La ascensión del Gran Mal, de David B.

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En ocasiones, las obras maestras no son reconocidas como tales hasta que pasan unos años. Son obras adelantadas a su tiempo que no son adecuadamente valoradas o entendidas en su contexto, y precisan de un alejamiento que dé suficiente perspectiva. Es el caso, creo, de las obras de Chris Ware o la de autores franceses como los Sfar y Blain de los que hablaba hace poco. Otras en cambio crean la sensación en el lector desde un principio de ser un hito en el medio, de estar cambiándolo para siempre. Es lo que sucede con La ascensión del Gran Mal de David B.

Una obra tiene que reunir muchos requisitos para ser incuestionable, para ser incluida dentro de un canon y marcar un antes y un después de su aparición. No basta con menos que la excelencia en todos sus aspectos. La ascensión del Gran Mal la alcanza. Tiene el peso necesario, la carga cultural, artística y personal para ser considerado con toda justicia la primera gran obra del tebeo en el siglo XXI, aunque esté realizado a caballo entre dos siglos, y una de las mayores muestras de cómo partir de la autobiografía para construir una historia universal capaz de afectar a cualquier lector. David B. es un genio indiscutible. Lo es porque domina a la perfección los recursos de la historieta, porque integra como nadie texto y dibujo, porque crea un universo propio de símbolos y figuras, porque entiende cómo funcionan esos símbolos y usa la metáfora visual para aprovechar toda la fuerza que como medio tiene el cómic, y que hace que lo que se cuente con su lenguaje, si está bien contado, no pueda contarse con ningún otro. Teje David B. una historia ambiciosa, se desembaraza de los tópicos del slice of life, historias pequeñas casi por definición, y crea algo grandioso y universal, un mostruo que es mucho más que su biografía. Los diferentes niveles de lectura, la complejidad de las historias que se entrelazan, y que parecen, y quizá los sean, una sola en realidad, la profunda sinceridad que destilan sus páginas, hace que sea una obra disfrutable tanto intelectual como emocionalmente, aunque lo de “disfrutable” no sea quizás la palabra más adecuada para referirse a ella.

Porque más allá de cualquier análisis, La ascensión del Gran Mal es una lectura terrible. Una que desde que se lee la primera vez te afecta irremediablemente. Es imposible no sentise cambiado tras adentrarse en el mundo alucinado de David B. Alucinado y enfermo. Sobre todo enfermo. Las imágenes de esta obra son perversas: se enganchan en la mente del lector, la envuelven como alquitrán. Su intensidad araña las tripas, su fuerza abrumadora perturba y causa un malestar físico. Es un cómic opresivo y enfermizo que transmite un desasosiego que sólo iguala, en cómic, From Hell. No es una lectura agradable, no apetece con frecuencia revisarla. Pero es difícil no pensar a menudo en sus páginas. y hacerlo con una sensación agridulce, la que produce una obra que se sabe excelente pero que trata temas que nos causan rechazo. Querríamos mirar hacia otro lado, pero algo nos lo impide y nos impulsa a seguir leyendo y a no salir del mundo que David B. ha imaginado y que, en mayor o menor medida, impregna toda su obra dotándola de unidad. La fascinación casi morbosa que se siente es malsana, pero inevitable.

Hablemos del argumento. La ascensión del Gran Mal es la historia de la enfermedad del hermano de David B., aquejado de epilepsia, el Gran Mal, desde pequeño. La excelente primera persona narra con frialdad y humor negro, pero sobre todo con una sinceridad brutal y descarnada, la lucha de su familia por intentar curar a Jean Christophe. Poco importa, en realidad si lo contado se ajusta del todo o no a la auténtica biografía de David B.; incluso aunque todo fuera imaginado, no perdería ni un ápice de su valor. Pero sí, las páginas de La ascensión del Gran Mal sangran amargura y desesperación. La vida del autor y su familia se convierte en un infierno, lentamente, sin ser conscientes de ello. La incertidumbre se adueña de ellos, y comienza una pesadilla kafkiana interminable, a la busca de la cura del Gran Mal. Médicos de todo tipo, espiritistas, terapias macrobióticas, psicólogos… Todos, retratados con despiadado sarcasmo, fallan en el intento. Cuando Jean Christophe parece mejorar, sólo es para estar después aún peor. Pasan los años y queda claro que la situación no cambiará nunca. El hermano mayor de David B. no sanará jamás. Su familia aprende a vivir en ese estado de permanente enfermedad, y él abandona y se convierte en un inválido. Una y otra vez caen en el mismo abismo, y cuando parece que se ve la luz, caen aún más profundo, y el lector con ellos. El autor describe con escalofriante detalle cómo deseó entonces la muerte de su hermano, cómo él mismo pensó en matarlo. Cómo se veía reflejado en su fracaso vital, y el miedo a desarrollar el también la enfermedad.

