Cinco dibujantes sobrevalorados.

Hoy presento, porque me aburro y porque me he levantado con el pie izquierdo, la Lista Oficial de los Cinco Dibujantes de Marvel Más Sobrevalorados de la Actualidad. Para hacer daño no me importa traicionar mis principios y hacer listas. Bueno, a veces he hecho alguna que no era para hacer daño. Pero era joven y necesitaba el dinero.

Leinil Francis Yu. Si digo que no entiendo el éxito de este hombre, no estoy diciendo nada que no sea obvio dado el nombre del post, así que iré más allá. Cuando empezó en Lobezno, donde estuvo bastantes números, no me gustaba. Demasiado estático, demasiado rígido para un género en el que los personajes tienen que fluir en movimientos imposibles. Pero entonces al menos le reconocía cierto detallismo: se notaba que el tío se lo curraba. Había quien lo comparaba con Travis Charest, y aunque nunca ha sido santo de mi devoción, me parecía un disparate igualmente. Pero es que los últimos trabajos de Yu son penosos. Basta coger cualquiera de sus cómics de Los Vengadores con Bendis para ver cómo se ha vuelto más y más descuidado. No es que haya soltado el trazo: es que parece que dibuja bajo los efectos de un ataque de nervios. Le bailan las proporciones cosa mala, se esfuerza cero en la composición de página y se ha vuelto terriblemente confuso. Sus viñetas página son un caos lleno de personajes que muchas veces son irreconocibles, y, como dije una vez, parece que piensa que el borrador es para fracasados. Todo está lleno de rayitas superfluas y de errores que no se entiende que no haya subsanado salvo si suponemos que va a toda leche. Por si fuera poco, no entiende la diferencia entre “feísta” y “feo”.

Steve McNiven. El artista artífice de Civil War o de Old Man Logan es… cualquier cosa menos un dibujante de cómic. Me explico. Es que sí, muy bonito, muy impactante, cómo mola todo… ¡pero es que este tío no narra! Si se coge cualquiera de sus páginas, da la sensación de que son un montón de cromos superpuestos. No hay movimiento, no hay transición entre una viñeta y otra: no hay narración gráfica. O vale, la hay, pero es deficiente. Siempre parece que lo que hace es componer collages de imágenes cool. Por eso casa a la perfección con Mark Millar: es su equivalente exacto en guionista. Además McNiven es muy, muy estático. Otro que no entiende que las referencias fotográficas no sustituyen al talento y a la habilidad de artesano que tiene gente que sin ser tan espectacular en un primer vistazo tiene mucha mili hecha. Pero así es hoy Marvel: vende el tebeo por el envoltorio más que nunca —aunque siempre lo haya hecho.

Greg Land. A éste yo creo que directamente ni lo respeto como persona. De pequeño le regalaron uno de esos trastos con una bombilla que servía para calcar dibujos y a base de depurar la técnica ha llegado a lo más alto. Todos sus dibujos salen de revistas de moda, deportivas o directamente de fotos porno. De ahí la cara de zorras que tienen todas sus tías, y eso cuando no parecen estar en medio de un orgasmo aunque el guión diga que se les ha muerto su tía y están muy tristes. No es dibujante: es calcador. Así pasa, que como cada uno de sus “modelos” tiene una cara distinta, sus personajes también. De una viñeta a otra la misma mujer pasa de tener un cuerpo a otro, y la mayoría de las veces ni siquiera intenta arreglarlo un poco, no vaya a ser que si añade algo de su cosecha se note que es malo. De hecho, cuando dejó de hacer sólo portadas y se puso a dibujar tebeos completos —en el cruce entre Supreme Power y el universo Ultimate, o más recientemente en La Patrulla-X—, empezó a quedar patéticamente claro lo poco que sabe de anatomía si tiene que partir de cero. Encima abusa de Photoshop —va unido a su tendencia al calcado, claro— y lo llena todo de colorines, texturas y efectos innecesarios. De narrar nada, claro. Menos todavía que el McNiven.

