Adaptando superhéroes.

Al hilo del post anterior en el que enlazaba uno de La Cárcel de Papel que a su vez enlazaba una entrevista a Trueba —vaya lío—, he estado pensando en el tema de los superhéroes en el cine. Más de una vez he dejado ver que no me interesan prácticamente nunca las películas que adaptan cómics, pero hoy me gustaría analizar por qué no funcionan los superhéroes en imagen real.

Porque creo que no lo hacen en absoluto. Y no sólo eso, sino que en parte estoy de acuerdo con Trueba en el tema de la épica del superhéroe: si nos atenemos a lo visto en el cine, no existe. En cómic no voy a insultar la inteligencia de nadie poniendo mil ejemplos de que sí la hay. Si la definición canónica de héroe es “individuo que se sacrifica por la sociedad”, entonces los de papel lo han sido muchas, innumerables veces. Ergo hay épica. Pero en cine no.

Seamos todos sinceros y realistas. Absolutamente ninguna de las películas que han adaptado personajes de Marvel, DC u otras editoriales ha sido una obra maestra. Son, y pretende ser desde su misma concepción, blockbusters palomiteros que recauden lo que tengan que recaudar y se olviden en un mes —luego sacan el DVD, terminan de exprimir el tema, echan cuentas, y si conviene, se hace segunda parte—. Y es así. El hecho de que haya gente que sea incapaz de ver más allá del cine de las grandes producciones pirotécnicas y que por tanto encumbre alguna película de superhéroes que por comparación tiene algo de sustancia no cambia nada. No he visto todas las películas que se han hecho dentro del subgénero, pero creo que la única que quedará en la historia del cine en un lugar decoroso es The Dark Knight. Y tengo mis reservas, porque debería verla otra vez —pero, significativamente, no me apetece—. X-Men 2 fue una agradable sorpresa, una película bien hecha y entretenida.

Pero ¿por qué no funcionan, por qué son incapaces de trasladar la esencia y la épica de los superhéroes al cine? ¿Puede hacerse, aunque de momento no se haya hecho? ¿Es necesario? Por partes.

No funciona, creo, por múltiples causas. La primera es radical: el funcionamiento de la industria. El cine comercial que tiene la necesidad de romper récords de taquilla con cada estreno es un producto que por definición es impersonal, es un conglomerado de intereses en el que lo de menos es la fidelidad al tebeo o la opinión de la propia editorial. Patrocinadores, productores, estudios de mercado… Todo el mundo impone unos mínimos que, en la práctica, han conseguido que todas las películas sean iguales. Los guionistas se ven obligados a meter tantos elementos indispensables que, aunque fueran capaces, no pueden hacer un buen guión que abunde en los aspectos en los que debería. No hay tiempo. No se concive, por poner un ejemplo, una película de superhéroe sin interés amoroso. A esto se suma la impericia de la mayoría de directores que han realizado películas de superhéroes, claro. Zack Snyder es un pobre hombre que queda muy lejos —jamás sabrá cuánto— de entender Watchmen. ¿Alguien recuerda los nombres de los directores de Los Cuatro Fantásticos, de Daredevil, de Ghost Rider? Significativamente, los mejores frutos son obras de directores capaces: Bryan Singer en X-Men 2 y Christopher Nolan en The Dark Knight. Alguno hay que se ha estrellado y no es mal profesional, como Ang Lee en Hulk, pero son los menos. Sam Raimi no cuenta: lo siento, pero El ejército de las tinieblas no es buena.

No es que sean malas adaptaciones: es que son malísimas películas. Por tanto vemos que las imposiciones de la industria y su propio funcionamiento imponen un patrón y un esquema argumental que, con mínimas variaciones, aparece una y otra vez: origen del héroe, héroe conoce chica, héroe se pega con villano, villano descubre identidad secreta del héroe, villano secuestra chica, “ahora es personal”, hostias finales, beso, créditos, y a casita. La sensación que se acaba teniendo es que los muñecos son completamente intercambiables, lo cual me lleva al segundo motivo:

