El Escuadrón Supremo, de Mark Gruenwald, Bob Hall y otros.

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El Escuadrón Supremo fue creado por Roy Thomas en los años setenta como un homenaje a la Liga de la Justicia de DC Comics y una forma de hacer cross-overs encubiertos. Y digo homenaje y no plagio porque su creación es fruto de un momento muy especial en el que los profesionales de las dos compañías tenían entre ellos una relación de total amistad y confianza que hacía imposible que a alguien se le ocurriera denunciar a Marvel por el Escuadrón. Igualito que ahora, vamos. Tuvieron un par de apariciones, hasta que, en 1984, Mark Gruenwald tuvo una idea: una historia de superhéroes vistos desde una óptica realista. Y para ella, no podía usar a los personajes bandera de la editorial ni su universo, pero en cambio el Escuadrón era perfecto.

Gruenwald fue un guionista profesional y cumplidor, una enciclopedia viviente que amaba los tebeos de verdad, hasta el punto de que su última voluntad fue que sus cenizas se mezclaran con tinta para imprimir uno. Pero eso no puede impedir que su obra se juzgue con rigor. Y con rigor tengo que decir que su Escuadrón Supremo es un cómic normalito. Un quiero y no puedo al que le falta mucho para poder ser considerado una obra cumbre del género o un hito de alguna clase. Es cierto que la comparación que se ha querido hacer con Watchmen le ha perjudicado muchísimo. Es un disparate. Escuadrón Supremo NO es el Watchmen de Marvel. Y si lo es, no dice mucho de la editorial. La labor de Gruenwald no tiene nada que ver ni en intención ni en resultados con la de Alan Moore, y reducir Watchmen a un mero acercamiento realista al género es no entenderla. Es mucho más que eso, y mucho más de lo que pretende ser Escuadrón Supremo.

Superada la analogía, que le hace mucho más mal que bien a esta obra, es posible analizar sus aciertos y errores desde una posición más justa. La historia arranca tras una época en la que los miembros del Escuadrón habían sido controlados por un enemigo y habían llevado el país a una situación límite. Una vez liberados y derrotado el villano, los superhéroes toman una drástica decisión: tomar el control de EE UU para reparar el daño que ellos mismos han causado y, de paso, solucionar todos los problemas del país. Con este golpe de estado encubierto comienza lo que llamarán “Proyecto Utopía”, que durará un año, tras el cual el Escuadrón devolverá el poder. A partir de esta premisa, lo que va a hacer Gruenwald es plantear toda una serie de cuestiones éticas y morales en torno a la labor de los héroes y sus límites. Los miembros del Escuadrón serán vencidos por la presión, cometerán errores, e irán acumulando esqueletos en el armario. Son, pese a sus poderes, hombres y mujeres corrientes que caen en las mismas debilidades. Los momentos más interesantes de Escuadrón Supremo serán fruto de esa dicotomía entre su condición de gente corriente y su deseo de salvar a la humanidad incluso a su pesar. La creación de una máquina de modificación de conducta obra de Pulgarcito, el genio que todo supergrupo que se precie debe tener, permitirá la eliminación del crimen y la reinserción de los delincuentes de todo tipo, pero también supondrá el mayor dilema de la historia y el que al final desencadenará el conflicto final y a la postre supondrá, por sus consecuencias, la derrota del Escuadrón Supremo. Asimismo, Gruenwald intentará dar a su historia un tono más adulto, especialmente en el tratamiento de la enfermedad, el sexo o la muerte.

El problema es que tras leer los doce números, uno se da cuenta de que, lamentablemente, todo esto se queda en la mera propuesta. Es interesante lo que intenta, pero no le sale. No hay la suficiente profundidad en el tratamiento de los problemas éticos derivados del poder, que es en realidad lo que debería vertebrar la serie. Las conversaciones y debates del Escuadrón en torno a todo esto son superficiales, cuando no infantiles. Las soluciones que plantean a los problemas de la sociedad también lo son. No está bien representada la magnitud de los mismos, ni da la impresión jamás de que el Escuadrón esté resolviendo problemas globales. Algunas cosas son de traca: inventan unos campos de fuerza portátiles que cualquier ciudadano puede comprar… ¡y luego se sorprenden de que los delincuentes los usen! Igualmente absurda es su solución para acabar con la enfermedad: congelar a los que se mueran y dejarlos guardados hasta que se descubra cómo revivirlos, como a Walt Disney, supongo. Sin comentarios.

Le falta complejidad en el tratamiento de los temas y los personajes, y le falta realismo. No tiene sentido que la gente entregue sin luchar el poder a unos tipos que hace dos minutos eran malos, por muy poderosos que sean. Ni lo tiene tampoco que las soluciones a los problemas sociales sean tan simples. El tono adulto cae por su propio peso debido a esto, pero también porque, por mucho que haya alusiones sexuales, sigue siendo un cómic aprobado por el Comic Code Authority, con todo lo que eso supone.

A la falta de consistencia en el desarrollo de unas premisas que, pese a todo, son interesantes, se une el peso negativo que tiene la tradición del género. Gruenwald no quiere o no se atreve a dar el paso adelante que una propuesta como la suya necesita. Fruto de las convenciones, el guionista introduce demasiadas tramas secundarias completamente prescindibles, que responden únicamente a meter algo de acción en cada tebeo individual, como mandan los cánones. El doble de Hiperión —el émulo de Superman del grupo— sobra tanto como la mayoría de los personajes secundarios que aparecen hacia el final de la serie, o como Amenaza Suprema, villano de opereta que habla en voz alta cuando está solo. Las tramas episódicas impiden un tratamiento más en profundidad de la trama principal y ayudan a distraer la atención del lector. De la misma forma, carece de sentido el cruce con Capitán América y el aspecto gráfico de la serie, que ya entonces era un poco añejo y excesivamente setentero. El principal dibujante de Escuadrón Supremo, Bob Hall, es el segundo mejor ejemplo de cómo la nostalgia puede ensalzar a un profesional mediocre o correcto, a lo sumo —el primero es Don Heck—, y convertirlo en un clásico que nunca fue. Acartonado y con poca destreza para dotar de expresividad realista a sus personajes, no pega ni con cola en una serie en la que, al menos en principio, las batallas estarían en un segundo plano. Lo mismo puede decirse de un Paul Ryan primerizo e irreconocible, o del episodio abocetado a toda leche por John Buscema y terminado por Jackson Guice. El final es algo decepcionante, por todo esto que comento. Tras todo el trabajo del Escuadrón, devuelven el poder a los EE UU habiendo cumplido su objetivo, y al final todos los dilemas se resuelven como siempre: a hostias. La batalla final acaba con cualquier tipo de sutileza o de intención de hacer algo distinto, aunque, eso sí, me ha sorprendido su violencia y el elevado número de personajes que mueren.

Una propuesta interesante porque apunta, aunque sea tímidamente, algunos de los temas recurrentes que el género tratará poco después en manos de guionistas menos apegados a la tradición y, me temo, más capaces, pero que se queda en agua de borrajas y no pasa de ser una lectura entretenida y curiosa, que empequeñece si hacemos caso a sus defensores y la comparamos con Watchmen, a pesar de que Gruenwald no sea más que el Lamark del Darwin que será Alan Moore. La edición de Panini, por enésima vez, se carga los colores por la puta manía de poner el papel satinado que hace que todo quede plano y chillón, y encima contiene alguna falta de escándalo —¿podrir? brrrr—. Pero es una batalla perdida. No se van a bajar de la burra.

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