Mi mamá… de Jean Regnoud y Émile Bravo.

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Mi mamá está en América y ha conocido a Buffalo Bill es el título completo de esta pequeña joya publicada excelentemente en España hace unos años por Ponent Mon, y obra de Jean Regnaud y Émile Bravo. En ella, los autores consiguen una de las mejores plasmaciones del universo infantil que he visto en un cómic. A través de la primera persona del pequeño Jean, el lector se acerca a su mundo: el padre, el hermano, la niñera, el primer amigo en la escuela, las canicas, la televisión… La historia transcurre en los setenta, pero se hace universal a fuer de abundar en situaciones que todos hemos pasado en un momento u otro independientemente de a qué generación pertenezcamos. Todos hemos ido alguna vez a una misteriosa casa en el campo, o nos hemos quedado con nuestros abuelos, o hemos sido víctimas de la crueldad de algún crío un par de años mayores que nosotros.

No funcionaría este cómic igual si los autores no se movieran siempre entre dos niveles: la percepción del niño y la del adulto que está leyendo. El lector se deja llevar por la maravilla que rodea al mundo de Jean, donde perder a las canicas es la mayor tragedia del mundo y el descubrimiento de que puede verse la tele a través del ojo de la cerradura, un acto de magia. Pero al mismo tiempo, en ese mundo que lo rodea, va dándose cuenta de qué está pasando, de dónde está la madre por la que Jean no se atreve a preguntar y por la que su hermano pequeño llora una noche, al darse cuenta de que no la recuerda. La manera en la que encajan ambos niveles es lo que hace que Mi mamá… funcione perfectamente y consiga tocar emocionalmente al lector: en todo momento sabemos que las cartas que su vecina le lee son falsas, o por qué lloran al verle las amigas de su abuela… y sin embargo, no dejamos nunca de empatizar con el niño, que vive ajeno a todo eso en el mundo de la infancia. La voz del niño es, además, muy creíble. Aunque literaturizada, suena como un niño, y como no es a través de él por donde el lector debe descubrir la verdad, los autores pueden evitar falsearla. Es un error común intentar que un niño hable de manera ambigua para que lo que dice se entienda a varios niveles, y lo único que se consigue con eso es una voz falsa, impostada, como un adulto atiplando la voz. Sin ir más lejos lo que sucede en el libro ese del pijama.

El tono perfecto del cómic, no obstante, no se halla sólo en la voz. Narrativamente todo está pensado para recrear el mundo infantil, por ejemplo, la manera en la que pasan los autores de viñetas páginas con texto de apoyo en primera persona infantil a páginas tradicionales con diálogos entre adultos, o cómo se construyen a esas edades recuerdos que acompañan de por vida —la foto de la madre de Jean que éste ve en casa de sus abuelos se convierte en la imagen que siempre evoca al pensar en ella; antes de ver la foto, no recordaba su cara—. Y sobre todo, el gran hallazgo de este tebeo: el uso de iconos en lugar de palabras cuando hablan a Jean los adultos, para representar que está en esa etapa en la que la palabra no ha desterrado al objeto, en la que no se piensa con palabras y las categorías no son algo inamovible. Puede criticarse, en cualquier caso, que no aprovechen más este recurso, interesantísimo; sería muy interesante escribir un tebeo únicamente con él.

En cuanto a la labor gráfica de Bravo, sólo puede decirse que es un gran dibujante. De la misma generación que los Blain, Trondheim o Sfar, quizá tiene a estas alturas menos reconocimiento que ellos por ser su estilo más fiel a la, digamos, escuela clásica francesa —de hecho, Bravo ha dibujado recientemente un álbum de Spirou—. Aquí está perfecto, en todo caso. Trazo limpio, grandes composiciones de página, y una excelente caracterización de personajes que hace que sin ser descritos sepamos perfectamente cómo son sus carácteres, empezando por Jean pero acabando por sus profesoras, su niñera, su abuela, y sobre todo su padre.

Un delicioso tebeo cuyo final no por anticipado es menos duro: la primera infancia se le acaba de golpe a Jean, al saber, al mismo tiempo, que Papá Noel no existe y que su madre ni está en América ni ha conocido a Buffalo Bill.

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