Héroes: hasta los huevos.

Parece que ya nadie habla, y con razón, de Héroes, aquella serie con una primera temporada magistral que parecía revolucionar y actualizar el género de los superhéroes en un medio hasta entonces prácticamente inexplorado. Pero uno, que tiene más tiempo libre del que debería, ha seguido religiosamente los cinco volúmenes que hasta el momento se han emitido, cada vez con menos audiencia, cada vez con menor calidad. Salvo un repunte al principio de la tercera temporada, que coincidió con la patada en el culo a Jeph Loeb, pero que al final duró tres capítulos, Héroes no para de caer. Ya casi se ve como si fuera una comedia, porque de otra forma las constantes incoherencias argumentales, los diálogos de besugos, las situaciones a las que los guionistas dan vueltas y vueltas para no llegar a ninguna parte, serían insoportables. No tiene sentido que de cinco volúmenes, cinco tengan como argumento principal evitar un futuro muy chungo que algún personaje ha visto. No tienen sentido los cambios de bando de Sylar, ni la manera en que siempre quitan de en medio a Hiro, porque, claro, éste podría solucionar cualquier situación en un pis pas y así no habría novela, que decía Zaratustra —el de Valle, no el de Nietszche—. Me habría propuesto no volver a tratar aquí nada relacionado con esta serie que se ha convertido en una auténtica castaña, con una coherencia interna por debajo de los X-Men de Scott Lobdell. Supongo que mi percepción es aún peor tras ver una serie tan bien realizada, en todos los aspectos, como Misfits. Pero lo que vi ayer clama al cielo.

Último episodio del volumen. El conflicto final va a tener lugar en una feria, en Nueva York. Sylar —que ahora es bueno: sí, la serie que no tenía “malos” y “buenos” ahora es así de maniquea y simple— y Peter están en casa de Matt Parkman, en la otra punta del país. Vemos una escena allí. Después vemos una en la feria, en la que ya se ha hecho de noche. Otra escena, y luego vuelta a la casa de Parkman, de donde Peter y Sylar salen hacia Nueva York. Otra escena, y en la siguiente, los dos amiguetes ¡ya están en Nueva York! Tres cuartas partes de lo mismo con Bennet y la cansina de Claire —qué pena que no se la pueda matar, en serio, qué antipático puede llegar a hacerse el personaje—: en una escena están en medio de EE UU, llega un helicóptero a buscarlos, y en la siguiente escena ya están también en Nueva York. Lo más divertido: Hiro, que es el único que puede teleportarse, aunque no lo parezca, llega el último -porque si llega el primero, una vez más, no habría novela-. Ridículo. No me extraña que ya no pongan los rótulos con la situación geográfica de la escena: pensarán que así no canta tanto. EE UU parece mi barrio. Uno pensaría que el montador se ha tomado algo raro si no fuera todo esto una constante en la serie desde hace mucho tiempo. No se lo toman en serio, y por lo tanto yo tampoco puedo. Los guionistas no se curran nada las tramas, y el espectador siempre tiene la sensación de que se cansan de la que tienen entre manos y simplemente la acaban de cualquier manera, acelerando todo en el último capítulo, sin trabajar adecuadamente los clímax, mientras ya están deseando empezar el siguiente volumen, que promete ser la leche, hasta que en dos capítulos se vuelva a caer otra en los mismos errores.

Este volumen ha sido aburridísimo. No hay sorpresas, no hay ya esos cliffhangers cojonudos al final de los capítulos, no hay ni un solo personaje nuevo que interese mínimamente. Se juega una vez más a la ambigüedad con el malo que toca este mes, Samuel, pero desde demasiado pronto se ve cuáles son sus verdaderas intenciones y se pierde interés. Ni siquiera tiene uno curiosidad por ver cómo acaba la cosa. No podría ser más simple: Peter tiene un sueño en el que ve el final del volumen, y ocurre JUSTO lo que ha soñado. Emoción cero. Curro por parte de los guionistas, cero también. Puro trámite, “vamos a acabar esto por no dejarlo a medias, pero vamos, que nos importa una mierda”.

En fin, para qué seguir. Para qué hablar del hecho de que dos días después de ser operado de un tumor cerebral Hiro ya esté perfectamente y con el pelo de la cabeza como siempre, para qué mencionar lo absurdo de que Samuel mande contra Sylar y Peter a un tipo cuyo único poder es hacer dobles, o lo odioso que se ha vuelto Matt Parkman, o lo mal que queda y lo mucho que canta que algunos personajes salgan de las tramas porque sus actores han firmado menos episodios —Mohinder, por ejemplo—. El sexto volumen parte de una situación que debería haberse dado hace mucho, mucho tiempo: que se haga público que hay gente con poderes. Dudo mucho que se explote debidamente. Lo más probable es que todo siga igual, o que en el siguiente capítulo se desdigan —es tan fácil que Hiro viaje en el tiempo e impida que la porrista se vaya de la lengua—. Da lo mismo. Héroes ha perdido toda su credibilidad e interés. Ha caído en los mismos problemas que sufre el género en los cómics, y alguno más. Porque al margen de argumentos y personajes, Héroes está mal hecha como producto audiovisual. Por la desgana, por las prisas, pero también por el evidente tijeretazo al presupuesto que le han debido de meter por la contínua bajada de audiencia. Diría que ahí queda la primera temporada de la serie, pero no me atrevo: miedo me da volverla a la vez sabiendo lo que va a pasar después.

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