The X-Men, de Stan Lee, Jack Kirby y Werner Roth.

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En septiembre de 1963 a Stan Lee sus jefes le requirieron una nueva serie protagonizada por un grupo. Tanto The Avengers como Fantastic Four estaban funcionando muy bien, por lo que parecía el momento ideal para lanzar un nuevo supergrupo. The X-Men, la respuesta de Lee a dicha petición, fue por tanto una de las últimas colecciones principales de las creadas por el guionista en ese cosmos que iba creando a salto de mata cada mes. Quizás por eso en aquellos años nunca pudo sacudirse la etiqueta de serie secundaria, algo que las ventas, escasas si comparamos con los pesos pesados de Marvel, corroboraban.

Como tantas veces, las ideas crudas vertidas por Lee en esta serie son más relevantes y mejores que la calidad de las historias contadas cada mes. La premisa genial de la que parte es conocida por todos: explotando la creciente preocupación por las consecuencias que podría tener el uso de la energía atómica, se establece que existen entre nosotros individuos que suponen el siguiente paso de la evolución humana. Homo Superiores, mutantes, seres con increíbles habilidades que Lee imaginó que tendrían que enfrentarse al odio y al miedo de los humanos corrientes, que verían en ellos una terrible amenaza. Hasta ahora la mayor parte de héroes de la editorial eran humanos normales que sufrían accidentes que los dotaban de sus poderes —salvo excepciones como Thor o el Hombre Hormiga—: ahora, por primera vez, los protagonistas son diferentes desde su mismo nacimiento, circunstancia que Lee aprovecha para esbozar, aunque sea superficialmente, una metáfora del racismo y la discriminación social de todo tipo. Posteriormente, Chris Claremont convertiría esto en el motor de la serie —franquicia, luego— y lo llevaría a su máxima expresión.

En pocas series como en The X-Men se aprecia la improvisación que caracterizaba los primeros años de Marvel. Lee hacía malabares para completar las veintidós páginas mensuales, viendo qué funcionaba y qué no, y tomando decisiones sobre la marcha. Hasta arriba de trabajo, se me antoja complicado que Lee pudiera dedicarle demasiado tiempo a pensar en qué dirección debería ir la serie. El resultado es que no iba en ninguna, claro, como por otra parte sucedía con casi todas las demás. Así, el reparto de la serie quedó conformado por el Profesor Xavier, Cíclope, el Ángel, el Hombre de Hielo, la Bestia y la Chica Maravillosa, personajes todos ellos que hoy, con mayor o menor relevancia, siguen presentes en la franquicia —con la excepción de Jean Grey, actualmente fallecida, aunque es razonable pensar que estará de vuelta más pronto que tarde—. Sus personalidades fueron igualmente fruto de la improvisación, y Lee se desdice en varias ocasiones o cambia a los personajes sin demasiada explicación. Xavier por ejemplo, controla como marionetas a los humanos sin ningún remordimiento, y no duda en borrar mentes como quien toma el té. Quizá lo más sorprendente es leer cómo se confiesa, en un globo de pensamiento, enamorado de una Jean Grey a la que le debía de sacar unos veintinco años. Se pasó ahí el bueno de Stan, tanto que jamás volvería a aludir al tema —Mark Waid lo hizo mucho tiempo después, en los noventa, de forma bastante errada, creo—. Igualmente, la Bestia comienza siendo un bruto malcarado, una versión de la Cosa sin mayor interés, para pasar a ser un mucho más aprovechable erudito con cuerpo de gorila. Incluso el leiv motiv de la serie —el odio a los mutantes— tardó en aparecer; en sus primeros números era frecuente ver a los viandantes pidiendo autógrafos a los X-Men o a las jovencitas abalanzándose sobre el Ángel, como si fueran los Cuatro Fantásticos.

