Lecciones de tebeo I: dos ejemplos de representación animal.

Hoy empiezo una serie de posts de, como todo en este blog, periodicidad y duración incierta. Con Lecciones de tebeo pretendo profundizar en aspectos relativos al lenguaje del cómic y sus recursos que normalmente no tienen lugar en una reseña o, de tenerlo, es muy pequeño. Quiero hablar de aspectos puramente formales y narrativos, o de cómo diferentes autores se enfrentan a los mismos problemas, yendo, ya digo, un poco más allá que la reseña más o menos razonada. Empiezo.

NOTA: Todas las imágenes pueden ampliarse pinchando en ellas.

El dibujo de animales siempre ha ofrecido a casi todos los dibujantes bastante dificultad. Es sumamente difícil, o así lo parece, conseguir representar cualquier especie de forma efectiva. Esto es así porque mientras que un autor de formación académica ha dedicado infinitas horas al estudio y dibujo de la figura humana hasta hacerla suya y encontrar un estilo propio, no siempre se hace lo mismo con la figura animal. Los dibujantes autodidactas que por ejemplo tanto abundan en el comic-book americano se suelen preocupar aún menos de ese aspecto de su formación. Lo complicado, por tanto, a la hora de dibujar un animal es hacerlo de tal manera que el lector no tenga la sensación de que está “incrustado” en la escena, de que no se note excesivamente que es fruto de la documentación fotográfica. Dicho de otra manera, que el dibujante lo dome y lo adapte a su particular estilo. Es frecuente ver cómo esto no sucede: suele notarse bastante cuándo un autor no domina la figura que está dibujando y recurre a un dibujo “ortodoxo”, copia de una fotografía el animal que necesita y éste queda irreal, como dibujado por una mano neutra e impersonal. Para aquellos dibujantes con un estilo menos académico es aún más difícil, ya que la correcta representación del animal desde su estilo personal requeriría un proceso de práctica que no siempre se está en disposición de desarrollar, y menos aún en el cómic mainstream.

Partimos de la base de que el dibujo de animales requerirá casi siempre documentación fotográfica. Es prácticamente imposible conseguir buenos resultados si se intenta dibujar de memoria, primero por falta de práctica, y segundo porque, simplemente, es más fácil para el ser humano dibujarse a sí mismo. En la golden age hay bastantes ejemplos de animales dibujados sin documentación que quedan extrañísimos, falsos, como de atrezzo. El caballo tiene fama de ser el más complicado de dibujar. Si se tiene cierta maña para el dibujo —la justa como para poder esbozar una figura humana y que otra persona sepa que lo es, como en mi caso—, y se intenta dibujar un caballo, el resultado suele ser desastroso. John Buscema decía que lo más tedioso de dibujar en Conan eran, precisamente, los caballos. Harold Foster consiguió los que quizás sean los caballos más perfectos del cómic realista.

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Ejemplos de autores con estilos muy personales que han conseguido excelentes resultados hay muchos, no obstante: el rinoceronte imaginario que Frederick Peteers dibuja en Píldoras Azules (Astiberri, 2004), el chimpancé de La voluptuosidad (Ponent mon, 2007), de Blutch. Pero para este artículo he elegido dos representaciones del mismo animal: el perro. La primera, la de Frank Quitely en We3 (Planeta, 2005); la segunda, la de Blain en Sócrates el semiperro (Sins Entido, 2006-2009).

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Son, como puede apreciarse, dos interpretaciones prácticamente antagónicas. En la pirámide de McCloud, Quitely estaría en la parte inferior izquierda, cerca de su esquina, mientras que Blain se situaría más hacia la derecha y alguna fila más arriba. Quitely es hiperrealista, tanto que cae, a propósito, en el feísmo, especialmente cuando dibuja personas. Blain en cambio es un dibujante más suelto y más simbólico, con rasgos caricaturescos que deforman sus dibujos. Son dos soluciones diferentes para el mismo problema: representar bien a un perro. Creo que ambos lo consiguen, pero veamos los matices.

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En Quitely se hace evidente una concienzuda documentación gráfica, no sólo con Uno, el perro, sino también con el resto de los animales que aparecen en su obra —especialmente Dos y Tres, gato y conejo respectivamente—. Anatómicamente son impecables. Sus movimientos, como no podía ser de otra manera dado el dinamismo que caracteriza al dibujante, son fluídos, y a la vez correctos y espectaculares. Si concretamos en la manera en la que dibuja a Uno, vemos claramente que Quitely está, de alguna manera, encorsetado por su estilo férreamente realista: Uno es un perro sin un atisbo de antropomorfización en sus expresiones o rasgos, lo cual aunque en un primer momento pueda parecer una virtud, vamos a ver que en realidad es una limitación. Sin embargo, considero que Quitely llega tan lejos como puede llegarse en una concepción del dibujo animal tan naturalista como la que adopta en We3. Es efectivo: cuando uno ve imágenes como las de arriba, se “cree” al perro, es convincente y exacto en la captura de la expresión del animal.

