Los auténticos años perdidos de Spiderman.

Ayer mantuve una conversación en la que me emocioné como un crío hablando de los primeros cómics de Spiderman que leí. Con esa misma emoción, al llegar a casa, estuve un buen rato repasando aquellos tebeos, y tengo que decir que me reafirmo. No son obras maestras, pero le dan sopa con ondas a lo que se hace hoy con el personaje, a lo que se viene haciendo en los últimos diez años.

¿De qué cómics hablo? Por partes. Es opinión poco discutida que la etapa de J.M. Straczinsky en The Amazing Spider-man es la mejor del personaje desde la de Roger Stern en los primeros ochenta: me parecía una exageración disparatada cuando estaba entusiasmado con los primeros tebeos de Straczinsky y, evidentemente, me lo parece mucho más aún pudiendo apreciar en conjunto su etapa, llena de problemas. Pero me sorprende mucho ese dogma extendido entre los aficionados al personaje. Quienes lo comparten demuestran tener una mala memoria importante. Los años noventa funcionan como un agujero negro que absorbe todo y hace que, en esa memoria selectiva, parezca que de Stern pasamos a la Saga del Clon y tras ella llegara Straczinsky a salvarnos a todos. Y no es eso.

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Es un disparate mandar a la mierda casi treinta años de historias —la mitad de la vida editorial de Spiderman— sólo porque todos flipáramos con el inicio de la etapa del nuevo autor. Además, ¿cuántos de los que despreciaron esos años habían estado leyendo lo que se hacía? ¿Cuántos hablaban de la obra de Stern con conocimiento de causa y cuántos simplemente repitieron como loros la opinión más extendida? Voy más allá: ¿cuánto influye la nostalgia en la percepción que se tiene de la etapa de Stern? Porque Spiderman, más que ningún otro personaje de Marvel, marca. Cada uno tenemos “nuestro Spiderman”, el primero que conocimos, las historias con las que lo conocimos. Para muchos, para lo que alguno llama la generación Forum, éste fue el de Stern. Y es evidente que fue muy buena. Stern captó a la perfección la esencia de Spiderman y, sobre todo, el carácter de Peter Parker. Ahora bien, ¿de verdad tras Stern nadie hizo nada que mereciera la pena con Spiderman hasta que llegó el guionista de apellido infernal? Venga ya.

Hay historias y etapas mejores, en conjunto, que la de Straczinsky. Como suele ser habitual en él, tenía una historia que quería contar con Spiderman: todo lo que tenía que ver con los tótems y Ezekiel. Más allá de eso, prácticamente todo lo demás va de lo entretenido, sin más, a lo lamentable, como la vergonzosa Sins Past. Lo mejor sin duda es la primera saga; es cierto que ésta supuso un auténtico bombazo, y que muchos nos reconciliamos con el personaje ahí. Y durante toda su excesivamente larga etapa, Straczinsky nunca le perdió el pulso a los diálogos, que siguieron siendo excelentes. Pero fue a la deriva enseguida, y quedó en evidencia demasiado pronto que Straczinsky, más allá de cuatro hitos del personaje, no tenía ni puta idea de su historia —recuérdese aquél número conmemorativo en el que Spiderman revivía su historia: Straczinsky relata con detalle todo hasta la muerte de Gwen; después zanja el resto con una página doble en la que me juego el cuello que fue John Romita Jr. el que decidió qué se metía—. Straczinsky, como los lectores, ignoran o eligen ignorar demasiado.

Tener que reivindicar a estas alturas la etapa de J.M. DeMatteis me parece surrealista. Ha sido uno de los guionistas con mayor calidad literaria que ha pasado por las series de Spiderman. Puede gustar más o menos el enfoque sombrío que le dio al personaje en aquella época o lo mucho que se centraba en la psicología de los villanos, pero tiene un puñado de historias espectaculares: DeMatteis no es sólo La última cacería de Kraven. La Saga del Clon y los últimos cómics que escribió no pueden empañar esto.

