Lobezno: El viejo Logan, de Mark Millar y Steve McNiven.

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Lobezno tiene el dudoso honor, ex aequo con Spiderman, de ser el personaje de Marvel más sobrexplotado de su historia. Es, y más aún desde la película, una máquina de hacer dinero. Es el héroe invitado favorito de la editorial, y pertenece a tantos grupos que sólo le falta unirse a las girls scout —está en ello, tranquilos—. Hace años que está creativamente agotado. Lobezno es un personaje atractivo, eso es innegable, pero no son tantas las historias que pueden contarse sobre él, al menos no que valgan la pena. La historia de Lobezno es la historia del hombre contra su bestia interior. Es el antihéroe que redime sus pecados. Y esto, que es tan viejo como mear de pie, funciona muy bien si se hace con conocimiento de causa. Pero una vez, o dos. El eterno retorno que lleva viviendo el personaje desde hace veinte años es absurdo, y justificado únicamente porque es el típico superhéroe que flipa a los fanboys. Desde hace algún tiempo su serie regular se ha convertido en una sucesión de arcos argumentales sin conexión entre sí en el que van llegando guionistas que cuentan su gamberrada y se piran por donde han venido. El personaje dejó de evolucionar cuando le quitaron el adamantium y se lo volvieron a poner. Sí, ha descubierto que tenía por ahí un hijo perdido, ha recuperado la memoria y ahora sabe que se llama James. Todo erróneo. Lobezno era mucho más efectivo cuando desconocíamos su pasado. La expectación que se creó durante décadas de enigmas, pistas falsas y búsquedas infructuosas era demasiado elevada como para que la historia montada desde que se publicó la miniserie Lobezno: Origen pueda satisfacer mínimamente a ningún lector del personaje. Salvo al que le da igual, claro, y compra la serie para ver casquería. Porque es éste el principal problema que arrastra la serie desde que se eliminó el sello del Comic Code Authority de su cubierta: se ha convertido en un catálogo de salvajadas, más o menos explícitas según el equipo creativo.

No se entiende al personaje. Lobezno era valioso por su dilema moral. Eliminado éste de un plumazo, el “héroe” puede dar rienda suelta a sus garras sin comidas de coco de ésas que se montaba Chris Claremont. Para qué preocuparse por si es moral o no matar a sus enemigos. Se le clavan las garras hasta el fondo y luego ya reflexionaremos sobre ello. El último que escribió un Lobezno que fuera de verdad Lobezno y no una máquina de matar fue Frank Tieri. El último que escribió un buen tebeo en la serie aunque su Lobezno no fuera del todo Lobezno, fue Greg Rucka. A partir de su etapa, y de eso hará ya cosa de seis años, la nada más absoluta. Su serie sólo consiste en un “a ver quién la hace más gorda” constante. Lobezno destripa y hace filetitos de villano en todos los números, y, lo que es más gracioso, el que se supone que era un luchador de la leche se convierte en un tío torpe al que ensartan, queman, o mutilan casi en cada aventura. Si al resto de superhéroes le dieran tanta cera, no quedaba ya ni uno. Además, si es que da igual: los guionistas han exagerado tantísimo con su factor de curación que es inmortal. En los setenta, si lo herían con una espada, necesitaba pararse un momento para recuperarse. Ahora, lo atomizan con una explosión nuclear y sale andando tan tranquilo. Es ridículo. Sus aventuras carecen de interés. Como digo, son una colección de burradas que, además, son bastante más light de lo que puede verse en muchos otros tebeos.

