Los salones y yo.

Hace poco hablaba de los premios del Expocómic, y como tengo mucho tiempo libre, desde entonces se lo he dedicado —bueno, todo, todo, tampoco— a darle unas cuantas vueltas al tema de los salones, y a la afirmación tan tajante que hice en aquel post acerca de mi desinterés por los mismos. El problema es, lo voy a decir ya, enteramente personal. Los salones, o más concretamente el de Madrid, que es el que conozco, ofrecen algo que no es para mí. Pero hubo un tiempo en el que sí me atraían. Hago un poco de onfálica historia.

Cuando los dinosaurios dominaban la tierra, me acerqué por alguno de los salones primerizos que se celebraron en Madrid. Tengo recuerdos muy vagos de aquello: estrecharle la mano, después de que me firmara un libro, a Luis Royo —que con el tiempo pasó de hacer ilustraciones para roleros a hacerlas para góticos, y que debería cambiarse el apellido por Rollo, la verdad, porque se repite más que el ajo—, una partida a La llamada de Cthulhu, una cola interminable en el Palacio de los Deportes antes del incendio para que Kurt Busiek me firmara el especial que Dolmen le dedicó, su charla en una especie de cuarto de las escobas con Pedro Angosto preguntándole chorradas. En 2000 fui al mejor salón de todos los que visité: en un recinto enorme, yendo todos los días, con dinero y cosas que hacer. Paul Jenkins me firmó el primer número de una serie que entonces me encantaba y ahora me parece más bien mediocre: Los Inhumanos. Andaban también por allí Carlos Pacheco y Jesús Merino, y un señor que, de haber habido entre los asistentes alguno con la capacidad de ver el futuro, lo mismo no habría salido vivo de allí: Joe Quesada. Después de aquel año fui perdiendo interés. También influyó el hecho de que la calidad de los recintos cayó en picado. Una vez se celebró en un museo del ferrocarril y había que andarse con ojo para no caerse a las vías. La siguiente fue la de las goteras famosas en los cuarteles del Conde Duque. Y fue la última. Jamás he vuelto a una convención de cómics. Y de eso hará cosa de ocho años ahora. Los motivos son muchos, supongo. Y gran parte de ellos están en mí mismo.

Para empezar, con el tiempo dejé de ser mitómano. Perdí el interés en ver de cerca a los autores, y mucho más en hacer cola durante horas para que me garabatearan encima de un tebeo. Dejé de verle sentido al fetichismo de la firma. Otra cosa es que te hagan un dibujito, pero vamos, que tampoco me vuelve loco. Eso sí, si alguna vez veo a Trondheim, a él sí le pediré que me firme. Es algo completamente personal, insisto. Respeto y entiendo que a otras personas les haga ilusión tener un tebeo que les guste firmado por su autor. Lo que pasa es que luego en los salones, te das cuenta de que la realidad es un poco distinta. Acabas harto de ver a gente que ni conoce al autor haciendo cola por deporte, llegándole su turno y preguntando al dibujante que qué hace, o, mucho mejor, pidiéndole a un guionista que le haga “un dibujito”. Eso por no hablar de lo mucho que me jode ver a autores buenísimos viendo pasar las moscas en su sesión de firmas mientras que Victoria Francés tiene la cola más larga. Y las escenas patéticas que te hacen sentir un poco de lástima, francamente, y que prefiero evitar. La última vez que acudí a un salón, compré el primer número de una revista de historieta cuyo nombre no voy a decir. La compré en su stand, y el vendedor, que también era el editor, me ofreció que me podía firmar uno de los autores de su revista. Y ahí vi a un hombre sentadito en una mesita, aburrido, cortado, esperando a que llegara algún fan. No pude negarme. Yo no sabía quién era, y él sabía perfectamente que yo no lo conocía. Fue una situación que, de haberme pasado a mí al otro lado, me habría parecido muy humillante. Así que mi opinión desde aquello, y no sólo por la anécdota, es que el autor a currar y yo a leer. Punto. Sí, me gusta mucho tu tebeo, así que no me lo garabatees, por favor.