Pero antes de DeMatteis y después de Stern se encuadran estos tebeos de los que quería hablar y que fueron los que me aficionaron a Spiderman para siempre —incluso aunque haga un par de años que no sigo su serie—. Algo tendrían para que hoy los lea y me parezcan buenos; no me pasa, por ejemplo, con mi primer contacto con los X-Men, los estertores de la etapa Claremont y la siguiente, con los horrendos guiones de Scott Lobdell.

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En aquellos primeros años, teníamos, por ejemplo, a un Peter David que antes de quedarse con el personal con el mejor Hulk que se haya escrito nunca, ofreció algunas de las historias más maduras de Spiderman en los ochenta. La muerte de Jean De Wolf es mejor que el noventa por ciento de la etapa de Straczinsky. Y era una historia sórdida, donde el villano era un auténtico perturbado —no un perturbado de cómic, como podría serlo el Duende Verde— que mataba a tiros y sin contemplaciones, donde pudimos ver a Peter Parker llegando más lejos que nunca, más lejos incluso de lo que llego cuando murió Gwen, reventando a hostias y sin contemplaciones al asesino de una amiga. Fue en esa saga cuando Daredevil, para evitar que Spiderman cometiera una estupidez, tuvo que enfrentarse a él e incluso confesarle que sabía su identidad secreta. Y si se trataba de ser divertido, David era capaz de sacarse de la manga números sueltos como aquel en el que Spiderman iba a los suburbios buscando a un ladrón de coches que le había picado el orgullo al escapársele. La saga del Culto del Amor, donde tocaba de lleno el tema de las sectas religiosas, o el final de su etapa, donde retomaba al villano de La muerte de Jean De Wolf, el Comepecados, ahora convertido en un lisiado por culpa de la paliza que Spiderman le dio, fueron otras historias que hoy están injustamente olvidadas, que nadie reivindica, ni siquiera los incondicionales de Peter David, que los hay.

Haciendo memoria, uno recuerda alguna historia memorable, como la guionizada por Tom DeFalco y dibujada por Ron Frenz en la que Spiderman se enfrentaba por toda Nueva York con el Señor de fuego, o la trilogía del manicomio, esa historia de Ann Nocenti que en su momento nos pareció tan rara y que leída hoy se destapa como algo no muy lejos de lo que en esos tiempos se hacía en Vertigo, o lo que años después haría DeMatteis en las series de Spiderman.