Y claro, en esto de hacer burradas para dejar flipados a treceañeros, el rey es Mark Millar. Por eso no extraña que este El viejo Logan sea un compendio que resume a la perfección todo lo que he expuesto. Con la en principio atractiva premisa de hacer un relato crepuscular donde veamos los últimos días de Logan —algo que por cierto ya se hizo hace no mucho—, Millar construye una historia alargada en exceso, con un sentido del ritmo dudoso y balbuceante, que no funciona leída entrega por entrega pero tampoco si se lee entera. ¿Entretiene? Psé. No tanto como sus primeros Ultimates o su The Authority, de lejos su mejor obra dentro del género. La visión del futuro apocalíptico en el que los villanos han triunfado —con la pueril y simple excusa de que un día, sencillamente, se arrejuntaron todos para darles de leches a los héroes— es medianamente atractiva, pero no está lo suficientemente explotada. Los guiños, las alusiones a qué ha ido pasando con los personajes, son insuficientes y, al no responder en realidad a un conocimiento profundo del Universo Marvel, carecen de mayor interés. Esto, además, ya estaba hecho, y muy bien, en el Futuro Imperfecto de Peter David y George Pérez. La historia arranca como una road movie más: un Lobezno que se ha vuelto pacifista, que se niega a sacar las garras por un motivo que posteriormente se revelará —y que es completamente previsible para cualquiera con dos neuronas, al menos en su naturaleza, si no en los detalles— se une a un anciano Ojo de Halcón, que se ha quedado ciego pero que aún así sigue sin fallar un solo tiro, y se van por ahí a buscar a su hija. Lobezno, además, necesita cuartos para pagar a Hulk y los hijos retrasados que tuvo con Hulka, que si no matarán a su familia. A partir de aquí, lo que se le ocurra a Millar: dinosaurios —uno poseído por Veneno y todo—, bandas organizadas, un niño en un puente que tiene el casco controla hormigas de Hank Pym, el spidercoche… El viejo Logan es como una de esas películas de catástrofes que basan su éxito en no dar tiempo al espectador para que se pare a pensar que todo lo que está viendo no tiene lógica alguna. En cómic, claro, es más difícil que esto funcione: el lector puede interrumpir la lectura y el tebeo no sigue sin él, de forma que es, o debería ser, muy sencillo ver que el emperador está desnudo.

Los efectos especiales de esta superproducción palomitera los pone el dibujo de Steve McNiven, uno de los “nuevos” dibujantes de Marvel cuyo éxito menos comprendo, sólo por debajo de David Finch o Leinil Francis Yu —alias “el borrador es para pringaos”—: sí, todo muy bonito, mucho detalle, mucho supuesto realismo, mucha viñeta página espectacular… ¡pero no sabe narrar! Vamos, no es que no sepa, es que yo creo que ni se lo plantea. Sus tebeos son colecciones de postales. Por eso triunfa en series donde tiene que dibujar a muchos muñecos, porque así es más divertido —veáse Civil War, también a medias con Millar.

Así, entre imágenes y frases pretendidamente epatantes, desfiles de personajes, referencias cinematográficas torpemente engarzadas, y mucha, mucha sangre, llegamos al fin de fiesta: un, llamémoslo, homenaje a Sin Perdón, en el que Logan cobra venganza y afila las garras con toda la prole de Hulk para después enfrentarse a papá en la gamberrada final, que haría llorar de orgullo al predecesor de Millar en esto del cacaculopedopisismo: Garth Ennis. A saber: Hulk se come a Lobezno. Sin echarle kétchup ni nada, a palo seco. Huesos de adamantium incluidos, no sabemos muy bien cómo. La digestión eso sí, se descubre un tanto turbulenta: Lobezno se regenera dentro del estómago de Hulk y se abre paso al exterior a garrazos. Guao.

Qué lejos queda el Millar que sabía combinar la acción y el espectáculo con la caracterización de personajes, el Millar que tenía aún ideas que contar. El actual es una parodia de sí mismo, un niño malo que hace ganar dinero a sus jefes con historias intrascendentes que, eso sí, conectan bien con un tipo de público muy concreto. Un público que no soy yo, evidentemente.

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2 thoughts on “Lobezno: El viejo Logan, de Mark Millar y Steve McNiven.

  1. Leí la historia motivado por todos los comentarios positivos que se le suelen dedicar y me quedé a cuadros. Menuda porquería de cómic. Comparto, pues, tu comentario. Me gustaría mucho que comentaras algo sobre Superman: Red Son, para mí muy superior a la de Lobezno comentada aquí, aunque creo que no se explota el punto de partida lo suficiente.

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