Por tanto, uno de los principales atractivos de un salón a mí ya no me atrae. ¿Qué más puede ofrecerme? Charlas con los autores, sí. Eso sí podría interesarme. Pero en la práctica, al menos a las que yo he ido, se convierten en una especie de tercer grado en el que los fans acribillan a preguntas chorra al autor. Claro que en su día únicamente fui a charlas de autores a sueldo que trabajaban para el mercado americano; estoy seguro de que con otros autores podría disfrutarlo muchísimo. Pero no vienen a Madrid. La lista de autores invitados a Expocómic casi nunca me atrae demasiado, no porque no me gusten los autores, que siempre hay alguno que sí, sino porque no son autores que considere que tengan nada que decir que pueda interesarme. Lo que quiero decir es que, pongamos por caso, a mí podría gustarme mucho Jim Lee, pero dudo bastante que este hombre pueda dar una charla cautivadora, la verdad. Hay más cosas, pero a ninguna le veo el suficiente atractivo. Presentaciones de novedades: autobombo por parte de las editoriales en el que me cuentan básicamente lo que dice su nota de prensa. Proyecciones de películas o series: para qué, si tengo internet. Lo veo en casa y me ahorro los aplausos y comentarios de los frikis.

Dicen que ahora el salón se celebra en un excelente recinto. No lo sé. Pero tengo la sensación de que la organización ha potenciado básicamente dos aspectos. Uno, el comercial. El Expocómic es un gran mercado donde se concentran muchas —no todas— las librerías especializadas de la ciudad, más alguna importante de fuera, y muchas —no todas— las editoriales del país, con el objetivo de atraer el dinero de los visitantes y que consuman cuanto más mejor. Sobredosis de estímulos para un instinto consumista que ya de por sí está suficientemente desarrollado. Es comprensible, claro. Es ante todo un negocio. Pero a mí no me da la gana pagar una entrada de cinco o seis euros para luego entrar a un sitio a comprar cosas que podría comprar en cualquier tienda sin pagar entrada. ¿Qué ofrecen? Un tebeo de saldo como regalo —al menos lo ofrecían, ahora no sé—, y un 10% de descuento. El mismo que me hacen en mi tienda habitual, fíjate. Además, sin tener esto en cuenta, pensemos que hacía falta gastarse entre cincuenta y sesenta euros para que el descuento amortizara la entrada y se compesara ir al salón a comprar en lugar de a una tienda. Y a las editoriales por principio jamás voy a comprarles en un salón. Sé que legalmente no pueden aplicar descuentos a sus productos, pero me parece la hostia que se aprovechen cuando van a un salón para saltarse el margen de beneficios de librero y distrbuidor y embolsárselo ellos. Es evidente que, especialmente las grandes, amortizan productos que lanzan para el salón que sea y que saben que van a vender cuatro ejemplares con las ganancias de su stand, pero desde mi punto de vista las editoriales no deberían ir a vender a un salón. Así de sencillo. Que vayan a promocionar, a llevar autores, a organizar eventos. Pero no a hacerle la competencia a sus propios clientes directos.

