The Avengers, de Stan Lee, Jack Kirby y Don Heck.

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En septiembre de 1963 Marvel publicó el primer número de The Avengers. No fue la mejor serie de aquellos primeros pasos de la editorial, pero sí una de las que mejor representó la nueva manera de hacer tebeos que impuso Stan Lee. Lee permaneció en la serie unos tres años, hasta su número 35, acompañado de diversos dibujantes. En ellos sentó unas caóticas bases del que durante los setenta, o al menos hasta el advenimiento de los X-Men de Chris Claremont, sería el título bandera de la compañía.

Cuando debutó la serie, ya estaban en marcha Fantastic Four, The Amazing Spider-man o The Hulk. La fórmula de Marvel estaba pues en plena ebullición. El siguiente paso que dio Lee visto hoy es obvio, pero tal vez entonces no lo fue tanto: un supergrupo que aglutinara a algunas de las estrellas de la editorial, a la manera de la Liga de la Justicia que desde 1960 venía publicando DC. Los elegidos fueron, prácticamente, inevitables. Spiderman era un solitario y además un adolescente; el Doctor Extraño era un outsider, y sus aventuras demasiado raras para encajar en un grupo; los Cuatro Fantásticos ya eran un grupo, y no habría tenido mucho sentido deshacerlo para llevarse a alguno de sus miembros al nuevo equipo. Con lo que le quedaba, Lee formó sus Vengadores. Iron Man, Thor, Hulk, el Hombre Hormiga y la Avispa. Reunidos, en una primera aventura delirante y sin pies ni cabeza, por el hermanastro de Thor, Loki, pronto se convirtieron en una especie de club de caballeros, con el permiso de la frívola Avispa —la mujer más “liberada” que fue capaz de escribir Lee—, que mantenían reuniones, redactaban estatutos y rotaban la presidencia. En aquellos primeros números Lee introdujo algunos de los elementos imprescindibles en la mitología del grupo: la mansión propiedad del alter ego de Iron Man Tony Stark, Rick Jones, o Jarvis, el fiel mayordomo.

A trancas y barrancas la serie avanzaba. Como todas las demás en manos de Lee, no había descanso para el lector. Los cambios se sucedían bruscamente, el statu quo era sacudido prácticamente en todos los números, porque para Lee, hasta arriba de trabajo, era la mejor forma de mantener el interés de los lectores. Tal vez a esa carga de trabajo debamos achacar el origen del concepto de Universo Marvel: qué mejor forma que salvar la papeleta del número mensual que reciclando a algún villano previamente aparecido, cuando no directamente uno de los héroes de la editorial. Así, tras Loki, pasan por The Avengers el Fantasma Espacial, La Encantadora, El Barón Zemo o los Amos del Mal. El primer golpe de efecto de la serie lleva muy pronto: en el número 4, los Vengadores encontraban el cuerpo congelado de la leyenda de la Segunda Guerra Mundial: el Capitán América. Para entonces Hulk, claramente fuera de lugar en el concepto de la serie, había abandonado el grupo, y atraparlo se convirtió en uno de los leitmotiv del equipo en estos primeros y dubitativos pasos. Lee no tenía reparos. Por medio del ensayo y error iba ajustando las tuercas de sus series. Lo que funcionaba se mantenía; lo que no, era apartado sin más contemplaciones. Cuando no tenía mucho que contar, introducía alguna pelea absurda entre los miembros del grupo con la que el dibujante pudiera llenar un par de páginas. Pronto se dio cuenta de que al público le encantaba la agrupación de héroes, tanto como las estrellas invitadas. Por las páginas de los primeros doce números se pasearon Spiderman, Namor, y enemigos reciclados de otras series como El Ejecutor, el Hombre Topo o el Fantasma Rojo. Iron Man mientras tanto iba cambiando de armadura, el Hombre Hormiga se convertía en el Hombre Gigante, y la Avispa conseguía gracias a su novio -el propio Hombre Gigante- un aguijón de aire comprimido que le permitiera ser, siquiera mínimamente, algo más que el jarrón del grupo.

Jack Kirby acompañó a Lee en los primeros ocho números de The Avengers, completados sus lápices por entintadores de habilidad dispar como Chic Stone o Dick Ayers. Kirby, claramente sobrecargado de trabajo, ayuda a asentar la serie con unos lápices apresurados y poco trabajados. Sigue siendo Kirby, evidentemente, pero es obvio que sus intereses creativos estaban en otra parte: Fantastic Four y Journey into Mistery, la cabecera donde se desarrollaban las historias de Thor. No es casualidad que su mejor número fuera el 7, una historia donde aparecía Asgard, con las tintas de Stone.

