos, sus experimentos con las masas de negro, sus cabeceras, siempre distintas. No menos importante es la poesía de los textos, en los que Herriman mezcla idiomas, juega con los vocablos, y convierte la fonética en el centro de la lectura desplazando al mensaje. Son juegos de palabras sin sentido que a la manera de muchas vanguardias —en la época en la que empezó a publicarse Krazy Kat totalmente vigentes— buscan una reacción subconsciente por parte del lector. Todo esto hace que esta historieta sea imposible de traducir al español o a cualquier idioma. No hay forma humana de traducir los sinsentidos de Herriman cuando la fonética es crucial. Hay que leerlo en inglés, incluso si no se entiende del todo. Por eso hay varias decisiones en esta edición dignas de alabar. La primera, la de Caldas en lo que respecta a la selección. Cuenta en el prólogo Álvaro Pons que el editor eligió las cuarenta y dos planchas no sólo en función de su calidad sino también por que no tuvieran demasiado texto, para así evitar en la medida de los posible desvirtuarlo. La segunda, más acertada si cabe, por parte del traductor Diego García, al descartar totalmente el intento de traducción literal y optar por lo más lógico: jugar con el castellano igual que Herriman jugaba con el inglés. El sentido del texto y lo que se cuenta, “la acción”, son los mismos, pero los recursos buscan trasladar, en la medida de lo posible —que es muy poco— el espíritu del lenguaje de Krazy Kat al español. Si miramos la traducción con benevolencia, y no puede ser de otro modo tratándose de la obra que se trata, hay que reconocer que García sale tan airoso como se puede, muy por encima de la traducción mecánica de Planeta que directamente eliminaba todos los juegos fonéticos. Y la tercera decisión atañe a algo que nunca podré agradecerle lo suficiente a Caldas, algo que es justo lo que debe hacerse con esta obra y que pese a ser totalmente obvio nunca se ha hecho: incluir los textos originales. Como se hace con la poesía cuando es bien editada. De esta forma se destierra cualquier posible objección que hacerle a la traducción, y permite ver perfectamente qué es lo que hacía exactamente Herriman con el lenguaje.

Una edición, en suma, imprescindible. Todo aficionado al cómic debería tener al menos esta pequeña muestra de Krazy Kat en sus estanterías, incluso aunque la obra no le apasione. Yo de hecho no la incluiría entre mis cómics favoritos, pero eso no impide que vea sus innegables y rotundos valores.

Página de Manuel Caldas: http://www.manuelcaldas.com/

Dirección de correos para pedidos: mcaldas59@sapo.pt

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