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Pero sobre todo si creo que ha habido una etapa con la que el aficionado ha sido injusto, ésa es la segunda incursión de Gerry Conway en la mitología arácnida. Conway, aquel jovencito al que el mismísimo Stan Lee confió The Amazing Spider-man, firmó la que es para muchos, entre los que me incluyo, la mejor etapa del personaje. Y no voy a decir que esta segunda etapa supere o iguale aquella, pero sí que no está tan lejos. Conway seguía en plena forma, y seguía entendiendo como nadie a Peter Parker. Pero su momento vital era demasiado diferente. En los setenta, Spiderman estaba en su momento más dulce, y Conway podía contar esa tragicomedia adolescente que era entonces The Amazing Spider-man, desarrollando durante sus tres años en la cabecera algunas de sus mejores historias. Unos quince años más tarde, Conway se encontraba con una situación muy distinta. Poco antes, los responsables de la editorial habían tomado la precipitada decisión de casar a Parker con Mary Jane. Fue un lamentable error que llevó al personaje a un callejón sin salida. No lo pensaron lo suficiente, simplemente lo hicieron coincidir con la boda en la tira de prensa que guionizaba Stan Lee, sin pararse a pensar qué iba a implicar. Y claro, el Peter universitario de los años dorados o el joven adulto emancipado de Stern que se liaba con la Gata Negra —que para mí siempre será la pareja ideal de Spiderman— eran infinitamente más interesantes y jugosos que el Parker casado y viviendo con una MJ que se hizo cansina demasiado pronto. Fue error casar al eterno perdedor con la supermodelo. Pero Conway poco podía hacer al respecto, salvo trabajar con profesionalidad y dar lo mejor de sí mismo. Y vaya si lo hizo. Una vez salvado el inconveniente del bodorrio, uno se encuentra con historias muy, muy competentes. Mientras un mediocre David Michelinie acaparaba la atención en la serie principal con el dibujante estrella Todd McFarlane, al que nunca le acabé de pillar el punto, Conway convirtió durante dos años The Spectacular Spider-man y Web of Spider-man en una única serie quincenal en la que las historias saltaban de una cabecera a otra sin trauma alguno. Conway entendía que el plantel de secundarios de la franquicia era una parte crucial de la misma, y lo movió como ningún otro guionista —como jamás lo hizo Straczinsky, que más allá de MJ, la tía May y alguna aparición de Jameson, pasaba de todos—. Utilizaba eso que hoy ya no existe en el comic-book de superhéroes: subtramas que se desarrollaban a lo largo de varios números. Eran lo mejor de Conway. Robbie Robertson encarcelado por encubrir de joven un asesinato de Lápida, la guerra de bandas de Kingpin, Cabeza de Martillo y los hermanos Lobo, la definitiva conversión e Harry Osborn en el nuevo Duende Verde, la compra del Daily Bugle por parte del Puma. Nunca dieron la impresión de ser historias de aire retro; Conway jamás miró atrás y por eso es fácil no caer en la comparación con su primera etapa. Escribió con un tono más adulto, intentando sacar el poco jugo que tenía el matrimonio del protagonista, convirtiendo a la tía May en un personaje fuerte —eso que luego le aplaudían a Straczinsky como si hubiera inventado la rueda—, escribiendo a unos Robertson y Jameson míticos. Si Stern y Straczinsky tuvieron a Romita Jr. como dibujante de lujo, Conway contó en The Spectacular con Sal Buscema, que nunca ha sido tan bueno como su hermano, pero que supo adaptarse y modernizar su dibujo mejor que él. El cambio de guionista de David a Conway coincide con su llegada a la franquicia, y su estancia se alargaría durante un montón de años. Ya he dicho alguna vez que Sal Buscema entintando sus propios lápices es una de mis debilidades: pues bien, aquí es donde empezó a hacerlo. Por contra, en Web of… sufrimos a uno de los peores dibujantes que han tocado jamás al personaje: Alex Saviuk. También se tiró un buen montón de números en la serie, para después pasar a la tira de prensa, donde lo mismo sigue, no lo sé.

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El mayor problema fue lo de siempre: los cross-overs. Actos de Venganza, Inferno… Conway hacía lo que podía, y salía del lío con nota, llevando el cross-over a su terreno y haciendo que lo que contaba fuera relevante para el personaje. Siendo críticos, podría achacársele que no supo crear personajes nuevos, tanto secundarios como villanos, que igualaran en carisma a los clásicos que pasaron por sus títulos -el Duende, Carroña, el Puma-. Pero al menos nunca se estancó y jamás dio la impresión de estar escribiendo con el automático puesto. No necesitaba remover el statu quo del personaje cada tres números, ni matar a alguien cada dos. Simplemente, escribía con solvencia. Tenía planes a largo plazo y los iba cumpliendo, buscando siempre sorprender al lector y entretenerlo con honradez, como por otra parte hizo en la excelente serie de animación de los noventa. Y lo conseguía: yo me lo pasaba y me lo paso en grande.

En fin, éstos son algunos ejemplos de grandes etapas olvidadas. Sí, les tengo especial cariño porque con ellas me “crié” como lector del género, pero no es menos cierto que son buenas. Más que la de Straczinsky, al menos más que mucho de la de Straczinsky; y más, mucho más, que las que ahora se escriben, aunque nadie pida jamás su reedición. Misterios de la vida.

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