Tras The King, llegaría el que para mí es el más mediocre de los dibujantes de aquellos primeros años de la Marvel: Don Heck. De estilo apresurado y anatomía “imaginativa” —esas piernas excesivamente cortas con las que dotaba a los varones—, poco aportó Heck artísticamente más allá de una puntualidad a prueba de bombas durante la treintena larga de números que dibujó y unos escorzos exagerados pero afortunados en los que era obvia la influencia de su antecesor en la colección.

Ya con él, Lee ejecutó la jugada más inteligente que haría en la serie: en el número 16, todos los miembros fundadores de los Vengadores abandonaban el grupo, y el Capitán América quedaba como el líder del mismo junto a tres antiguos villanos: los hermanos mutantes Mercurio y la Bruja Escarlata, y el arquero Ojo de Halcón. De este modo, y quizás sin saberlo entonces, Lee establecía la principal constante del grupo y a la postre su mayor atractivo: el continuo ir y venir de héroes, los frecuentísimos cambios en su alineación. Además, esto le permitiría jugar con los regresos de viejos miembros, así como con las reuniones periódicas de todos los que alguna vez militaron en las filas del grupo —”Vengador una vez, Vengador siempre” será una de las máximas—. Con el nuevo grupo Lee terminó de ganarse el reconocimiento de los fans. A partir de ahí, se soltaría el pelo: los fundadores irían entrando y saliendo del grupo, continuaría el desfile de villanos del Universo Marvel —el Doctor Muerte, el Mandarín—, volverían a atacar otros creados expresamente para la cabecera, como Kang, o se jugaría varias veces la baza del villano disfrazado de héroe que se infiltra en el grupo y al final se regenera. La chispa y el ingenio de Lee consiguen que lo que no es sino una fórmula reiterativa parezca, a base de golpes de efecto, una serie imprevisible, y sobre todo, que nunca aburría. Durante su estancia en la serie no incorporaría ya a más Vengadores oficiales, aunque aparecerían héroes como la Viuda Negra o Hércules que ayudan al grupo y con el tiempo llegarían a unirse a él. Mención especial merece el número 18, Cuando manda el comisario, de jugosa lectura política en plena Guerra Fría.

Quizás por agotamiento, quizás por falta de interés, Stan Lee abandonó The Avengers en su número 35, para centrarse, con buen criterio —porque es principalmente por éstas que Lee hizo historia— en Fantastic Four y The Amazing Spider-man. En ese número le cede los bártulos a un jovencísimo Roy Thomas, el niño prodigio, el sucesor de Lee como principal guionista de Marvel y, con el tiempo incluso en el puesto de editor jefe. Thomas seguirá fielmente las pautas del estilo “Lee”, incorporando o potenciando un elemento importantísimo en el trabajo de Lee y que, curiosamente, en The Avengers no había estado muy presente: el drama, la angustia vital, los héroes infinitamente poderosos que pese a todo su poder no pueden evitar sufrir y ser infelices. Con la llegada de John Buscema los Vengadores serán, empezarán a ser, el grupo por excelencia de la editorial. Coincidirá con un salto cualitativo de los guiones de Thomas, que, una vez pagada la novatada, irá poco a poco añadiendo a la mezcla ingredientes de su propia cosecha y elevando la calidad de la serie sustancialmente, entre otras cosas por la inclusión de nuevos miembros como Pantera Negra —primer superhéroe negro del comic-book americano— o el androide conocido como la Visión, uno de los cuatro o cinco mejores personajes de la historia de Marvel.

Atrás quedaron los treinta y cinco números que conforman la etapa primera de Stan Lee, una etapa irregular, con hallazgos, pero también con muchas incoherencias y salidas de tiesto demenciales, mucho más que en otras colecciones para las que Lee guardaba sus mejores balas. Era para Fantastic Four para la que guardaba los conceptos nuevos, y donde aparecían primero las mejores ideas; sus The Avengers siempre fueron a rebufo. La falta de un dibujante que a su vez fuera coargumentista de calidad, como sí lo eran Kirby en Fantastic Four o Steve Ditko en The Amazing Spider-man, también le pasó irremediablemente factura. Aún así es una lectura interesante, siempre entretenida, en la que Lee, al que nunca le faltaron ideas, da una y mil volteretas, para caer siempre en el mismo sitio, sí, pero sin que el lector se diera mucha cuenta. Por el camino fue sembrando los rasgos definitorios del grupo para que sus sucesores pudieran convertirlos en los “Héroes más poderosos de la Tierra”, los más nobles, los más aventureros: los mejores. Y a la colección, en una de las más épicas y apasionantes que jamás hubo en el género.

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