La incomprensión de los personajes y la traslación fallida de los mismos. No sé si es o no frecuente que cuando un director recibe el encargo de una película protagonizada por un personaje con un bagaje de décadas se moleste en documentarse. Es mucho pedir, cuando es algo que ni siquiera hacen la mayoría de los guionistas actuales de los cómics. Tengo la sensación de que en algún caso aún puede pesar la escasa consideración que tiene la historieta para muchos: como son sólo tebeos, no vale la pena perder el tiempo, yo soy director de Cine, Arte Con Mayúsculas, y cualquier cosa que haga será más seria y más fundamentada que un tebeíllo. Sea como sea, por incapacidad o desinterés, el superhéroe queda reducido a una imagen de franquicia, a un traje, a unos poderes con un aspecto visual determinado. A un icono. Y ahí está el error: los superhéroes, antes son héroes. Y si son son héroes, es porque previamente son personas. Si reducimos al personaje a un mero muñeco articulado, lo estamos desproveyendo de la capacidad de ser épico. No hay humanidad en prácticamente ningún superhéroe llevado al cine. Son, como eran hace sesenta años, mero escapismo y entretenimiento irreflexivo, que obvian la revolución que supuso la visión de Stan Lee, que, precisamente, incidía en el aspecto humano, y por lo tanto auténticamente épico, del héroe. No hablemos ya del trabajo de los autores, que, partiendo de Lee en primera instancia, han revolucionado el género y añadido nuevos pisos a la construcción —Alan Moore y Frank Miller, fundamentalmente—. Dicho de otro modo: más importante cuando uno adapta al cine a Spiderman es trasladar adecuadamente a Peter Parker. Porque él más que ninguno es lo más alejado que puede haber de un icono. ¿Qué simboliza, en una sola palabra? Nada. Es mucho más que eso. La culpa, si acaso, pero no sólo. Es un cúmulo de circunstancias, es una historia, es una visión ante la vida entre lo cínico y lo optimista. Si Spiderman fuera un icono, no importaría quién estuviera bajo la máscara. Por eso cuando Sam Raimi convierte a Peter Parker en un llorica torpón insoportable está demostrando que no entiende al personaje —todo esto al margen de la cantidad de incongruencias que tienen sus filmes—. De la misma manera, si analizamos la mayoría de películas basadas en personajes Marvel, nos encontramos más de lo mismo. ¿Qué tiene el Daredevil del cine del Matt Murdock de los tebeos, al margen de que está ciego? ¿Elektra? ¿Y los Cuatro Fantásticos? ¿el Doctor Muerte? Se vacía de contenido al personaje, se deja una carcasa vacía conveniente, y por tanto es imposible la más mínima reflexión acerca de su naturaleza o la épica o heroicidad de sus actos. Tan sólo se atisba esto en The Dark Knight. Y en general esto hace que los superhéroes sean excesivamente infantiles, en el sentido peyorativo de la palabra. Simples, maniqueos, planos. De nada me sirve que el director de Daredevil vaya de friqui por la vida colando varios nombres de autores de tebeos en su película, entre ellos Miller, si luego hace una chorrada ridícula que queda lejísimos del trabajo del mismo. Catwoman no respeta ni al personaje, ni al lector, ni al espectador o su inteligencia. Los Cuatro Fantásticos es un vídeo-clip de dos horas y pico donde Jessica Alba, esa infra-actriz, es el mayor atractivo para el espectador objetivo de la película, que no es otro que el cani que considera que The Fast and the Furious es el mejor film de la historia.

No es entonces un problema de los superhéroes: es un problema del cine actual. En otras épocas más fértiles no hubo medios técnicos para trasladar a los personajes del papel al celuloide: hoy no hay talento. Si no se entiende qué es un superhéroe, difícilmente puede transmitirse a los demás. Pero Trueba y quienes opinen como él no tienen en cuenta que tampoco hay épica ni héroes en el 90% del cine mainstream americano, que adolece exactamente de los mismos problemas que las películas del subgénero, porque éstos son efecto, y no causa. Da igual cuánto cine con la etiqueta de “épico” se haga, ni cuánto presupuesto tenga: tiene que venir Clint Eastwood a rodar con tres duros Gran Torino y mearse en todas las superproducciones recientes, y demostrar qué es la épica. Épica cuya definición, por cierto, ha cambiado mucho. Desde la posmodernidad, o la épica no es ya exclusivamente patrimonio del héroe, o ha cambiado la definición del mismo. Téngase en cuenta que también se “inventó” la figura del antihéroe por algo: un héroe a su pesar, un cínico para tiempos cínicos, que al final hace lo correcto. Han Solo, vaya. Pero también está la épica del fracaso: The Wrestler de Aronofski, por ejemplo. ¿Randy es un héroe? No en el sentido tradicional. Su sacrificio no salva a nadie, es un acto más egoísta que altruísta. Y sin embargo, sólo puede calificarse de épico. Existe la épica de lo cotidiano, e incluso puede ser épica la acción más irrelevante, si es tratada de la forma adecuada. Porque en cine, la épica es ritmo, es elección de planos, es banda sonora, es iluminación. Da lo mismo que los tres protagonistas de El bueno, el feo y el malo sean tres golfos que sólo quieren conseguir un botín: el duelo final de esa película es una cumbre del cine, y lo es porque consigue Sergio Leone a base de planos, ritmo y banda sonora que sea épico.

Centrémonos de nuevo en los superhéroes. Es absurdo afirmar que éstos son lo contrario de la épica, como hace Trueba, pero no es menos absurdo no reconocer que no siempre funcionan así en los cómics y prácticamente nunca en el cine. Demasiado a menudo se diluyen en la fantasía de poder adolescente y el mero alarde de poderes. Pero en esencia, si la épica es el patrimonio del héroe, el del superhéroe debería ser la superépica: es decir, confrontarlo con amenazas y dificultades superlativas, que vayan más allá de su poder sobrehumano —que, recordemos, no siempre es espectacular: no todos los superhéroes son Superman, y olvidarlo es cometer un error claro a la hora de enjuiciar este asunto—. Da lo mismo, por poner un ejemplo concreto, que Spiderman tenga superfuerza; la secuencia clásica de Lee y Steve Ditko en la que el superhéroe vence sus dudas y levanta toneladas de escombros en la célebre viñeta página es sin ninguna duda épica. Y da lo mismo esa superfuerza porque la dificultad de la tarea excedía en mucho el poder del héroe.

