El arte de volar, de Antonio Altarriba y Kim.

Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

El arte de volar ha sido, quizás, el cómic español del que más se ha hablado este año. Todo lo que he leído sobre la obra han sido alabanzas. Está prácticamente aceptado que el año que viene se lleva el Premio Nacional de calle. Pero, por algún motivo indefinible, he tardado en leerlo. Empacho de halagos, creo. Pero finalmente lo he comprado y leído del tirón. Y aunque creo que se ha exagerado un pelo con el tebeo, la verdad es que me ha parecido muy, muy bueno.

Como ya sabe todo el mundo a estas alturas, El arte de volar gira en torno a la vida y al suicidio del padre de su guionista, Antonio Altarriba. Altarriba padre se suicida en 2001, lanzándose desde el cuarto piso de la residencia de ancianos en la que vivía desde 1985. Pero El arte de volar va mucho más allá del relato intimista y personal que intuía a priori.

Y eso que en las primeras páginas me sentí algo decepcionado. Sí, era un buen cómic, excelente si se quiere, incluso, pero no entendía tantísimas alabanzas. No me estaba pareciendo una obra maestra. Porque lo que uno lee cuando empieza El arte de volar parece, y quizás lo sea en esas primeras páginas, una historia más de un español más. Una historia de miseria y de guerra civil, teñida quizás de algo más de tremendismo del habitual, probablemente gracias al dibujo de Kim, pero no mucho más. Una de esas narraciones que hemos visto ya muchas veces en cine, teatro, o literatura, bien contada, sí, pero en absoluto original o digna de mayores consideraciones. Asistí a la infancia de Altarriba padre en el pueblo, su huida a Zaragoza en busca de una vida mejor, los tiempos de la República, el estallido de la guerra civil, las diferentes escaramuzas, el exilio, la vuelta a España. Pero hay un momento que cambia brutalmente toda mi apreciación de la obra, no sólo a partir de él, sino también, y esto es lo grande, hacia atrás. Hay un momento en el que El arte de volar se transforma en una historia de renuncias, en una dolorosa narración sobre cómo la vida se convierte para Altarriba, para todos nosotros, en una larga muerte, cómo ha sido, en realidad, una larga muerte desde el principio. “Mi padre lleva cayendo noventa años”. Es justamente eso. Ver cómo la vida aplasta a Altarriba padre es enfrentarnos a la posibilidad, o quizás a la certeza, de que a nosotros también nos aplastará. De que la felicidad es una quimera inalcanzable o, a lo sumo, una ilusión transitoria.

Es también El arte de volar la crónica de nuestro siglo XX, la historia que, sí, nos sigue tocando si está bien contada, porque remite a nuestra memoria colectiva. A lo que somos como sociedad. La vida de Altarriba es la vida de toda una generación de españoles a los que la guerra machacó sin piedad, que salieron del pueblo, encontraron ideales y después tuvieron que comérselos para poder sobrevivir. La guerra fue terrible, sí, pero más terrible aún fue la posguerra. El miedo al paseíllo, el hambre, la hipocresía y la cerrazón de unos valores repugnantes que hicieron de este país uno de los más atrasados de Europa y que aún sufrimos, son los que aplastan a Altarriba. Durante el conflicto armado vemos cómo al menos hay un pequeño lugar para el heroísmo y la camaradería. Es el momento de los ideales, en su caso, del anarquismo, del que se hace militante junto con tres amigos: la alianza del plomo, simbolizada con cuatro anillos hechos de balas. Todo es efímero. Muy pronto el joven Altarriba comienza a desencantarse. Primero con el bando republicano, al pasar éste a estar controlado por el comunismo, que convertirá a una banda de románticos en un ejército demasiado similar al que combaten. Después con sus propios compañeros, y con el resto de los países que miran a otro lado. La visión de la humanidad y de la sociedad que da Altarriba-autor es muy templada, pero no por ello podría ser más contundente y negra: somos escoria. Hasta el mejor de los hombres cae, o se vende con tal de tener más que el de al lado. Los ideales no sirven para nada. La revolución es una utopía, no llegará nunca porque aquél que quiere la revolución en cuanto tiene dos duros quiere aplastarla. Altarriba padre aprende, a su pesar, que debe por tanto renunciar si quiere poder vivir en sociedad. Renuncia a la felicidad cuando abandona el pequeño pueblo rural de Francia, renuncia a sus ideas y al pasado cuando, en hermosa metáfora, renuncia a su anillo de plomo y más tarde a las alpargatas de Durruti, símbolo de la libertad y del anarquismo. Su último acto de rebeldía es negarse a seguir trabajando para un antiguo compañero que se ha convertido en un capitalista, e, irónicamente, eso le lleva a volver a España y renunciar para siempre a todo en lo que cree. A partir de ese punto es cuando la vida va desgarrando a Altarriba, y al lector con él. Si desde que nace ha empezado a morir, cuando acepta el trabajo con un familiar que se dedica al estraperlo comienza la verdadera agonía. Tomar la hostia consagrada cuando se casa sin querer hacerlo no podría ser más significativo. Y así, la sociedad, el mismo paso de los años, sepulta a un hombre que ya no podrá ser feliz, que a base de tragar mierda se ha vuelto como los demás. Trabajando toda la vida para al final tener que vivir con lo justo, casado con una beata a la que, a la vejez, no soportará, a la que engaña porque ella se niega a follar con él, el nacimiento de su hijo le dará una pequeña luz de esperanza que finalmente no servirá de nada. Para Altarriba padre mirar hacia atrás es ser consciente de todos sus errores, de todas esas renuncias que han marcado su vida. No sería tan horrible si tuviéramos la sensación de que las cosas podrían haber sido de otra manera, que las elecciones podrían haber sido otras.

