The Millenium Bell, de Mike Oldfield.

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Al contrario de lo que suele ser habitual en este repaso por la discografía de Mike Oldfield en esta ocasión tengo que empezar por la valoración final, porque si no difícilmente podrán aceptarse ciertas cosas que sobre este disco tengo que decir: creo que The Millennium Bell es el peor álbum de Oldfield. E incluso diría que el peor con diferencia. Lo he escuchado entero tres veces como mucho, y escucharlo una cuarta para poder escribir este artículo ha costado. Desde la primera vez que lo escuché supuso una tremenda desilusión. Tras un trabajo potable, Guitars, no podía esperarme semejante esperpento. Lo odié entonces y aún lo hago, cuando pierdo mi tiempo en pensar en él, que no suele ser muy frecuentemente. Intentar razonar mis críticas a The Millennium Bell debe de ser una de las cosas más difíciles que he intentado, y sin duda la más innecesaria. Pero hay que hacerlo.

A finales de 1999 se publicó The Millennium Bell, un disco que desde el momento en el que recurría de nuevo a la campana —tan sólo, recordemos, año y medio después de Tubular Bells III— ya se adivinaba como una maniobra comercial. Fue sorprendente que en un momento de su carrera en el que ya estaba espaciando los lanzamientos tuviéramos dos discos en el mismo año. Todo se entiende si tenemos en cuenta el pretencioso y risible objetivo de The Millennium Bell: hacer un recorrido por la historia de la humanidad y sus diferentes músicas. En once pistas. Imposible, evidentemente. El objetivo real hay que buscarlo en otra parte: en hacer coincidir el final del milenio —sé que es una batalla perdida, pero en realidad no acabó hasta el final del año 2000— con el lanzamiento y con el concierto más vergonzoso que ha dado Oldfield en toda su carrera, en Berlín, en la madrugada del año nuevo. Para poder sacar este trabajo a tiempo fueron necesarias unas prisas que se hacen patentes a poco que se escuchen tres temas del álbum. Nada de trabajo, nada de la documentación que habría sido necesaria para realizar competentemente el anunciado viaje a través de la historia. Una música apresurada, vulgar y chabacana, simplísima incluso comparándola con lo que hacía entonces —no hablemos ya de sus discos buenos—. Algunos temas no parecen ni de Mike Oldfield. Un totum revolutum musical que queda perfectamente representado en la horrible portada. La excusa, el casus belli de este atentado al buen gusto, el recorrido histórico, se saldó con un primer tema dedicado al nacimiento del cristo, para pasar a los incas y luego de golpe a 1492, zampándose milenio y medio. A partir de esto, no tiene sentido ni siquiera prestarle ya atención a este aspecto de The Millennium Bell. Centrados en la música, no se encuentra prácticamente nada salvable. Había que sacar un disco de debajo de las piedras, y se hizo. Oldfield cogió cosas de aquí y de allá y fue perpetrando tema tras tema, influido como no podía ser de otra forma por el esoterismo de salón que siempre le ha fascinado. Composiciones simplísimas, abusos obscenos de los secuenciadores y los sonidos sintéticos, introducción de coros a granel para atraer la atención del oyente no entrenado y tapar así las terribles, inmensas carencias de su trabajo. Su guitarra es escasa y poco trabajada, el peor ejemplo de esa guitarra lenta que tanto he criticado aquí, ese sonido de después de la siesta sin garra ni temple. Para contribuir aún más a la despersonalización de The Millennium Bell, ramplones arreglos orquestales herencia de las bandas sonoras más baratas e influencias de world music que son introducidas con un mero “copia y pega”, sin que haya un trabajo por su parte para asimilarlas a su propio y antaño inconfundible estilo, para hacerlas suyas o dar su propia interpretación de las mismas. Y de propina, una vuelta al chunda chunda y al efecto electrónico de discoteca bakaladera. Lo tiene todo, como puede observarse.

Pero sobre todo, destaco el poquísimo trabajo, el descaro y el morro con el que un músico al que hasta ahora, incluso en sus peores momentos, se le presuponía un mínimo de dignidad, presenta este trabajo deficitario en el que falla hasta, pásmense, la producción, que hasta en sus peores discos solía ser impecable. Aquí hay momentos que parece que han sido sacados antes de pasar por la fase de producción. El sonido es plano y le faltan los matices y tonos que cabe esperar no ya de Mike Oldfield, sino de cualquier profesional. Estoy convencido de que algún tema de no le llevó mucho más de diez minutos. ¿Exagerado? En absoluto. Quitemos los coros y los oropeles orquestales y nos daremos cuenta de que algunos temas no son más que una base de loops de sintetizador cuya programación no supone ningún esfuerzo.

