Tr3s Lunas, de Mike Oldfield.

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En 2002 Mike Oldfield ya no estaba para nadie. Encerrado en su mansión, embobado todo el día delante de la pantalla de su carísimo ordenador, andaba fascinado con la creación de un videojuego, Music VR, que incorporara su música y fuera una experiencia sensorial sin parangón. El juego, que pude probar hace unos años, no es que fuera nada del otro jueves, pero curioso lo era un rato. El disco de música que lo acompañó en su salida al mercado ya es otra cosa.

Esto es lo primero que tenemos que entender de este proyecto: para Oldfield lo más importante era Music VR. La música contenida en Tr3s Lunas, si bien tiene más trabajo que The Millenium Bell, responde, en mi opinión, a la necesidad de cumplir el contrato con Warner Music y poner fin a una relación que había empezado muy bien, con varios éxitos comerciales, pero que ahora moría de desidia. Así que Oldfield, ya que estaba liado componiendo la banda sonora de su juego, seleccionó o creó expresamente unas cuantas pistas para conformar un CD que Warner pudiera vender junto a Music VR. De hecho, si se juega, o si se escucha el disco creado por sus aficionados y compuesto por la música extraída del mismo, uno se da cuenta de que, sin ser tampoco espectaculares, varios cortes son bastante mejores que los incluidos en Tr3s Lunas.

Como ya no podía ser de otra manera, todo el disco sufre el abuso tecnológico que ya era habitual en su trabajo. Más aún, porque era la intención de Oldfield que la música sonara “moderna” y “futurista”. Salvo su guitarra y su piano, absolutamente todo está sampleado. Hasta el saxofón que aparece en algunos temas. La percusión es, por momentos, insoportable. Los ambientes que Oldfield crea a base de programas informáticos y sintetizadores son planos, pesados, molestos. Se pierde en ellos, confunde, como lamentablemente tiende a hacer en los últimos tiempos, los sonidos “bonitos” con la calidad. Lo que debería ser accesorio se convierte en la base y el leitmotiv de la música. La composición es lo de menos. Si desnudáramos la mayor parte de las pistas de Tr3s Lunas de sus adornos sintéticos, apenas quedaría una raspa que aprovechar. Warner publicitó este álbum como el disco chill out de Mike Oldfield. No me interesa en absoluto ese estilo, así que no puedo saber realmente esto es o no chill out. Pero es evidente que comparte su objetivo: relajar al personal. El lado más místico de Oldfield salía a relucir en las entrevistas de la época cuando explicaba que tanto disco como juego buscaban ser una experiencia relajante para el oyente, algo que sanara su espíritu, como si del taichi se tratara. Y al menos, eso hay que concedérselo, lo consigue a veces.

Porque, sorprendentemente, no todo en Tr3s Lunas es despreciable. Parte de una buena premisa. Si la pretenciosidad de The Millenium Bell lo convertía en un disco hasta risible, la humildad de Tr3s Lunas predispone a su favor. Busca tan poco Oldfield que involuntariamente tampoco exigimos demasiado. Es un trabajo menor y él lo sabe y no lo oculta. Es una música modesta hecha en casa con las pantuflas puestas, sin complicarse la vida pero, al menos, tomándose la cosa mínimamente en serio. Más allá de las vocalistas y un par de ingenieros que le programaron la percusión, no requirió la ayuda de ningún músico. Por eso es inevitable que caiga en la autocomplacencia de la que tanto he hablado ya y en la que no voy a abundar más. Pero no está desafortunado del todo. Hay, al menos, más guitarra, mucha más, que en el anterior disco. El oyente no tiene la sensación de que le está tomando el pelo pese a los abusos electrónicos y a los loops contínuos. Sí, es verdad que al final se hace muy aburrido, muy igual —y eso que no lo es—. Es cierto que duerme, que no tiene garra, que no hay clímax ni anticlímax. Es una música “espacial” sin complicación alguna. Y sin embargo, por lo menos no cabrea. Oldfield parece decirnos: “no le deis demasiada importancia. Tr3s Lunas es lo que es”. Te lo pones para dormir y ya está. Es para eso. ¿Triste final para una carrera como la suya? Desde luego. Pero tras The Millenium Bell, recuerdo lo aliviado que me quedé en su momento cuando escuché este trabajo y descubrí que por lo menos lo podía escuchar sin sentirme ofendido en mi inteligencia. No nos quiso estafar. Con The Millenium Bell sí. Nos vendió la liebre y luego resultó ser un gato feo y esquelético.

Detenerme en cada tema casi resulta innecesario, pero alguna nota puede ponerse. En general todos adolecen de lo dicho anteriormente: demasiado enlatados y sintéticos. Además, más de una vez nos sorprendemos escuchando sonidos que remiten a otros trabajos de Oldfield, especialmente The Songs of Distant Earth, pero, aunque no sea esto una virtud, tampoco negaré que a estas alturas hace algo de ilusión. Dentro del tedio general, hay algunos cortes muy vulgares —Sirius, Viper, Thou Art in Heaven, Landfall— y otros en los que encontramos alguna chispa que se impone un poco al aburrimiento. Es el caso del tema Tres Lunas, el mejor del álbum, en el que Oldfield se sacude las telarañas y nos regala una guitarrilla apañada, sobre un fondo en el estribillo extraído de ¡Dark Star! Turtle Island es otro tema con cierto interés, porque, al menos, consigue lo que se propone: es el único que me relaja, y además es donde mejor encaja el saxofón de mentira que usa Oldfield durante el disco. Que no hiciera el tremendísimo esfuerzo de contratar a un saxofonista de sesión para grabarlo es el mejor ejemplo de la pereza en la que se encontraba. Y poco más: To Be Free, el corte “comercial”, en tanto que dispuso de video clip y hacía mayor uso de las voces, siempre me pareció muy poquita cosa, menos aún que la media de Tr3s Lunas; No Man’s Land o Return to the Origin tienen sus momentos pero me dejan muy, muy frío; Daydream es el inevitable tema a piano que se cae a pedazos porque Oldfield nunca ha sido lo suficientemente bueno con el instrumento como para hacerlo protagonizar un tema y que tenga interés.

Un disco pobre e intranscendente. El hecho de que no nos pareciera en general tan horrible en su momento expone las miserias del Oldfield contemporáneo mucho más. Habíamos llegado a extremos tales que este álbum simplón y vago nos parecía lo mínimo exigible. No lo era, y hoy, al escucharlo, tampoco lo es. Tr3s Lunas es, como mucho, perdonable. Pero nada más.

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