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Blain, por su parte, ya hemos dicho que es un dibujante casi en las antípodas del estilo de Quitely. Es un dibujo mucho más limpio, casi sin líneas complementarias, muy depurado. En ocasiones caricaturesco y en ocasiones más “serio”, pero siempre icónico, buscando la representación simbólica —sin llegar, como por otra parte no llega prácticamente ningún dibujante de cómic, a la abstracción pura— del objeto y no la fidelidad a todos y cada uno de sus rasgos. En la deformación y la síntesis de los mismos ha encontrado Blain un estilo en el que se encuentra cómodo y en el que es completamente efectivo.

Si observamos su Sócrates, en un primer momento puede parecernos “peor” que el perro de Quitely. Tiene menos detalle, no se nota el volumen de su pelaje, es de un irreal color naranja, su figura es más esquemática. Tiene a veces expresiones humanas, especialmente en su mirada, pero recordemos que mientras que Uno es un perro normal que habla sólo gracias a implantes tecnológicos, Sócrates es inteligente y habla realmente. Sin embargo, conforme se va avanzando en la lectura, uno se da cuenta de que cae en un error común en cierto sector de aficionados que tiende a considerar el estilo realista como “mejor”. El perro de Quitely es más exacto, más realista, pero no funciona mejor. Porque Blain consigue con su esbozo de perro que éste respire, que se mueva. Cuando observo el dibujo de Quitely tengo la impresión de estar viendo una perfecta fotografía de un perro: cuando veo el dibujo de Blain, tengo la impresión de estar viendo a un perro.

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Ésta es la principal diferencia. En dibujo, dos más dos no siempre son cuatro. El camino que a priori puede parecer más seguro para conseguir capturar mejor la naturaleza del perro se revela como limitado por su propia premisa de permanecer fiel al realismo y a la imagen “real” del animal. Blain goza de una mayor libertad. Con ella consigue sintetizar mucho mejor no sólo la imagen del perro, sino, y ésta es la clave, al perro en sí mismo, con sus gestos, su comportamiento, y sus movimientos. No es casualidad que Blain alcance prácticamente la perfección en su dibujo de Sócrates en el último tomo de la serie aparecido hasta el momento, Edipo en Corinto, tras un proceso de depuración de su trazo, llevado a cabo en Gus (Norma Editorial, 2007-2009), que le ha llevado a ser aún más estilizado y simple en su dibujo. En Sócrates el semiperro no se aprecia tanto ese proceso porque elige permanecer más o menos fiel al estilo de los dos anteriores tomos —recordemos, no obstante, que en la edición original transcurren ocho años entre la segunda y la tercera entrega—, pero el dibujo del propio Sócrates se beneficia muchísimo del mismo.

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Puede apreciarse cómo en estas viñetas, todas ellas pertenecientes a Edipo en Corinto, la simplicidad con la que Blain esboza a Sócrates le permiten plasmar con una gran elasticidad sus movimientos. La exageración de sus expresiones faciales recuerdan más a un perro que el perro realista de Quitely. Cuando Sócrates se agazapa, corre o salta, tenemos la sensación de estar viendo a un auténtico perro en movimiento. Cuando tras leer Sócrates el semiperro vemos a un perro real, no podemos evitar ver a Sócrates. Voy a intentar ilustrarlo, nunca mejor dicho, con un ejemplo:

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Ambas viñetas buscan despertar simpatía y ternura en el lector. El perfeccionismo de Quitely juega en su contra; la imagen de Blain, en su sencillez, en la gracia de la sonrisa levemente esbozada por Sócrates, en su mirada, transmite a aquellos que queremos a los perros un sentimiento mucho más cercano al que se siente cuando se ve a uno real que el dibujo de Quitely, realmente conseguido, pero con el que es más complicado empatizar, porque no deja nada a la imaginación: el lector no tiene que completar nada mentalmente cuando lo ve.

Porque Sócrates está vivo. Uno es demasiado fotográficamente perfecto, menos efectivo, menos perro. Debajo del dibujo de Blain se intuye un conocimiento anatómico y etológico del perro más profundo que el de Quitely, aunque mucho menos obvio. Es por esto que tiene a su alcance un número de registros mucho mayor. Los movimientos de Sócrates son fluídos y naturales, y no chirrían jamás, ni cuando muerde, ni cuando descansa, ni cuando come. Blain demuestra que el lenguaje del cómic es infinitamente más rico que la mera representación exacta de la realidad, y que mediante sus recursos y la depuración de la figura, representando ideas y no simples imágenes, pueden alcanzarse resultados mejores, más efectivos como ilusión de realidad. Y lo más importante: Blain consigue conectar emocionalmente con el lector, mientras que con Quitely sólo podemos limitarnos a admirar su técnica.

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