Sócrates el semiperro, de Joann Sfar y Christophe Blain.

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Joann Sfar y Christophe Blain son dos genios. Tienen mucho en común: infatigables renovadores de la BD, extraordinariamente prolíficos, y la misma tendencia a la dispersión en cuanto a sus series, cosa que a muchos les molesta y a mí me parece que, precísamente, ahí reside parte de la gracia de ambos. Y cuando dos autores cuyas peores obras son excelentes se juntan, sólo puede salir una auténtica maravilla.

Sfar y Blain se fusionan con tal perfección que es casi como si dieran lugar a un autor único y diferente, y su obra es, sencillamente, maravillosa. En todos los sentidos. Los tres álbumes aparecidos hasta ahora de Sócrates el semiperro son tres joyas en las que partiendo de una de esas premisas increíbles tan del gusto de Sfar —el perro filósofo parlante dado por Zeus a su hijo Heracles para que le haga compañía— los autores desarrollan un fascinante y certero recorrido por los mitos y arquetipos de la antigüedad clásica: Ulises, los mencionados Heracles y Zeus, Homero, Poseidón, Edipo… Todos se pasean por la serie, pivotando alrededor de Sócrates con un único cometido por parte de Sfar y Blain: inspeccionar la naturaleza humana.

El mito y la filosofía son dos formas de conocimiento que, en su origen, responden a la misma finalidad por parte del ser humano: explicar el mundo y a sí mismo. El primero lo hace mediante causas sobrenaturales; la segunda, por medio de la lógica. Así, en Sócrates el semiperro encontramos ambas facetas de nosotros mismos, de forma que, como en las mejores obras de Sfar, cuando acabamos su lectura, tenemos la sensación de que sabemos un poco más. Y ésa es la clave, y por eso estas historias con una ambientación tan lejana nos parecen tan cercanas, y nos afectan de manera similar a la que se encuentra en los buenos slices of life.

Sócrates, que no es humano, pero a veces lo parece, es el narrador perfecto para estas historias. Sus elucubraciones filósoficas chocan siempre con la incongruente naturaleza humana. Las pasiones son indominables, y al final, los hombres siempre le decepcionan. Pero, inevitablemente, Sócrates también sucumbe a su propio instinto, porque necesita un amo, como todo perro.

El mismo aire despreocupado y contemplativo que impregna esa otra maravilla que es El gato del rabino —de Sfar en solitario— se encuentra en Sócrates. La misma sensación de que nada es demasiado importante como para dramatizar sobre ello, que nada nunca es tan terrible como nos imaginamos. Sfar es un hombre tranquilo, un amante de las cosas pequeñas y sencillas. Y sabe transmitirlo. Es terapéutico. Su sutil y amable sentido del humor, que sabe, no obstante, cuándo afilar, es esencial para que sus historias funcionen. Es asombroso cómo las largas conversaciones acerca de lo divino y de lo humano que plagan sus tebeos se sostienen solas sin que parezcan artificiales o pretenciosas. Al contrario: hay siempre leyendo a Sfar una sensación de naturalidad. Escribe, probablemente, los diálogos mejores del cómic actual, y lo hace hablando de temas en apariencia elevados. ¿Cómo lo hace? ¿Cómo consigue hablar de filosofía o religión sin ser pesado o pedante? No lo sé exactamente, pero sospecho que gran parte de su secreto está en desproveer de gravedad a los asuntos graves y darle a las pequeñas cosas la cualidad de lo sagrado.

Con todo esto consigue Sfar que el lector con un mínimo de sensibilidad hacia lo que él está contando se enamore irremisiblemente, y se deje llevar, la mayor parte del tiempo con una sonrisa de complicidad, por el ritmo de su narración, engañosamente plácido y reposado. Porque de vez en cuando, con la habilidad de los maestros del cómic, Sfar nos sacude el sofá con momentos terribles y de una garra extraordinaria, que hace que uno se replantee si realmente es tan amable como aparenta o es sólo un recurso para que sus maldades lo sean más, por contraste. ¿Un ejemplo? El momento, espectacular, en el que en el primer álbum Sócrates fantasea con la posibilidad de matar a su amo dormido.

Usando una plantilla —rota en momentos escogidos— de seis viñetas por página, supongo que pactada con Sfar, Blain consigue en esta serie resultados increíbles. Dado que los tres álbumes se han publicado en un periodo de ocho años, Sócrates el semiperro es perfecta para ver la evolución de este dibujante que es, sin duda, uno de los grandes talentos del actual mercado francés. Blain no parece tener techo: cada vez es mejor. Habrá quien considere que el dibujo bueno es únicamente el “académico”, el realista, pero si superaran un debate que en la pintura lleva un siglo clausurado, se darían cuenta de que el símbolo puede ser más poderoso que la emulación fotográfica. Lo demuestra Blain en cada una de las viñetas de Sócrates, igual que lo demuestra Sfar en las series propias. Blain tiene soluciones espectaculares en su sencillez, se maneja a la perfección en una variedad de registros amplísima, domina los recursos narrativos —esas magistrales elipsis— con una soltura que la mayor parte de los muchos sobrevalorados dibujantes americanos de superhéroes mataría por conseguir, puede limpiar sus figuras de todo detalle o dibujar masas oscuras llenas de trazos, y sobre todo, dibuja al perro Sócrates como nadie. Lo del tercer tomo es que ya no es normal: no he visto en mi vida un perro mejor dibujado. Espectacular.

Lo dije hace unos días, tenía unas ganas terribles de leer el nuevo Sócrates. Ha habido que esperar cinco años, aunque es de agradecer que Sins Entido haya sacado su excelente edición —¿por qué ciertos editores no se fijan en lo que hace la mejor editorial de país en lugar de estar cada dos por tres poniendo excusas absurdas a negligencias inexcusables?— tan sólo tres meses después de su aparición en Francia. Aún es pronto para decir si este tercer álbum, Edipo, es mejor que los dos anteriores. El listón estaba alto. Es, en cualquier caso, un tebeo excelente e imprescindible. Un cómic que habla de la vida y de la muerte, del amor y del sexo, de la venganza y del perdón. Sin tomarse en serio ninguno de ellos. Es una delicia para disfrutar una y otra vez, un lugar al que volver durante toda la vida, porque es una obra que crecerá con nosotros. Sfar y Blain, Blain y Sfar: no llega ninguno de los dos aún a los cuarenta, y ya han creado varias de las obras más importantes del cómic del nuevo siglo. Su impacto e importancia no se puede valorar aún con propiedad, pero sé que algún día se hablará de esta generación —los Trondheim, Blutch, Guibert, David B.— como la mejor que ha dado Francia. Son los que han sabido ir un paso más allá en la forma y en el contenido, los que han llevado al cómic a la definitiva madurez como medio. Y son casi todos insultantemente jóvenes para hacer lo que han hecho durante toda esta década: me da escalofríos pensar qué no podrán hacer aún. Y lo dicho: que lean Sócrates, coño.

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