Segundo aspecto que siempre se destaca como gran atractivo para visitar convenciones: “el ambiente”. No me gustan las aglomeraciones de gente. No me gusta la condensación en el techo, ni el olor, ni los empujones, ni avanzar como en una procesión. Son los motivos por los que hará diez años que ni me acerco al rastro de Cascorro, por ejemplo. Si encima tengo que pagar… Pues me apetece aún menos. Pero incluso aunque la acumulación de gente no sea excesiva y el recinto sea lo suficientemente amplio como para poder respirar, le tengo bastante alergia a todo lo que rodea a eso que hoy se llama “lo friqui”. Cuando yo acudí a mis últimos salones, aún no se hablaba de friquis. Pero ya se empezaba a apuntar maneras. Hoy un salón es un sitio repleto de gente que grita mucho en un patético pero comprensible, dada la edad, intento de llamar la atención. Los muchachos esforzados que se han currado un fanzine la noche antes y te persiguen para que les compres uno, la megafonía tediosa, unos tíos patéticos que piden abrazos o yo qué sé. Lo friqui me repele. Lo entiendo desde un punto de vista sociológico: declararse friqui viene a ser lo mismo que declararse emo, gótico, heavy, neonazi o aficionado al Real Betis Balompié: una manera de sentirse parte de un grupo y buscar una identidad propia en un momento vital en el que aún no se tiene del todo. Pero me carga tanta historia. El día del orgullo friqui, el poder friqui, esa reivindicación constante de derechos (¿?), la manía de creerse perseguidos como si de mutantes se tratara. Me cansa muchísimo. El “jiji, qué friki soy”, la falta de criterio que convierte una afición en una religión, la voz afectada y pedante que adoptan muchos de ellos para hablar de chorradas como pianos, la tendencia al sabelotodismo. La mezcolanza y confusión por las cuales si eres friqui, si te autodenominas friqui, te DEBEN gustar los tebeos, las películas de tiros, Star Wars, Perdidos, el rol y Los Tres Mosqueperros. Por no hablar de los otakus, que son más ruidosos todavía y en ocasiones he visto cómo monopolizan el espacio de los salones con sus concursos chorras, su cosplay, su karaoke y sus teatrillos de una forma que te hace preguntarte para qué cojones tienen su propio salón anual si luego vienen a éste a hacer lo mismo. Ojo: sé que lo está pareciendo, pero no estoy en contra de que la gente se lo pase bien, aunque yo no lo haga. Es sólo que creo que es posible un salón diferente que no se olvide de la cultura, en el que convivan ambos aspectos de lo mismo.

Todo esto es potenciado por la propia organización, como es lógico. Los colorines atraen al público. Cuando los medios de comunicación buscan unos minutillos para rellenar y mandan una reportera al Expocómic, lo que buscan es un grupo de púberes sin sentido del ridículo, que es lo que vende y lo que hace gracia. Eso por no hablar del evidente reclamo sexual que suponen las azafatas de Norma Editorial, ya famosas en el mundillo, o las modelos de Carlos Díez, del cual llevo años preguntándome qué narices pinta en un salón del cómic. O las góticas, o las lolitas —cuidado con éstas: a veces les pasa como a Victoria Francés y tienen la cola más larga—. Se busca la visita masiva del público general, de la familia que lleva a los críos, de la pareja que no sabe qué hacer ese domingo por la tarde y se da una vuelta por un sitio que al menos ofrece espectáculo visual. Es, sinceramente, una de las poquitas utilidades que le veo al evento tal y como ahora está montado: el visitante ocasional que pica y se lleva un par de tebeos. Las ventas en los salones no son para nada desdeñables, pero al margen de eso, a largo plazo pueden haber servido para enganchar a alguien a los cómics, o, por lo menos, para conseguir aunque sea durante cuatro días eso que algunos venimos diciendo que es imprescindible para que esto no se vaya al carajo: el comprador ocasional que compra cuatro, cinco tebeos al año. Bien puede hacerlo exclusivamente en el salón, da lo mismo. Lo que ocurre es que para atraerlo vale todo: un señor vestido de Pikachu, presentadores famosillos, o, los dioses nos asistan, las Charm.