El apresuramiento en su realización y su condición de serie de segunda fila también se notaba en el dibujo: un Jack Kirby que ya tenía que realizar varias series más ponía el automático para permitir a The X-Men arrancar en sus primeros números. Ya he dicho alguna vez que Kirby dibujando a mil páginas por hora sigue siendo mucho Kirby, pero aquí es probablemente donde peor está el maestro de todas las series de la época. Destacan las piruetas e inverosímiles situaciones de combate, probablemente fruto de su imaginación, que vistas hoy siguen son deliciosamente absurdas y divertidas. Por contra, es marca de la casa la escasa elaboración de los fondos, algún fallo de rácord —alguna vez dibujó a Cíclope sin su visor, por ejemplo en la primera página de The X-Men #3— y el cambio en la apariencia de algunos personajes, con tan pocas explicaciones como las que daba Lee cuando hacía lo mismo a nivel de caracterización. Muy pronto Kirby abandonaría el dibujo de la serie —fue una de las primeras que dejaría—. Su sustituto, Werner Roth, bajo el seudónimo de Jay Gavin, es uno de los dibujantes más oscuros —por la poca información que hay sobre él— de la época, y, creo, The X-Men fue la única serie de Marvel en la que colaboró de forma regular. Primero sobre bocetos del propio Kirby, y pocos números después con el dibujo completo, Roth realiza un trabajo solvente, sin más, lastrado quizás por el peso de tener que mantener cierta continuidad con el estilo de The King y soltándose y siendo él mismo sólo hacia el final de su etapa.

Pese al indudable potencial de la serie, a la vista de lo que posteriormente hizo con ella Claremont, Lee y Kirby se limitaban las más de las veces a repetir el mismo esquema de aventura episódica: el Profesor Xavier detectaba un nuevo mutante, sus estudiantes salían a buscarlo, el nuevo mutante resultaba ser una amenaza más o menos poderosa pero sin demasiado carisma —llamése Unus el Intocable, El Desvanecedor o la Mole: la mayoría de aquellos primeros villanos están hoy olvidados o reducidos a carne de cañón para malvados de más enjundia—, los X-Men luchaban contra él, acababan venciendo, y Xavier borraba sus recuerdos sin miramientos para preservar el secreto de su escuela, a la que llevaba alegremente a cualquier mutante sin comprobar sus intenciones. En su etapa al frente de la cabecera también hizo su primera aparición el Mímico, que no era más que la réplica del Superadaptoide o el Superskrull: la némesis que tenía todos los poderes del grupo. Justo es reconocer también que Lee introdujo elementos en la serie que siguen vigentes hoy en día: el ordenador busca mutantes Cerebro, o la Sala de Peligro —qué socorrida era para empezar un tebeo sin romperse mucho la cabeza con una sesión de entrenamiento—. Por supuesto, sus mayores aportaciones fueron Magneto y los Centinelas. El primero se convirtió casi de inmediato en el principal enemigo de los X-Men, aunque Lee, tal vez porque era demasiado poderoso, lo quitó de en medio enseguida. Es cierto que su dimensión humana y todos los matices que hacen de él uno de los personajes más complejos y atractivos de Marvel fueron desarrollados por Claremont, pero justo es reconocer que Lee sentó sus bases. En cuanto a los Centinelas, aparecen en la que quizás sea la mejor saga de la etapa Lee —The X-Men #14 a 16#—, en donde aparece por primera vez tratado directamente el tema del odio y la segregación contra los mutantes. Titulares en los periódicos, debates públicos, la gente en las calles apedreando a los X-Men… Fue aquí donde Lee dio con la tecla, a pesar de que no sería él quien desarrollara posteriormente la cuestión. Los Centinelas aparecen como unos robots siniestros, la respuesta tecnológica a la amenaza mutante, en la que la humanidad deposita irracionalmente sus esperanzas, para ver cómo se acaba volviendo contra sus creadores; la histeria y la paranoia del “están entre nosotros” que tanto recordaba y recuerda al miedo a la amenaza roja. La saga definitiva de los Centinelas aún se haría esperar unos años, y será obra de Roy Thomas y Neal Adams, pero, una vez más, al césar lo que es del césar. Queda también como digna de mención la historia en la que aparece por vez primera el Juggernaut —The X-Men #12 y #13—, hermanastro de Xavier y fuerza imparable de la naturaleza cortesía de una gema mística. Su irrupción en la mansión-X es todo un clásico.

No es casualidad que The X-Men fuera la primera serie que Lee abandonó, en mayo de 1966. Fue en la que menos implicación hubo por su parte y la que menos le importaba dejar en otras manos, lo que no significa que durante su estancia en la misma no se esforzara por llegar a unos mínimos y por ofrecer unas historias cuanto menos entretenidas. The X-Men #20 y #21 estuvieron coguionizados por el ya mencionado Thomas y el propio Lee —como había sucedido en The Avengers, para hacer la transición menos traumática—, y a partir de The X-Men #22 fue el nuevo valor del a casa el que dirigió el destino de una serie que tal vez ya estaba sentenciada, pese a que su calidad subió bastantes enteros. Tendría que llegar la nueva década para que viéramos el resurgir de los mutantes con el mítico Giant Size #1, pero eso es otra historia.

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