Gus, de Christophe Blain.

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En la nueva generación de autores de cómic de Francia, ésa que se empezó a gestar en los noventa y que ha dado en la última década sus mejores frutos, en la generación de los Sfar, Trondheim o David B., ocupa un lugar destacado Christophe Blain, autor que comparte con los mencionados una buena amistad que se traduce en colaboraciones artísticas y una serie de rasgos definitorios que, creo, justifican de sobra que hablemos de una generación en su sentido más tradicional, y que podrían resumirse en tres puntos: uno, asimilación de las corrientes anteriores de la BD, principalmente el cómic de aventuras realista y el humorístico; dos, ruptura de los cánones gráficos, adoptando estilos libres en los que experimentación siempre está presente; tres, el interés por centrar la atención de sus historias en aspectos y temas hasta ahora rara vez tratados desde un punto de vista cotidiano y desmitificador: el mundo de las emociones, la psicología, la filosofía, la religión…

Blain es uno de los ejemplos más destacados de esto. Siempre desde su particular y personalísima visión, se ha especializado en la perversión de géneros, para desde ellos, tratar temáticas que en princpio uno pensaría muy alejadas de los mismos. Con la extraordinaria Isaac el Pirata Blain jugó con las historias de aventuras y de viajes; ahora, con su segunda obra seriada en solitario, hace lo propio con el western.

Gus es, sí, un western. Pero no sólo. Nace de un interés y un conocimiento indudables por el género: en él encontraremos todos los tópicos del mismo. Pero… es difícil definir el punto de vista de Blain respecto a ellos. El aspecto gráfico de la serie sugiere una parodia, pero no es eso exactamente. Es más bien un western posmoderno. El siguiente paso en el género tras la deconstrucción del spaghetti western. No importa demasiado, en realidad, porque en realidad funciona más como un escenario que como el motor o el centro de las historias. Gus es un tebeo “del oeste”, pero da la impresión de que lo esencial en él podría mantenerse en otra clasificación.

Porque Gus es otra cosa. Es un cómic tranquilo. Lento, agradable. Una lectura deliciosa, que, se ve claramente, no tiene rumbo fijo. Y eso, que en otras series suele ser motivo de crítica, aquí es la mayor virtud. Es un gusto dejarse llevar por estas historias entrelazadas, en las que Blain, con total libertad, se mueve en el tiempo a placer, se para en pequeños detalles cotidianos, salta hacia atrás o hacia delante, cambia de personaje entre los tres amigos protagonistas… Pocas veces se tiene tan claramente la sensación de que una serie es el juguete de su autor, y pocas veces se disfruta tanto. Porque lo importante no es tanto la trama como el divagar de Blain acerca de la vida. De un modo muy similar a como lo hace Sfar y a la vez distinto, en Gus se habla de la vida y de la muerte, de la amistad, de la felicidad, y, sobre todo, del amor y el sexo, y de las mujeres —qué habilidad tiene Blain para escribir y dibujar mujeres reales, no muñecas hinchables estereotipadas—. De la naturaleza humana, vaya. Con ironía, con una poca mala leche que lo diferencia de la visión más amable de Sfar, pero con un extraordinario naturalismo. Los diálogos de esta serie son una maravilla. Y el dibujo de Blain, pura poesía. Es, evidentemente, poco ortodoxo, pero sublime. Tiene un dominio perfecto de la anatomía, y por eso puede deformarla a placer. Lo mismo puede decirse de la ambientación y de la narrativa. Blain hace lo que le da la gana, porque puede. Cambia de registro, detalla más o menos su dibujo, lo hace limpio o lleno de sombras y rayas, con un color sobrio o con uno estridente… En esto último, por cierto, tiene la inestimable colaboración de uno de los mejores coloristas del cómic actual: Walter —que también se ocupa de colorear La Mazmorra, entre otras—. Uno puede pasarse horas admirando el trabajo gráfico de Gus: es, simplemente, un tebeo en el que todo tiene un porqué y cada cosa está justo en su sitio y no en otro. Más aún en el tercer tomo, de momento el último, que ha sido publicado hace unos días. El mejor con diferencia de los tres, porque se percibe que Blain ha llegado a una madurez total como autor completo. Tanta que se permite pequeñas referencias y homenajes a películas del género, sobre todo con actores, a los que incorpora al relato con total soltura, sin que eso desvíe la atención de lo verdaderamente importante: la relación de Gus con las mujeres y su búsqueda infructuosa de un lugar en el que ser feliz.

Llena de escenas geniales, capaces de mover al lector de una emoción a otra con total naturalidad, con una sutilidad erótica fantástica —la escena en la que una mujer le cura a Gus su lastimada y desproporcionada nariz es una de las más sexuales que he visto nunca en un tebeo—, con personajes realistas y encantadores, Gus es sin ninguna duda una de las mejores series que ofrece el mercado francés. Para mí no llega al nivel de las mejores obras de Sfar, pero se queda cerca. Aunque también es cierto que yo de la obra de Sfar estoy enamorado. Ay, qué poquito queda para tener en las manos el tercer número de Sócrates el semiperro

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