Un zoo de invierno, de Jiro Taniguchi.

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La salida al mercado de un nuevo título de Jiro Taniguchi siempres es una buena noticia. Tras su última obra publicada en castellano, la un tanto decepcionante La montaña mágica, vuelve el Taniguchi más genuino, el más “canónico”, para entendernos… El que se desenvuelve en historias cotidianas donde las relaciones humanas de toda índole y la reflexión son las protagonistas.

Y esto es lo que encontramos en Un zoo en invierno. Si Taniguchi siempre tiende a proyectarse en buena medida en sus personajes principales varones —los cuales frecuentemente comparten rasgos comunes: solitarios, obsesionados por algo, calados, reflexivos…—, esta vez recurre directamente a la autobiografía para contar los años de su juventud, en los que decidió dedicarse al manga. Así, lo vemos en la que desde el punto de vista profesional fue la etapa más importante de su vida: en la que decidió dejar el pueblo y la empresa de diseño en la que trabajaba para lanzarse a la aventura que entonces suponía marchar a Tokio, la gran urbe japonesa que con tanta desconfianza miraba la gente de provincias. Uno de los puntos más interesantes de Un zoo en invierno es ver cómo funcionaba un estudio de manga a finales de los sesenta, cómo se organizaban el trabajo, los palizones para llegar a tiempo con las fechas de entrega, que tanto recuerdan a Los Profesionales de Carlos Giménez. Al mismo tiempo que trabaja de ayudante del maestro mangaka Kondo, vemos a Hamaguchi —nada disimulado heterónimo del propio autor— hacerse adulto, tener sus primeros contactos con mujeres, con la escena artística alternativa de Tokio, con la decadencia de la noche de la gran ciudad.

Hacia el ecuador del volumen, Hamaguchi conocerá a una chica enferma que será fundamental en su carrera, porque gracias a su amistad —y algo más— se decidirá a empezar a escribir y dibujar su propio manga. Las dudas y los atascos propios del proceso creativo se muestran entonces, aunque no tanto como me habría gustado: me quedó la sensación de que podría haberle sacado más jugo, aunque, posiblemente, no era ésa la intención de Taniguchi.

Más hermético que Barrio Lejano o El almanaque de mi padre, se queda un peldaño por debajo de éstas, quizás porque no es tan reflexiva ni tan emocionalmente intensa. Le falta afectar en la manera en la que afectaban aquellas, golpear al lector contundemente de forma que jamás pueda ya olvidar del todo lo que ha leído. Un zoo en invierno no deja de ser por eso un tebeo excelente, cuidado: Taniguchi siempre es mucho Taniguchi. Su dibujo limpio y expresivo, su dominio del blanco y negro, son los de siempre. Su sensibilidad, también. Es sólo que tengo la impresión que al contar hechos más directamente relacionados con su propia experiencia ha querido evitar excederse en la implicación emocional, por miedo tal vez a resultar excesivamente melodramático, y se ha quedado algo corto. Si así ha sido, no debería Taniguchi a estas alturas tener ese pudor. Ha demostrado mil veces que en su obra no cabe el melodrama ni la cursilería. Sólo las emociones y los sentimientos descarnados. Pese a esta pega, y de todas formas: un placer volver a leer al mejor Taniguchi. Un zoo en invierno es la primera gran obra del año.

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