El maravilloso viaje de Nils Holgersson, de Selma Lagerlöf.

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He vuelto a leer otro clásico de la literatura juvenil que está completamente olvidado en nuestro país: El maravilloso viaje de Nils Holgersson, de Selma Lagerlöf. Lleva sin reeditarse casi tres décadas, creo; yo he conseguido encontrarlo en una biblioteca pública, en una edición infame de traducción arcaizante y una media de una errata cada dos páginas. Los que sean de mi generación recordarán, eso sí, una serie de animación, de ésas tan buenas que se hacían en Japón coproduciendo con un país europeo, que es de principios de los ochenta, aunque aquí la vimos en los noventa, si no me equivoco. Pero no conozco a nadie que haya leído el libro. Y qué pena que esté tan arrinconado, porque lo de maravilloso no está escrito a la ligera.

A medio camino entre la literatura de viajes y la fantástica, en realidad su origen es muy diferente; en un primer momento, la idea es que fuera un libro de texto de geografía, encargado por la Asociación Nacional de Maestros de Suecia. Lagerlöf era y es toda una institución cultural en su país, y en su día fue la primera mujer en recibir el Nobel de Literatura, en 1909 —aunque vista la trayectoria posterior del premio, tampoco es decir mucho—. Aceptó el encargo, pero pronto empezó a crecer desmesuradamente, convirtiéndose en algo muy diferente. La historia de Nils Holgersson, un niño vago y cruel con los animales al que un duende convierte en diminuto, y su viaje alrededor del país junto a una bandada de patos salvajes le sirven de pretexto a Lagerlöf para realizar un libro que recoge la esencia de Suecia y sus gentes. Pocas veces se tiene una sensación tan clara de estar ante una novela “nacional”, que sirva como referente y como compendio de su idiosincrasia. Efectivamente, la descripción geográfica es una parte importante de la novela. Lagerlöf recrea minuciosamente un país frío y húmedo, escasamente poblado, con paisajes variados y unas pocas ciudades salpicándolo. La presencia de la bandada de patos se descubre como una ingeniosa solución que le sirve para describirlo a vista de pájaro. Pero va, afortunadamente, mucho más allá.

Lagerlöf entremezcló con la descripción del viaje de Nils una sensibilidad especial para el mundo rural y una actitud ecologista, así como un gran número de leyendas y cuentos tradicionales suecos, e historias paralelas de animales y hombres. A veces las historias son contadas por personajes a los que Nils escucha desde un escondite. Otras, él mismo se convierte en protagonista de las mismas, dada su condición de “duende”. La narración avanza sin prisas y se mueve de Nils a otros personajes, engarzando las historias con pericia, sin que chirríen en la trama principal. Es un libro relajado, para perderse en él y dejarse llevar por su gran protagonista, que no es otra que la misma Suecia. El folclore da quizás los mejores momentos de la novela: la ciudad sumergida; la historia de la región que pidió al resto que le dieran aquello que no necesitaban y así se formó a sí misma con montes, playas, bosques y campos sin valor; una versión de la historia arquetipo de la selkie —aunque en la traducción que leí se hablaba, incomprensiblemente, de “ondinas”—. En suma, una fascinante mezcla que hace de este El maravilloso viaje de Nils Holgersson una agradable y sorprendente lectura, en la que uno puede encontrarse, si no cualquier cosa, casi. Hasta se permite la autora escribirse a sí misma encontrándose con su criatura. El final esquiva elegantemente la moraleja, que existe, pero no se enfatiza, y se centra en la melancolía de Nils al dejar marchar a la bandada una vez se ve libre de su maldición, en la pena que siente al saber que nunca más podrá volver a entenderlos.

Una obra capital de la literatura juvenil que hoy, como tantas, está completamente olvidada salvo en su país de origen, donde se la reverencia. El maravilloso viaje de Nils Holgersson merece y pide a gritos una reedición y una nueva traducción que la dé a conocer como el clásico que es, aunque, evidentemente, ha pasado hace mucho el tiempo en el que un crío de catorce años pueda leer y disfrutar algo así. Gracias a los dioses, ha venido Crepúsculo para que al menos lean algo, como dicen sus defensores. Menos mal.

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