Sin embargo, incluso teniendo todo esto en cuenta, es posible que haya que enfrentarse a una posibilidad que de momento no ha sido desmentida por ninguna película: es posible que sea imposible trasladar a los superhéroes del cómic al cine. De forma literal desde luego no. Por la propia naturaleza del medio, la mayor parte de las proezas que realizan los personajes de Marvel o DC funcionan perfectamente en papel, pero no tan bien en movimiento. El dibujo permite mostrar absolutamente todo. La coreografía propia del género que tan bien funciona cuando el coreógrafo es capaz —George Pérez, Alan Davis— naufraga miserablemente en el cine, como demostraron lo irreales y ridículos que se veían los saltos y piruetas de los muñecos infográficos que vimos en la saga de Spiderman o en Daredevil. Los efectos especiales son un arma de doble filo que dota a la película de una involuntaria fecha de caducidad. Cuando se opta por un acercamiento no literal más ajustado a lo que serían los combates entre superhumanos en la vida real, como en las películas de X-Men, todo parece insuficiente, soso. Lo mismo sucede con los coloristas e imposibles trajes inherentes al género o con los diseños de ciertos personajes. Si no caemos en la endogamia del que no ve otra cosa, tenemos que reconocer que, en pantalla, el traje de Spiderman es ridículo —y lo es más aún en la medida en la que quisieron hacerlo más sofisticado que el del cómic—. La Cosa es irrepresentable en imagen real si lo que se pretende es conservar la enorme fuerza de su apariencia que representaban Jack Kirby, John Byrne o Carlos Pacheco. El traje de goma del film no es, desde luego, la mejor opción, pero no hay forma de trasladarlo adecuadamente. Porque hay cosas que simplemente no funcionan en tres dimensiones o en imagen real. No entender esto da lugar a los múltiples esperpentos que hemos tenido que tragar en la última década. Los directores que optan por un acercamiento no literal a un cómic, que construyen su propia visión de unos personajes y unos conceptos pero prescinden de lo accesorio, son los que consiguen los mejores resultados: de nuevo, Singer en X-Men. En sus dos películas, el director en realidad está trasladando únicamente el conflicto central de la serie de Marvel: la existencia de mutantes y el choque entre ellos y la humanidad. Los personajes en sí, salvo alguna excepción, no tienen más similitud con sus equivalentes en papel que sus poderes. Cíclope no es Cíclope, Pícara no es Pícara, Rondador Nocturno no es Rondador Nocturno y desde luego Tormenta no es Tormenta. El protagonismo coral y el hecho de que a estas alturas haya múltiples versiones alternativas de los X-Men hace que en este caso esto no me parezca tan importante. Pero en la mayoría del resto de adaptaciones sí lo es. Deberían entender que la traslación debe ser mínimamente meditada, pero, y ahí está la cuestión, es posible que los cambios requeridos sean tantos que no merezca la pena adaptar. Que los resultados, en el mejor de los casos, sean pasables. The Dark Knight, en este escenario, se antoja como un esfuerzo titánico cuya estela nadie ha seguido ni creo que seguirá. Los estudios cinematográficos siguen produciendo películas de superhéroes con plantilla y sin calado alguno. No son ni entretenidas, porque, como la gran mayoría, son estúpidas. El problema de Los Cuatro Fantásticos no es que los superhéroes sean absurdos: es que es una película borderline llena de incoherencias injustificables.

Resumiendo: que creo que puede hacerse mucho mejor, pero también que nunca lo suficiente. Jamás una película de superhéroes supondrá para su medio lo que Watchmen o Born Again, o los Cuatro Fantásticos de Lee y Kirby supusieron para el suyo. Es en acercamientos no explícitos y no confesos al medio donde, paradójicamente, encontramos mejor trasladado su espíritu. Taxi Driver es más y mejor vigilante que el Rorschach cinematográfico, y que, desde luego, cualquiera de los tres Punishers que hasta la fecha hemos aguantado. Terry Gilliam entendió mejor los mecanismos de Watchmen en Doce Monos que Snyder en su adaptación a cámara lenta. Pero la necesidad de comprar la franquicia y de invertir ingentes cantidades de dinero marca irremediablemente la dirección de las adaptaciones “oficiales”. Productos para adolescentes, sin profundidad ni reflexión alguna, que dan, efectivamente, la sensación de que así son los superhéroes, y que no pueden ser de otra manera. Películas con música cool y un reclamo sexual enfundado en cuero y látex, se llame Halle Berry o se llame Scarlett Johansson. Me preocupa más que esté pasando en los cómics, la verdad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s