El chiste del día…

… lo ha escrito Luisgé Martín en este artículo de El País. Con su título, ¡Mueran los ‘heditores’! pretende, de un modo nada sutil, llamar incultos a los que pensamos que la figura del editor, en un noventa por ciento de los casos, no beneficia al autor, ni económica ni profesionalmente, y a los que creemos que los avances tecnológicos acabarán con una situación de abuso.

Martín considera que el editor es imprescindible, y nos cuenta una dulce historia de abnegación y amor por la literatura que es difícilmente tragable. Todo lo que conozco del mercado editorial, a pesar de que mi experiencia es, digamos, en “segunda persona”, contradice el artículo entero de Martín. “A las oficinas de una editorial media llegan al cabo del año casi 1.000 manuscritos. En España deben de circular durante ese tiempo más de 5.000 originales diferentes. La inmensa mayoría de ellos son impublicables, como sabe bien cualquiera que los haya ojeado, y lo primero que hace el editor (gastando dinero para ello) es separar el grano de la paja”. Alucino. La inmensa mayoría de editoriales españolas no aceptan manuscritos no solicitados. Y las que lo hacen, rara vez los leen o responden algo que no sea una fórmula de cortesía. ¿Entonces? Hay que tener padrino, o agente; hay que pagar. Hay que estar dentro del sistema editorial, de esa élite cultural que sabe qué puede ser publicado y qué no. Es una concepción de la cultura como algo casi aristocrático, en manos de unos pocos, que tiende a desconfiar de cualquier movimiento fuera de ese mundo rancio. Para cualquier editor, la autoedición es algo despreciable, por definición no puede haber nada de calidad en ella, porque no ha entrado en el circuito. Y para Martín, el editor es lo único que se interpone entre el incauto lector falto de criterio propio y un maremágnum de bazofia escrita que podría sepultarlo sin su heroico y sacrificado trabajo. ¿Editores preocupados por mejorar la calidad de la obra, por corregir erratas y estilo? Venga ya. Los hay, pero ¿cuántos editores han eliminado la figura del corrector profesional? ¿Cuántos encargan traducciones a conocidos que no son profesionales del asunto? ¿Eliminar cuatrocientas páginas de un libro de seiscientas es “proponer cambios”, como asegura Martín? Yo sé ciertas cosas de primera mano. Irregularidades, incluso alguna estafa, perpetradas en alguna editorial que, ironía, tiene premios por la calidad de sus ediciones, y que evidencian una falta de respeto vergonzosa por la obra y por el autor. Y es cierto que hay mucha ínfula suelta por el mundo. Que la gran mayoría de personas que envían originales no saben escribir y sus novelas son mierda. Pero, aunque leyendo el artículo pudiera parecer que todo lo publicado es maravilloso, de esa mierda, una parte llega a las tiendas. No hace falta tener conocimiento alguno del mundo editorial: simplemente basta con pasarse por una librería. La calidad es el último criterio que determina las decisiones de un editor. Si no lo fuera, jamás se habrían publicado determinadas novelas. Y no me vengan con el gusto personal: Crepúsculo tiene menos calidad que casi cualquier fanfic que puede encontrarse en la red, y esto es algo completamente objetivo. Los criterios del editor son otros. Son de mercado. No interesa que la novela sea buena; interesa que sea de vampiros si están de moda los vampiros, que sea un thriller político si están de moda los thrillers políticos, que el autor o sobre todo la autora sea mona y quede guay en la contraportada. El trabajo del editor no consiste en difundir la cultura o en proteger al lector de obras de escasa calidad, sino en vender productos. Y en esa mecánica, cuántas buenas obras nos estaremos perdiendo porque el cuadriculado editor considera que no se ajusta a los parámetros del mercado y por tanto no es comercial.

Martín cae además en flagrantes contradicciones. Dice que sin el editor muchos autores desaparecerán por no saber o querer realizar lo que él llama “labores mundanas”, relativas a la promoción, cuando son precisamente los editores los que obligan al autor, mediante clásulas en su contrato, a participar activamente del circo, quieran o no, y cuando es precisamente internet la que librará al escritor misántropo de semejantes obligaciones que nada tienen que ver, estrictamente, con la literatura. Habla además de una imaginaria prima Paqui que, sin talento alguno, gracias a la terrible red y su don de gentes, podrá tener éxito y eclipsar al buen autor. Y qué curioso, porque pretendiendo adivinar el mercado futuro, Martín ha descrito con total precisión el actual, lleno de primas y primos Paquis que saben venderse y salir guapos en pantalla pero que lo de juntar letras lo hacen regular, llámense Lucía Etxebarría, Juan Manuel de Prada o Ruíz Zafón.

Así que sí, que venga ya la revolución definitiva. No me cabe la menor duda de que con ella mucha, muchísima bazofia saldrá a la luz, pero también obras excelentes que andan por las editoriales, en un montón de originales cogiendo polvo por los siglos de los siglos. La calidad siempre se abre paso. Y no estoy defendiendo el criterio de la masa; defiendo el mío propio. El que ahora lee basura, seguirá leyendo basura. El que lee, o lo intenta, literatura, tendrá más. Es lo único que me importa.

Y sí, antes de que me lo diga nadie, creo que el editor ideal que dibuja Martín, o alguno muy cercano, puede que exista. Todos somos jóvenes en algún momento y tenemos ideales. Pero que ese editor amante de la cultura y mimoso con el autor representa no más de un dos por ciento del total, también lo tengo clarísimo. El resto, chanchulleros profesionales, que ven peligrar su negocio y patalean de forma infantil, intentando asustarnos para que creamos que sin ellos el mundo será más feo. Lo sorprendente, o quizá no tanto, es que salgan los autores a partirse la cara por el que los explota. Síndrome de Estocolmo, lo llaman.

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