La colina de Watership, de Richard Adams.

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La literatura anglosajona tiene una rica —y envidiable— tradición de literatura infantil y juvenil. Su siglo XX está plagado de clásicos imperecederos que hoy siguen siendo lecturas obligatorias en los colegios o, al menos, siguen siendo leídos y disfrutados. Aquí, salvo excepciones, desconocemos esta tradición. Estos clásicos son inencontrables porque se editaron en los tiempo de Maricastaña o, si están reeditados, tienen una difusión minoritaria. Es el caso de El viento en los sauces, de los libros de Winnie-the-Pooh —malogrados, qué sorpresa, por Disney—, de todos los libros de la saga de Oz excepto el primero, y era el caso del ciclo de Narnia hasta que se estrenó la película. Y es el caso, evidentemente —si no a santo de qué estoy soltando este rollo— de La colina de Watership.

Es un libro sorprendente. Leerlo ha sido todo un hallazgo, a pesar de que sea un libro fallido. Pero todo a su tiempo; empecemos por el principio. La colina de Watership es una historia en cuatro partes protagonizada por conejos. Por conejos de verdad: no andan a dos patas ni llevan corbata. Alejándose de la larga sombra de El viento en los sauces, Richard Adams creó una historia en torno a conejos reales, cuyo comportamiento documentó con minuciosidad. La etología de los conejos es exacta, y, paradójicamente, encaja a la perfección con la mitología y el folclore que inventa para ellos. Ése es el gran logro de la primera parte de la novela: hacer creíble a unos conejos que hablan y discurren, que tienen sus dioses y sus ritos, pero que siempre tienen su base en el animal real. Cuando uno comienza a leerla tiene una sensación de autenticidad inusual en las historias de animales.

Por eso es lamentable —y por eso decía antes que es una novela fallida— que demasiado pronto Adams se olvide de esto. Los conejos se vuelven demasiado humanos. Ya no te los puedes creer. Es hasta cierto punto comprensible. Escribir una historia es todo un reto con tantas limitaciones, un reto que sobrepasaba la capacidad de Adams. Si no se humaniza al personaje animal es francamente difícil construir una novela, al igual que sucede con los personajes infantiles, que tienden siempre a ser adultizados por sus autores. Algo similar sucedía en un prometedor libro de Tad Williams que se derrumba a las treinta páginas: La canción de Cazarrabo.

Y sin embargo, no puedo decir que no me guste La colina de Watership a partir de este punto. Porque sí lo hace. Sí, mi credibilidad revienta por los aires cuando los conejos planifican la construcción de una madriguera como si de un complejo de oficinas se tratase, cuando se hacen amigos de una gaviota, o cuando trazan un complicado plan que incluye usar una barca para descender por un río. Ya no son conejos. O no lo son tanto. Pero Adams tiene la suficiente habilidad como para crear personajes con los que el lector simpatiza. Una vez desaparecido el interés que suscita la perfecta caracterización conejil, quedan los individuos, y queda un libro de aventuras bastante decente. Y las correrías de Avellano, del poderoso Pelucón, del astuto Zarzamora, o del pequeño Quinto con sus visiones del futuro, son lo suficientemente emocionantes y divertidas como para compensar el fallo de Adams. Sí, la primera parte es la más valiosa. Probablemente el libro sea demasiado extenso. Pero el resto es una novela cercana a la fantasía épica nada desdeñable, una historia de amistad y supervivencia narrada con buen hacer y buen pulso. Y si uno logra obviar lo inverosímil de las situaciones descritas, puede aún disfrutar con ellas. El mejor ejemplo es la gaviota Kehaar: su aparición es completamente absurda. Que un conejo se haga su amigo y sea capaz de darse cuenta de que puede serle útil, más aún. Pero Kehaar… mola. Podría explicarlo de otra manera pero así acabo antes. La manera de hablar que Adams inventa para él es genial, y cae muy bien. Lo mismo puede decirse de la aventura de los conejos en Éfrafa —una madriguera nazi gobernada por el nada conejil pero sin embargo espectacular como personaje General Vulneraria—: es completamente increíble, pero funciona. Es emocionante, y Adams recrea muy bien la opresión de la madriguera superpoblada y el miedo de los conejos.

Su estilo le da para cumplir con solvencia, sin ser ni de lejos un buen escritor. Pero es eficaz. La lectura es ágil y es suficientemente preciso en las descripciones, algo importante en una novela en la que hay que detallar muchas situaciones difíciles de visualizar si falla la habilidad del autor. Del mismo modo, traslada correctamente, aunque sin florituras, el entorno natural de la colina de Watership, paraje real que Adams conocía muy bien. Su trabajo como funcionario agrícola le permite que su bosque y su monte no se vean de cartón piedra. Al contrario: son auténticos, al menos lo suficiente. Su mayor patinazo es la inclusión de fragmentos desconcertantes en los que Adams pontifica sobre lo divino y lo humano y, sin venir al caso en absoluto, nos cuenta su visión de la vida de una manera más que torpe, y que evidencia que ésta fue su primera novela. Y, en ocasiones, peca de ofrecer excesiva información, de explicar demasiado sucesos que se entienden a la perfección y son más valiosos con la simple descripción de los hechos, como sucede en todo lo relacionado con la madriguera de Prímula, en la primera parte. No llega esto a empañar demasiado el conjunto, de todas maneras, porque tiene otros hallazgos más acertados, como la inclusión de varias historias tradicionales de los conejos protagonizadas por la figura mítica de El-ahrairah, un trickster más que interesante, o la invención de un puñado de palabras que usan los conejos para referirse a las actividades más importantes de su existencia —silflay por comer, hraka por defecar—, o la expresión dejar de correr como eufemismo de morir, que a mí me parece precioso. Destaca también la dureza de las escenas violentas del libro: Adams no ahorra detalles y hace que veamos a unos animalitos aparentemente inocentes de una manera muy diferente, capaces de matar en una pelea a un semejante. En La colina de Watership la sangre corre y las moscas acuden a las heridas, de un modo que hoy escandalizaría a los guardianes de la inocencia infantil pero que a mí me parece fundamental para esquivar la ñoñería que sobrevuela siempre cualquier libro infantil/juvenil, y más si está protagonizado por animales.

Precisamente por esto es aún más extraño e inverosímil que ningún conejo de los protagonistas —ni siquiera de los secundarios— muera después de todo a lo que se enfrentan. A nivel argumental es uno de los mayores problemas, y sorprende, porque Adams sufre el síndrome de los enanos de El Hobbit: hay demasiados conejos con nombre propio corriendo de un lado para otro y distrayendo al lector, cuando hay cinco o a los sumo seis que realmente tengan importancia y personalidad propia; alguno podría haberse cargado, algo que habría hecho el libro aún más duro y perturbador. En todo caso, tiene una buena ración de escenas escalofriantes: el hallazgo de un erizo atropellado, la descripción de la destrucción de la primera madriguera, o ciertas peleas.

La colina de Watership no es una novela excelente. Pero es divertida, incluso cuando las correrías de los conejos se vuelven demasiado parecidas a las de los hombres. Y es una buena historia, pese a todo, ideal para niños, que demuestra que la literatura infantil no tiene que ser ni simple ni simplista. Es uno de esos libros de los que tienes la seguridad que, de haberlo conocido en la infancia, se habría convertido en lectura de cabecera para siempre. Leído hoy, me lamento de lo que podría haber sido esta idea sin torcerse el rumbo tan pronto, pero no puedo mentir: me lo he pasado muy bien. Por una vez, que baste.

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