El ejercicio que realiza el autor con respecto a su padre es admirable. Lejos de idealizarlo, expone su vida a través de una total identificación con él. El hijo hace suya la vida de su padre, pasa de la tercera persona a la primera en un intento de catarsis que le lleve a comprender el suicidio. La primera persona —bastante buena: Altarriba no es mal escritor— nos lleva a la identificación con el padre, pero no a la excusa de sus faltas o sus errores. La inevitable y alargada sombra de Maus está ahí, pero la intención y el enfoque de El arte de volar son muy distintos a los de la obra de Spiegelman. Son dos acercamientos diferentes con el mismo tema de fondo, sin más. Sí tienen en común afrontar con crudeza momentos y situaciones incómodas. No debió ser fácil para Altarriba escribir al personaje de su madre, ni la terrible discusión que refleja sus últimos días en pareja antes de que el padre decida marcharse a un asilo y su hijo se tenga que hacer cargo de su mujer. Pero sale asombrosamente bien parado del trance, sobre todo porque transmite una sinceridad sin artificios, sin caer jamás en el melodrama de sobremesa. En esto, por cierto, creo que influye muchísimo la propia naturaleza del medio; una película de El arte de volar sería, casi con toda seguridad, un drama guerracivilesco más sin interés.

En cuanto al trabajo de Kim, éste queda necesariamente diluido ante la calidad del guión de Altarriba. Choca al principio, seguramente porque recuerda a su serie de Martínez el facha. Pronto se esfuma esa sensación, y el dibujo se convierte en algo completamente funcional, una ayuda para que el guión fluya. Kim es detallado y claro, y tiene mano para las expresiones faciales, pero, para mí, El arte de volar es un cómic de guión. Los textos son tan abundantes que en ocasiones puede seguirse perfectamente la trama sin prestar atención al dibujo. Eso no significa que no cumpla bien con su trabajo: la documentación es perfecta, la puesta en escena también. Sus viñetas son tan detalladas y aportan tanta información que permiten que Altarriba no tenga que describir nada. Destaca además en un par de escenas oníricas excelentes, sobre todo hacia el final de la obra. Pero, aunque el propio Altarriba opinará lo contrario, creo que en el resultado final Kim no es determinante: con otros dibujantes el resultado no habría sido el mismo, claro, pero habría sido bueno igualmente.

Doloroso y desgarrador, sin embargo esto no impide que el tebeo esté meditado y excelentemente ejecutado en lo formal. Sin ningún tipo de floritura estilística, con una narrativa clara y conservadora, sin una viñeta más grande que otra, Altarriba estructura el relato en varias partes, de extensión desigual: como en la vida, los años de juventud son los más densos. Nos pasan más cosas, nos estamos haciendo como personas y todo nos afecta mucho más. Cambiamos. Consecuente y acertadamente, ésos son los años a los que el guionista dedica más páginas. Progresivamente, una vez que la vida está hecha, apenas pasa nada ya digno de mención. La rutina, el paso fugaz del tiempo hace que en las últimas páginas veamos envejecer a Altarriba padre casi de viñeta a viñeta. Los últimos años en el asilo, dieciséis, requieren muy poco desarrollo. Hemos visto, sin que todavía podamos asimilarlo muy bien, a un chaval de pueblo pasar a ser un viejo en una residencia. Ha perdido, como perdemos todos, como no podía ser de otra manera. Se siente fracasado e infeliz, angustiado. Poco le importa ya. Hay un guiño sutil pero sublime, cuando lo vemos leyendo a Kafka, el autor del que le habló un viejo compañero, en el campo de prisioneros de Francia, hace una eternidad. Pasan los días y los años, y al final, no queda otra opción. Altarriba padre comprende. Y el último acto de libertad, que quizás también es el primero, no puede ser más que saltar por la ventana. El arte de volar. El arte de vivir, que no es otra cosa que el arte de morir.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s