Pero La ascensión del Gran Mal es también y sobre todo, desde mi punto de vista, la historia de la búsqueda de una identidad. David B. cuenta cómo de pequeño se refugió en el dibujo y en las historias de guerras y dioses, fantasías de poder necesarias para escapar de la realidad que lo rodeaba. Es fascinante ir viendo cómo construye su propia identidad de modo consciente, en contraposición a su hermano, buscando vencer a ese monstruo que es la epilepsia, magníficamente simbolizada por un dragón, que cree que lleva dentro de él. El autor se crea su propia mitología, sus propios dioses animales protectores. Y, significativamente, cambia de nombre para ser una persona nueva, una que no sucumba a la enfermedad, una que no se vea atada por su hermano, al que aún quiere. Alejarse, al crecer, del hogar familiar, será una liberación para él, pero la sombra de su hermano y la enfermedad siempre lo perseguirán. Asistiremos a sus estudios, al inicio de su carrera como dibujante. De pasada veremos la fundación de La’Association. Pero el Gran Mal siempre le sobrevolará, más aún cada vez que visite a su hermano, convertido ya en una presencia fantasmal, prácticamente un vegetal incapaz de hacer nada por sí mismo. Lo odiaba por elegir estar enfermo, por no luchar. Se odia por odiarlo, por no intentar comprenderlo, aunque, en el final de La ascensión del Gran Mal, en una secuencia onírica mantiene una imaginaria conversación con él y se reconcilia, en cierta forma, con sus fantasmas.

No es fácil transmitir el verdadero valor de La ascensión del Gran Mal sólo con palabras. Entre otras cosas, porque David B. exprime las posibilidades del dibujo hasta límites rara vez traspasados. No es que dibuje mejor o peor; es que es, como le dice en el último tomo de la serie un profesor, un dibujante “inquietante y perverso”. Su estilo es único: impreciso, moviéndose en la frontera entre lo realista y lo onírico, capaz de fluir de una viñeta a otra y pasar de la realidad a la alegoría visual, a la metáfora que da forma a lo abstracto y que evoluciona y se transforma, siendo cada vez más presente según el autor madura y el niño que es él también crece dentro de la obra. Gracias a ello podemos realmente ver la epilepsia rodeando a su hermano y a éste cambiando cuando la enfermedad lo asalta. Las viñetas de este cómic son lugares blandos, en los que nunca sabes dónde estás pisando. El lector se deja llevar, porque no tiene otra opción. David B. se te engancha con sus dibujos enfermos, con sus siniestras caras sonrientes, con sus animales, con su universo de símbolos, con sus cuadros herederos de El Bosco y del primer Escher. La mayor parte de los escenarios en tanto que son recuerdos del autor, son dúctiles y se retuercen como si fueran sueños.

Pero lo verdaderamente grande de La ascensión del Gran Mal es que no se note lo gran autor que es David B. y el perfecto dominio que tiene de las herramientas a su disposición. Porque podría hablar de su uso del blanco y negro, del manejo de la plumilla, especialmente en el último tomo, de lo buen escritor que es, de la excelente primera persona, de lo bien que inserta historias de personajes secundarios o sueños propios en la narración. Pero todo eso da igual. David B. consigue que dé igual, y por eso es un maestro. Porque lo que queda cuando uno lee esta historia es el mal cuerpo, el miedo, la angustia, y a veces, la compasión. El perfecto aparato formal sobre el que se asientan las emociones y sentimientos que transmite la historia no se ve, no se aprecia casi si no se busca; pero sin él el edificio se derrumbaría. Y en esta paradoja reside, ya digo, la grandeza de este tebeo, en el que el experimento narrativo es un medio para un fin y no un fin en sí mismo.

Poco más puedo decir. Es un cómic que cambió mi forma de ver los cómics, que me marcó más allá de ser una buena o una excelente lectura. David B. inventa en La ascensión del Gran Mal una nueva forma de afrontar el género autobiográfico, que hasta entonces se sustentaba en el texto y usaba el dibujo como un mero apoyo funcional. David B. se transforma a través de su obra. Nos cuenta quién era, expone su mundo al lector y le deja asistir a su conversión, deja de ser el que era para ser su personaje literario. Por el camino, nos ha afectado en lo más hondo de nosotros, haciendo que nos planteemos preguntas incómodas, tocando las fibras de nuestro inconsciente con esos dibujos que harían salivar a un psicoanalista. Nos ha hecho conocernos mejor a nosotros mismos. Y eso jode, claro. Porque nadie es gran cosa por dentro. Por eso la relectura cuesta: reabre las heridas que el tebeo nos hizo la primera vez.

Habrá quien prefiera leer tebeos más alegres o ligeros, historias que no revuelvan las tripas. Para ellos no es La ascensión del Gran Mal. Pero por encima de las preferencias personales, es justo, y es inevitable, considerar este cómic como una de las cumbres de la historieta, y a David B. como uno de los mejores narradores, de este o de cualquier otro medio, que han dado los tiempos recientes.

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