The Big Bang Theory.

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En estos tiempos en los que “lo friqui” está de moda, era sólo cuestión de tiempo que surgiera algún producto televisivo que aprovechara la coyuntura. Afortunadamente, ha sido uno tan bien hecho como The Big Bang Theory.

Rodada con pocos medios —algo que es especialmente obvio en la primera temporada—, cuatro escenarios, y cinco personajes básicos, la serie se aleja de los estándares clásicos de las sitcom y evita el malentendido entre personajes como motor de los episodios para fundamentar los mismos en unos diálogos brillantes e inteligentes. Todo gira en torno a cuatro casi treintañeros que aquí llamaríamos friquis pero que son, en realidad, lo que en EE UU llaman geeks. Y el matiz es importante, porque la palabra tiene un componente marginal más acusado que aquí: los más inteligentes de la clase, aquellos de los que se burlaban los populares, superdotados al fin y al cabo que acaban convertidos en outsiders por su incapacidad para participar en el juego social. Leonard y Sheldon son compañeros de piso, superdotados, y los protagonistas principales de la serie. Raj y Howard, perfectos en sus papeles secundarios, completan el grupo de amigos. Penny, la vecina de al lado, borda su papel de rubia-pero-no-tan-tonta.

Desde el primer episodio se juega a mostrar el contraste entre Penny, chica estándar, con ínfulas de actriz pero de momento camarera, y los cuatro tipos que se juntan en el piso de enfrente y que pasan el tiempo jugando al Halo, a juegos de cartas coleccionables, haciendo experimentos raros y hablando de cómics. Se ha dicho hasta la extenuación que “Sheldon es la leche”, pero es que lo es: sin duda es el mayor motor de The Big Bang Theory y está claro que la serie durará lo que quiera el actor que lo interpreta. Más raro que un perro verde, con diferencia el más inteligente de los cuatro amigos, lo más grande de Sheldon es que es consciente de que es un genio, y, a diferencia de los otros tres, no tiene ningún interés en integrarse de ninguna forma en la sociedad. Carente de cualquier tipo de empatía o de las habilidades sociales más básicas, brutalmente sincero, maniático del orden hasta límites increíbles, Sheldon se gana desde el primer momento al espectador con su inglés preciso de pronunciación perfecta —pocas veces se pierde tanto con el doblaje, aunque fuera bueno, que no es el caso—, sus gestos estudiados y sus excentricidades, que se han convertido en la marca del fábrica de la serie: su obsesión con su sitio en el sofá, su incapacidad para detectar el sarcasmo, sus camisetas de superhéroes, la manera en la que toca siempre en la puerta de Penny, sus Bazzinga!… Simplemente, el actor consigue ser gracioso en cada detalle. Verle intentando sonreír consigue que me revuelque por el suelo.

A partir de esta premisa básica, en cada episodio se desarrollan, basándose casi siempre en un punto de partida mínimo, veinte minutos de diálogos geniales. La brevedad de cada capítulo juega a su favor; la inteligencia de los guionistas a la hora de saber hasta dónde llegar, o cuándo una broma puede dejar de hacer gracia, también. Lo mismo se aplica a los diálogos: en todo momento, tanto en los aspectos científicos como en los relacionados con series, cómics o videojuegos, se tiene siempre la sensación de que saben de lo que están hablando, no se tiene esa sensación de falsedad que transmiten casi siempre en televisión cuando se tocan dichos temas. Saben mantenerse en un nivel accesible para todo el público, pero el aficionado a los cómics, por ejemplo, no encontrará fallos en sus conversaciones sobre ellos, o los típicos lugares comunes sobadísimos ya. En las tres temporadas que lleva la serie —y que me he tragado casi sin masticar— nunca se tiene la sensación de que se está repitiendo, al contrario: la mayoría de los mejores episodios se encuentran en la segunda y en la tercera temporada. A través de cada episodio, de fondo siempre está la trama principal: la relación entre Leonard y Penny. No se convierte casi nunca en protagonista del capítulo semanal, pero, a diferencia de otras series donde se eterniza la situación, aquí vamos viendo como avanza, hasta el punto de que Leonard, eterno perdedor, consigue el sueño húmedo de cualquier geek y empieza a salir con Penny, “la reina del baile”. Y, paralelamente, The Big Bang Theory va construyendo su propia continuidad: los personajes no “olvidan” de un episodio a otro lo que les sucede como pasa a menudo en las sitcom, sino que se van haciendo guiños dedicados al seguidor fiel, al mismo tiempo que se intenta —y se consigue— que cada capítulo pueda verse de forma casual y funcione perfectamente.

Gran parte de la gracia, claro, reside en la exageración, tanto de los personajes geeks como de los “normales” —que, irónicamente, suelen ser más raros aún—; no hay más que ver las enfermedades que sufren Leonard o Howard, o la incapacidad patológica de Raj para hablar con mujeres. Si Sheldon existiera en la vida real sería insoportable: en la ficción es irresistible. Los secundarios, por cierto, no suelen ser menos geniales, especialmente la madre de Leonard, una versión en mujer y cincuentona de Sheldon.

The Big Bang Theory es una serie chispeante, original y fresca. Y además, bastante desinhibida. No sé cuánto durará la gracia, pero de momento va a más. Las situaciones, si se gestionan bien, son inagotables. Ya hay varios gags que se han convertido en clásicos del Youtube. Una serie, en suma, muy, muy divertida. Y que además, por cursi que suene, reinvidica el derecho a ser diferente.

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