Scott Kolins. Éste se vino de DC con la corona de estrella. Y nunca le encontré la gracia. Sus personajes parecen muñecos de plástico precariamente articulados, no tienen elasticidad. Sus hombres son atroces, sus mujeres, más. Al menos es claro y se lee con menos disgusto que Land o McNiven, pero vamos, me parece muy, muy mediocre. Le sufrí en los últimos números de Los Vengadores de Geoff Johns y a veces aún tengo pesadillas con su Hulka en ropa interior rosa. No sé ahora por dónde andará. Ni ganas.

David Finch. Quizás el que menos entiendo, porque este sí que tiene la etiqueta de super estrella. Ahora ha firmado un contrato en exclusiva con DC, pero hasta ese momento ha sido uno de los principales dibujantes de Marvel, y siempre le han dado grandes proyectos, como el relanzamiento de Los Vengadores o Ultimatum. Lo mejor que puedo decir es que eran proyectos a la altura de su capacidad. Finch es rígido, confuso, y un truquista repetitivo y previsible. Entiendo que pueda fliparle a un chaval igual que en su día flipaba con Rob Liefeld, pero es limitadísimo. Todos sus personajes tienen exactamente el mismo cuerpo y la misma cara. Cuando digo la misma cara no es que tenga los mismos rasgos sólo, es que tienen SIEMPRE la misma expresión. Los tíos el ceño medio fruncido, los labios en morritos, con esas frentes que parecen la del tío de las películas de Crepúsculo, con esa expresión entre preocupada y triste que lo mismo te vale para un entierro que para una cagalera. Y siempre la misma cara intercambiable. Y dicen que es realista: ¿pero dónde coño ha visto nadie a un tío con una cara como las que dibuja Finch? Es detallista, vale, pero puede permitírselo, porque lo que más me jode de este tío no es su estilo, sino la abusiva tendencia al fotocopieteo más descarado que tiene. Fotocopia mucho. Tanto que deberían pagarle sólo las páginas pares. Llega a extremos de vergüenza ajena. Recuerdo su etapa, breve, en Ultimate X-Men con Bendis —son el tándem perfecto: los diálogos de Bendis también están fotocopiados— que fue para ir a buscarles a los dos a EE UU y exigirles que me devolvieran el dinero. Llevaron el término “busto parlante” a niveles jamás conocidos por narrador alguno. Finch llenaba páginas y páginas de viñetas pequeñitas en las que con dos dibujitos de cabezas en pleno diálogo de besugos bendisiano resolvía la papeleta. Era tan burdo que pretendía engañar al personal reduciendo o ampliando el dibujo, o invirtiéndolo. Pero cantaba, vamos que si cantaba. Histórica fue una página en la que Lobezno hablaba con un chaval al que se iba a cargar en la que con el careto de ambos y el mismo fondo llenaba cuatro o cinco viñetas. Con dos cojones.

Conclusiones: Estos cinco hot artists no entienden que el género de los superhéroes tiene una sintaxis muy concreta. Hay que saber coreografiar y hacer que tíos en mallas parezcan épicos y no justamente lo que son: adultos en trajes de Halloween dando saltos. Si el dibujante no consigue que me olvide de eso mientras leo, está fallando. Y no todo son poses de combate y viñetas páginas molonas. Los personajes tienen que respirar, tienen que relajarse también y parecer humanos. Y además, estos cinco tienen otro problema: Spiderman, el Capitán América, Daredevil o Mr. Fantástico no pueden ser el mismo señor con diferente traje. Ni tienen el mismo cuerpo, ni se mueven igual, ni, en el caso de Finch, pueden tener la misma cara. Y para que nadie pueda decir que soy un carca al que sólo le gustan George Pérez y Alan Davis, ahí van unos cuantos nombres de la Marvel actual que me encantan: Olivier Coipel —el auténtico heredero del “estilo Marvel”—, John Cassaday, Jimmy Cheung, Steve Epting —aunque éste lleve ya décadas trabajando en Marvel—, sobre todos ellos, Frank Quitely, aunque ya no esté en la editorial.

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