Al menos en los últimos años se está corrigiendo, o lo parece desde fuera, uno de los mayores errores que yo veían en la concepción del Expocómic: la dispersión absoluta. En mi época el evento era un salón del cómic, el manga, la ilustración, los videojuegos, el rol, los juegos de estrategia, los juegos de cartas coleccionables, el anime, la fantasía, y los sexadores de pollos que viven en Villaconejos y se llaman Pepe. Al final, claro, no era más que un cajón de sastre, que respondía a esa confusión de la que hablaba antes y que ADLO! bautizó muy acertadamente como “Expofriki”. Ahora parece que está más centrado en cómic y satélites, pero el problema es que esos satélites son mucho más publicitados y copan mucho más espacio que el cómic en sí, que la historieta como medio de expresión y como cultura. Se está copiando el modelo de San Diego en lugar de fijarse en Angulema, para entendernos. No hay disertaciones, no hay mesas redondas en las que los estudiosos del medio se junten y traten temas relacionados con el cómic con la profundidad que se merecen. Hay, ya decía, presentaciones de editoriales, encuentros con autores que no aportan gran cosa. Al igual que pasa en la Feria del Libro —modelo de ésta en todo menos en lo de la entrada gratuita, ya es mala suerte—, en el Expocómic el tebeo no es mimado como un bien cultural. Es un producto, es algo que venderle a la gente. La visión que se da es una totalmente sesgada, centrada únicamente en un tipo de cómic muy concreto —véase, de nuevo, la lista de nominados a sus premios—, y en la excentricidad de una parte muy pequeña de sus seguidores que hace mucho ruido y quedan muy graciosos en pantalla. Pero no hay un lugar para el estudio serio, ni para la reflexión, ni para la reivindicación de tantos y tantos autores tanto de aquí como de fuera que merecerían un reconocimiento. No sé si sería posible que esto que pido conviviera sin problemas con la vertiente meramente lúdica, con la jarana y el cachondeo que están muy bien para el que los quiera. Aún recuerdo lo vergonzoso que era estar en la charla de Pacheco y Merino y que éstos tuvieran que callarse cada dos por tres porque unas crías berreaban a escasos metros de la sala la canción de Evangelion micrófono en mano.

Pero me temo que eso será muy difícil mientras los responsables de Expocómic sean los mismos. Porque este modelo les dará ciertos beneficios y les permite ir tirando. Otros salones parece que se acercan más a lo que a mí me gustaría —el de Getxo, por ejemplo, que se está celebrando este fin de semana, o Viñetas desde O Atlántico—, pero el de Madrid es y será un mero sacacuartos, un gran mercado en el que el aspecto teórico, cultural y sociológico del medio están en un segundísimo plano o directamente no están. Por eso cada vez tengo más claro que la dignidad del medio y el rigor en su tratamiento no vendrá de los salones —o al menos de la gran mayoría—, sino del ámbito universitario, en el que tampoco es que tenga una confianza inquebrantable, pero que al menos ya está dando muestras de que el cómic interesa desde otros puntos de vista. Ha habido actos, charlas, jornadas, encuentros con autores, en universidades de Valencia, de Granada o de Cádiz. En Madrid, que yo sepa, de momento nada. Pero hay espacios culturales fuera de la universidad que también están empezando a hacer cosas. El Espacio Sins Entido, por ejemplo, promovido por la editorial del mismo nombre, una de las pocas que parece que quiere hacer algo que vaya más allá de ganar dinero. Hasta en la Fnac a veces hay actividades mucho más interesantes que las de Expocómic. Lo que sea menos resignarse. Si el salón se ha perdido como plataforma de lanzamiento y lugar de debate e investigación, habrá que irse a otros pastos. El salón de Madrid quedará como un lugar donde ir a divertirse sin complejos ni vergüenza durante cuatro días, donde disfrazarse, cantar, maquillarse, hacer colas, ver episodios de series, y si acaso leer algún tebeo si queda tiempo. Es verdad que me molesta un poco la imagen que se da al gran público desde un salón así, pero vaya, que tampoco es terrible que “el gran público”, ése que hace líder de audiencia a Gran Hermano y va en masa a ver Luna Nueva, piense lo que quiera. También es cierto que puede que esté siendo demasiado radical, que no sea para tanto. Pero a mí me cuesta mucho pedir dignidad o reivindicar la importancia de la historieta rodeado de muchachos disfrazados de Lobezno. Tal vez sea la edad. O tal vez, simplemente, parafraseando la película de Paco Martínez Soria, el Expocómic no es para mí.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s