Misftis.

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No suelo ver demasiadas series. Quitan demasiado tiempo, y además, como las descubra tarde y haya muchos capítulos acumulados, no controlo y tiendo a darme atracones espectaculares nocivos para la salud. Sin embargo, esta nueva incursión de la televisión en el género superheroico, Misfits, ha supuesto una agradable sorpresa.

No podría estar más alejada de los planteamientos de su gran e inevitable referente en el medio, Héroes: mucho más modesta y humilde en sus objetivos argumentales, en Misfits se cuenta cómo un extraño fenómeno meteorológico da poderes a un grupo de adolescentes condenados a cumplir trabajos sociales en un centro de su ciudad. No hay ningún poder en la sombra, el gobierno no les persigue, y no se descubrirá que todo responde a un plan superior: simplemente, los cinco chavales intentarán ir tirando sin que nadie descubra el crimen que se vieron obligados a cometer el día que recibieron sus poderes. Y ya está. Sus creadores, en tan sólo seis episodios, cuentan una historia que si bien no está cerrada, tiene entidad en sí misma. Prescinden de subtramas y se centran en el conflicto principal, contado con inteligencia y un realismo del que carece Héroes. Donde la serie americana se pierde en mil y una vueltas y piruetas increíbles, Misfits va al grano y hace que cada episodio cuente algo que impulse la trama. Los cinco personajes principales están bien construidos y son, por su forma de hablar y comportarse, infinitamente más creíbles que la basura blanca que protagoniza, mayoritariamente, Héroes. Del mismo modo, Misfits prescinde del exceso de trascendencia de aquélla, del dramatismo artificioso, del énfasis contínuo, del discurso del amor y la familia que suele impregnar la mayor parte de los productos televisivos americanos. Los jóvenes delincuentes de Misfits son mucho más naturales, no necesitan llorar ni mantener conversaciones ñoñas para ser tremendamente humanos, follan, beben, se drogan, y por supuesto, ni se plantean salvar el mundo.

Es también cosa de los poderes que tienen: aquí nadie vuela o lanza rayos. Son poderes discretos, a veces incontrolables, otras inútiles o incluso contraproducentes. Además de ajustarse a la economía de medios de la serie, esta circunstancia viene de perlas para mantener la trama siempre al nivel del suelo, sin que los poderes tengan en realidad excesivo protagonismo.

Con sus gotitas de humor inglés y mucha mala leche, Misfits se plantea como una oda a la adolescencia nihilista, heredera de la falta de valores y que en la ficción tiene su piedra de toque en esa película que tan poco me gusta que es Trainspotting. La falta de corrección política omnipresente supone una ingeniosa y bien llevada inversión de valores: el espectador acaba identificándose con el comportamiento de los cinco chavales, percibiendo como positivos sus valores, que son, básicamente, cuidar primero de su culo y después del de los demás. Uno no puede evitar ver como el “malo” de la película al policía que intenta esclarecer los hechos, o a esa trabajadora social que para averiguar la verdad seduce a un menor sin el menor reparo. De la misma manera, no sorprende en Misfits ver sexo casi explícito, a una vieja desnuda con las tetas al aire, otras tetas más jovencitas, o a dos de los protagonistas decidiendo, ante la imposibilidad de follar —ella es una especie de Pícara retorcida y mucho, mucho más práctica— masturbarse el uno frente al otro cada vez que tienen oportunidad. El lenguaje oral y gestual es, para los estándares televisivos, bastante subido de tono también, lo que, por supuesto, ayuda a que nos creamos las situaciones que se muestran con mayor facilidad. Tampoco se fuerzan las cosas. Uno, acostumbrado a la a estas alturas insoportable incapacidad de los personajes de Héroes para comunicarse entre sí, que hace que la trama avance a golpe de malentendidos que podrían haberse evitado simplemente hablando un minuto, no puede sino ver como un soplo de aire fresco la manera en la que se resuelve una escena así en Misfits: la chica se enfada, el chico la coge y le explica claramente lo que ha pasado cuando ha usado sus poderes, y ya está, a otra cosa. Todos sabemos que si esto le pasa a la porrista tenemos diez capítulos de traumas y primeros planos de su cara inexpresiva intentando mostrar lo afectada que está.

No es casualidad que lo más parecido a un villano al uso que hay en la serie —aparece únicamente en el último capítulo— sea una muchacha ultraconservadora con el poder de lavar el cerebro para crear un ejército de amoalauras que representa la antítesis perfecta de los protagonistas y de paso supone una buena hostia en la cara a las sectas evangélicas que con tanto cuidadito tratan en EE UU. Frente a ellos, el discurso que suelta Nathan -el más prota de los protas, para entendernos- cobra todo su sentido como apología de la juventud despreocupada y viciosa, carente de valores tradicionales. Y tampoco es que tengan propios, la verdad, al menos no el mismo Nathan. Otros muestran mayor integridad, especialmente Curtis, el corredor capaz de dar marcha atrás al tiempo. Mi favorito, de todas formas, es el tímido Simon, un marginado social, un tipo que da auténtica grima y que puede llegar a ser bastante, bastante chungo, comparado con sus compañeros, que son o bien gamberros de poca monta o chicos normales que cometieron un error.

Lo peor de Misfits es que pocas veces sorprende. Gran parte de las situaciones se anticipan a poco que se tengan algunas tablas en el género. Pese a ello, su naturalismo y su énfasis en las relaciones personales de unos personajes que son desde un primer momento mediocres perdedores convierten la serie en algo muy interesante. Los mejores momentos probablemente sean todo el capítulo del viaje en el tiempo de Curtis, tratado con una inteligencia y lógica de la que carecen los guionistas de Héroes, todo lo relacionado con Simon y la trabajadora social que se lo camela, y el último episodio, que deja la situación lo bastante abierta y los cabos sueltos justos como para que apetezca seguir viéndola. No apasiona como apasionó la primera temporada de Héroes, que parecía lo mejor que se había hecho jamás, pero quizás por eso no llegue nunca a defraudar tantísimo como ella, tan perdida desde hace tanto tiempo en un galimatías sin sentido. Dependerá de lo que hagan en el futuro y sobre todo de si saben cuando parar antes de empezar a repetirse —¿adivinan de qué va la última temporada de Héroes? ¡Sí! ¡OTRO futuro apocalíptico que hay que evitar!—. De momento hay anunciada una segunda temporada. A ver qué tal.

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