Para hacer aún más sangre de la herida, el inicio del disco supone un verdadero desafío para el oyente. Los tres primeros temas son un tedio casi insoportable, un aburrimiento mortal. Música simplona, con un sonido sintetizado de hace una década, que basan todo su escaso atractivo en los coros de profunda vacuidad e influencia de Adiemus. Oldfield se limita a rasguear la guitarra un par de veces desganado y llenarlo todo con los sonidos de sus teclados. Peace on Earth y sus nananana, Pacha Mama con sus iaiaiaia y su percusión de mentira —quizás es el tema más simple que ha “compuesto” jamás Mike Oldfield—, y Santa Maria con su sopor, constituyen no una música insoportable, sino algo casi peor: una música anodina. Sin identidad y sin vergüenza. Sunlight Shining Through Cloud no es mucho mejor, pero al menos los coros de gospel nos despiertan un poco. Aún así, la mezcla de cánticos africanos con tambores sampleados y la voz de Pepsi Demacque con los coros no es precisamente un gran hallazgo. Casi me avergüenza reconocer que el siguiente tema, The Doge’s Palace, es el único que me gusta al menos un poco, el único que roza el aprobado. Y digo que me avergüenza porque la mezcla de cuerda y viento orquestal -que suenan, por cierto, horrorosamente mal- con el ritmo pachanguero es una atrocidad musical. Pero al menos tiene un ritmillo del que carece todo lo anterior. Lake Constance es otro tema insípido, basado en orquesta y con una guitarra acústica, por lo menos, decente, aunque la manera que tiene de conseguir un clímax al final es de rubor. El disco va ya a la deriva. Una vez agotadas las inspiraciones musicales de la primera mitad, Oldfield ya no sabe a dónde va, y se limita a llenar minutos sin complicarse mucho la vida. Mastermind es atroz. Secuencias y secuencias programadas y una guitarra que copia sin ningún complejo a las bandas sonoras de James Bond. Un tema antipático que cuesta escuchar entero por su falta de contenido y de criterio. Broad Sunlit Uplands, de nuevo, es soporífero. Es que no parece de Oldfield. Un piano simplísimo con una melodía típica que no dice nada. Será un error recurrente por su parte empeñarse en vertebrar temas con el piano, instrumento con el que no es lo suficientemente bueno como para hacerlo. Liberation por lo menos tiene algo de garra. No es bueno, pero por lo menos tiene cierta personalidad, y una guitarrilla eléctrica hacia el final que bien puede ser lo mejor de todo el disco, sin ser espectacular. Por contra, tenemos que tragar con una burda imitación de la Enya más afectada y comercial, con la voz de Miriam Stockley, que no tiene la culpa, evidentemente. Amber Light es otro tema “Adiemus”, coros vocales sobre una base sintética simple y repetitiva y algún arreglo por encima para que el conjunto no parezca lo que es. The Millennium Bell es el “gran final”. Un tema ridículo. Con un tecno completamente desfasado, por lo menos diez años, Oldfield y un tal DJ Pippi revisan los mejores —y los peores— momentos del disco y los pasan por la coctelera ibicenca que tras un trabajo tan centrado como Guitars creíamos ya enterrada. Un despropósito tras otro que llega en algunos momentos a hacer daño al oído, aunque no tanto como al buen gusto, y que busca con la eléctrica hacia el final, demasiado obviamente, un clímax comparable al de Tubular Bells III que no llega a lograr porque el oyente está ya tan fuera del tema que no puede emocionarse. Bueno, sí, cuando termina, es imposible no sentir cierto alivio.

Soy consciente de mi dureza y mi poca imparcialidad. Tampoco es mi objetivo ser imparcial. Creo de verdad que este trabajo no es sólo que sea malo, es que conjuga los peores defectos de Oldfield con una falta de trabajo y elaboración insultante. Hay otros discos de él que no me gustan, o que me parecen poco trabajados, pero sólo con éste he tenido la sensación de que me estaba tomando el pelo. El resultado es tan pobre a todos los niveles que no considero posible ningún tipo de defensa. Pésima producción, arreglos orquestales de bajo presupuesto, abuso de coros, prisas, desgana por parte de Oldfield… The Millennium Bell es el resultado final de toda una década de abandono y autocomplacencia progresiva. Es el resultado de cambiar a Simon Phillips por DJ Pippi. Es, simple y llanamente, lo más bajo que ha caído un genio llamado Mike Oldfield.

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One thought on “The Millenium Bell, de Mike Oldfield.

  1. Antes de criticar se ve que eres una persona que no sabe nada de la música críticas solo por criticar Mike Oldfield es un genio musical y si tú crees que the Millenium Bell es una porquería es tu forma de pensar no la mía yo admiro a Mike Oldfield me gusta mucho su música y he escuchado algunos de sus discos pero como te repito es cosa de cada quien .

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